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27 de Octubre de 2009

Soy consciente de que en India lo que no soy capaz de ver va mucho más allá de lo que alcanzo a percibir. Y lo que puedo capturar con la cámara es aún menor. Pero es ésta una de las formas que tengo de aprender: fotografiar. Antes de venir a este subcontinente no conocía nada de él y ahora, pensando en las fotos que quiero tomar, en las que he tomado y en las que no busco pero encuentro, descubro que poco a poco voy hallando pistas, cosas que intuyo mientras voy desmigando la realidad y así es más fácil asimilarla.

India 2 -0170- Nikon

Estoy ya en India pero aun no he llegado a mi destino. Escribo desde laP1020157 estación de autobuses de Trivandrum, atestada de gente que me observa como hacemos con lo desconocido. Unos más descarados y otros de refilón. Acá soy un occidental con mochila y cámara que espera uno de esos viejos autobuses saturados de pasajeros y que procura decir gracias en su idioma, que es lo único que sé. Y ellos, al final, sonríen ¿Quién no ha hecho sentirse como un extraño a alguien alguna vez, o se ha sentido como tal?

Todavía me falta este trayecto más, un viaje en bus hasta Kanyakumari, porque el camino me está tomando los tres días previstos más uno que se ha comido la burocracia aeroportuaria. Definitivamente mi maleta tiene una P1020142vida propia que yo no controlo. A veces decide quedarse cuando yo continúo o seguir viajando cuando yo no ando. Quizá la próxima vez debamos viajar juntitos, en la bodega de equipajes, o ponerme toda la ropa encima al volar y así no facturar nada.

En esta ocasión ella se quedó en Chenai mientras yo, con cara de imbécil y muy mosqueado, discutía en Trivandrum con la compañía aérea por un papeleo del que no me informaron. Un día perdido pero ya tengo mi maleta. Ahora dormiré abrazado a ella.

Está siendo un largo viaje. Paciencia y libros, ventanillas y música, habitaciones baratas de hotel cerca de aeropuertos, en una burbuja en la que el tiempo no transcurre más que en las notas de la banda sonora para este paisaje cambiante y para los posos tristes de mi reciente incursión al Tokio de Murakami. Me dejo llevar por la belleza de lo que veo y por la música. P1020190Saco la cabeza por la ventanilla cuando puedo y a la alma viajera le crecen flecos que bailan al viento como las tiras de papel pegadas al ventilador. ¿Quién tiene prisa? Mejor no tenerla aquí. Nada ocurrirá antes por ello. Sin embargo, siento la única prisa de poder pasar tiempo con mi embarazada.

En India las cosas van despacio. Ésto es algo que no se ve en las fotos. La vida transcurre a una velocidad que permite desgranar la realidad y asumirla lentamente, pero primero tiene que adecuarse uno, frenar un poco, poner el pie en tierra y no impacientarse. De esta forma, cada palabra, como las pulsaciones del piano de Thelonious Monk, que prevalecen aun en el silencio, contiene una imagen más nítida. Sobre todo si las escoge Muñoz Molina.

“Algo imposible hubo siempre en la música de Monk, una cualidad tortuosa y chocante que durante muchos años desconcertó a quienes la escuchaban y todavía mantiene el filo de la novedad. La pulsación de una sola nota basta para identificarlo. Delicadeza y disonancia se superponen provocando ondulaciones sonoras que duran en los espacios de silencio. Con cuatro o cinco notas ya se ha establecido una melodía que tiene una parte de dulzura y otra de burla y una tentativa al vacío.”

 

Vuelvo a leerlo.
Después pulso play y a través de mi auriculares ese negro grande, vestido con bonete, toca para mí ‘Misterioso’ y le siento sonreír cerca del borde, en esa tentativa burlesca al vacío.
Le viene bien esa música a este lugar en que los hombres miran como gatos. 

 

P1020145

Tampoco aparece en las fotos esta parsimonia viajera, que me permite borrarme de a