Donde la droga marca las reglas de vida
Radiografía de la 5ª, un sector del este de la ciudad de Córdoba, donde en los últimos años se asentaron peligrosas bandas dedicadas a la venta de estupefacientes. Crímenes, venganzas a los tiros, secuestros, todo se conjuga en esta zona.
Por Juan Federico
El narcotráfico está forjando “no un orden ilegal, sino un orden paralelo que genera sus propios códigos e ignora olímpicamente a las instituciones… En una metáfora infantil, podríamos decir que el juego de policías y ladrones está agotado y que el nuevo juego consiste en la disputa entre ladrones en un mundo propio en el que la policía es una figura ‘accesoria’” (Rossana Reguillo, antropóloga mejicana).
Eran poco más de las 18.30 del martes 15 de setiembre. La intensidad de los balazos esta vez sí despertó la curiosidad de los vecinos, acostumbrados a la fuerza a convivir con los estampidos de los tiros.
Todo se desencadenó en rápidos segundos. Cuando Víctor Hugo Moyano (44) iba en moto a su casa, un auto le salió al cruce en la esquina de Pedernera y Monteagudo, en barrio Müller, en la zona este de la ciudad de Córdoba.
El hombre (conocido en el barrio como “el Petiso Rojas”, por el apellido de su pareja) perdió el control del rodado y aterrorizado cayó al piso. Antes de dar contra el suelo, ya sabía que estaba perdido. Del vehículo se bajó un viejo conocido que comenzó a gatillar. Uno tras otro fueron dando los balazos en el cuerpo del “Petiso”. Malherido, se arrastró como pudo, hasta que cayó moribundo.
Al cesar los disparos, con el arma todavía caliente, el asesino dio media vuelta y se encargó de que toda la cuadra se acordara de su rostro. Luego, subió al auto y el conductor aceleró a fondo.
Moyano moriría horas después en el Hospital de Urgencias, de la Capital.
Poco tiempo antes había terminado de purgar 20 años de prisión. Entre otros delitos, en la villa Campo de la Ribera son muchos los que aún recuerdan un enfrentamiento que tuvo con un narco del sector, hoy asentado cerca de la localidad de Malvinas Argentinas, a quien, a punta de pistola, lo dejó con los pantalones en los tobillos.
El que lo asesinó, según confiaron investigadores de la Policía, pertenece a la banda “los Coreanos”, que desde hace más de un año tiene a maltraer a los narcotraficantes asentados en el sector. Se trata de una numerosa familia con base en villa Inés que se reagrupó a fines de 2006, luego de que varios de sus integrantes recuperaran la libertad. Algunos de ellos regresaron después de haber estado presos en cárceles de Buenos Aires, donde conocieron y aprendieron las mañas de los “narcosecuestros”.
De nuevo en Córdoba, planearon visitar, casa por casa, a los narcos y dealers (proveedores de droga) del barrio. Con buenos modales –según la información que maneja este diario– comunicaron que a partir de ese momento ellos se iban a encargar de la “protección” en la zona. Y exigieron una mensualidad en pesos o en droga, daba lo mismo.
Los que se negaron, tuvieron que pagar de todos modos. “Los Coreanos” secuestraron a algún familiar y exigieron estupefacientes como rescate.
Ya que las víctimas y sus familias tenían mucho que esconder ante la Policía, terminaron por arrodillarse ante la extorsión, pagando sin realizar denuncia alguna.
Entre mediados de 2006 y fines de 2008, los “narcosecuestros” comenzaron a ser un comentario corriente en el sector.
En junio de 2008, un informe de La Voz del Interior reveló que los casos ya eran muchos. Entre las víctimas se dio el caso de un niño de 10 años, hijo de una familia que vivía de la venta de cocaína. Lo secuestraron y lo dejaron encerrado en un panteón del cementerio San Vicente. Fue devuelto 12 horas después, y luego de que sus padres entregaran 10 kilos de cocaína.
Proliferación de bandas. Estos episodios cesaron a principios de este año. ¿Qué pasó? Según fuentes policiales y vecinos empapados en el tema, al final la mayoría de los narcos arregló “colaborar” con “los Coreanos”.
Pero sólo aquellos que se quedaron en el sector, ya que otros traficantes de más “trayectoria” decidieron mudarse a distintos lugares de la provincia.
Una de las bandas más organizadas hoy estaría “cocinando” (preparando cocaína) en una vivienda ubicada entre las localidades de Santa María y Cosquín, mientras que otro grupo “histórico” hizo base entre las ciudades de Río Segundo y Pilar.
No obstante, cuando parecía que la banda de villa Inés al fin había logrado el control absoluto de la zona, un incipiente grupo de jóvenes –liderado por un adolescente que sería allegado al “Petiso Rojas”– otra vez comenzó a azotar a los narcos que habían “comprado” la tranquilidad. Estos delincuentes cargan pistolas 9 milímetros y portan un chaleco antibalas.
Para peor, irrumpió una tercera banda. Se trataría de los que secuestraron a Claudio Daniel Molina (26), quien el pasado viernes 5 de setiembre estuvo más de 12 horas desaparecido.
Estos delincuentes, que fueron detenidos la semana pasada, no eran improvisados. Hasta se habían “infiltrado” en una empresa de teléfonos celulares, donde un empleado se encargaba de despistar las llamadas que realizaban.
Lejos de quedarse de brazos cruzados, “los Coreanos” decidieron reconquistar su lugar de predominio, siempre según el particular código “narco”.
Habrían planificado el asesinato de Moyano (a pesar de que tenían un vínculo familiar en común), un crimen bien público, para que todos sepan quién manda en la zona.
Pero el homicidio del “Petiso Rojas” trajo el efecto contrario. Ahora nadie vive tranquilo en Müller y alrededores. Enterados del crimen, sedientos de hacer justicia por mano propia, comenzaron una frenética persecución de los asesinos.
Aquella noche, atacaron a tiros dos casas de villa Inés. Los balazos siguieron siendo intensos durante varios días y, por temor, algunas familias abandonaron el barrio.
Correr el velo. La lluviosa mañana del lunes 26 de marzo de 2007, la sociedad cordobesa se vio sacudida por el crimen de Facundo Novillo, el niño de 6 años, cuyo cráneo fue atravesado por un proyectil disparado desde un FAL.
Los asesinos, según quedó demostrado en el juicio celebrado este año, fueron un policía y un ex militar, quienes habían fraguado un allanamiento para ingresar en una casa de barrio Colonia Lola y robar un dinero que, de acuerdo con lo que se investiga, sería producto de la venta de estupefacientes.
Mientras escapaban, los falsos uniformados dispararon justo cuando cruzaba el Renault 12 en el que viajaba Facundito.
Su asesinato corrió un velo y permitió ver algo que hasta entonces permanecía en penumbras: vastos sectores de la ciudad de Córdoba han sido copados por la industria de la droga.
La zona donde ocurrió el crimen ya era llamada por los propios vecinos –que se vieron rodeados por las bandas de narcotraficantes– como “Colombia Lola”, dado la impune proliferación de “quioscos” de venta al menudeo.
El infográfico que acompaña esta nota da cuenta de que en poco más de dos años hubo por lo menos 10 casos conocidos de ajustes relacionados con el submundo de la droga. Fuentes policiales aseguraron que serían muchos más los episodios de esta índole.
Aunque puestos todos juntos en un mapa pueden leerse como una sobredimensión de la problemática, el objetivo es demostrar que tras el crimen de Facundito los narcos siguieron matando ante la pasiva mirada de las autoridades.
Al respecto, un alto funcionario provincial supo decir, tiempo atrás, que los ajustes de cuentas entre estas bandas no eran prioridad para el Gobierno. “Nuestro objetivo es combatir la inseguridad que aqueja a los vecinos honestos”, argumentó.
¿Acaso Facundito fue sólo un “error” en una guerra liberada entre bandas narco?
“Teros”, “perros” y “mulas”. Ese sector de la ciudad, conocido como la 5ª, por la seccional policial de la zona (comprende, entre otros, los barrios San Vicente, Maldonado, Acosta, Campo de la Ribera, Renacimiento y parte de José Ignacio Díaz), es un claro ejemplo de cómo la droga y los narcos han ido avanzando en los terrenos donde el Estado está ausente, según resaltaron los vecinos y algunas organizaciones sociales (ONG) que trabajan allí.
Similar proceso ha ocurrido en tantos otros barrios de la Capital provincial y localidades vecinas.
En inferioridad de condiciones, los comedores comunitarios del sector tratan de contener a chicos y no tan chicos que se enfrentan a un porvenir sin un horizonte claro.
“Los jueces llegaron tarde. Acá hace rato que la droga está ‘despenalizada’”, ironizó una trabajadora social de la zona.
Contó que cada vez son más los jefes de familia que acceden a guardar droga por un piso de 200 pesos mensuales.
Para muchos jóvenes, alejados del sistema educativo y sin perspectivas de ingresar en el mercado laboral, las organizaciones narco representan una buena oportunidad para “pertenecer” a algo.
Utilizando un lenguaje zoológico, son denominados “teros” (chicos que gritan cuando ven que alguien “extraño” –léase policía– transitando por la zona), “perros” (ya adolescente, y por lo general endeudados por droga, trabajan para algún narco o dealer) o “mulas” (los encargados de llevar la droga de una localidad a otra).
Así, no es casual que la venta y consumo de drogas en Córdoba salga con más frecuencia a la superficie, con toda la carga violenta que este fenomenal negocio ilegal implica.
De manera progresiva, son cada más los barrios donde la ley que prevalece es la que imponen las organizaciones mafiosas: las instituciones del Estado ya no son de temer y es el poder del más violento el que dicta las reglas de vida.
Por lo general, son estos jóvenes quienes le ponen su rostro y nombre a la crónica roja de la droga. Porque aquellos que se quedan con la tajada grande de este fenomenal negocio, hasta hoy, no han sido captados por la mira de la Justicia.
Publicado en el diario La Voz del Interior, Córdoba, el domingo 25 de octubre de 2009.


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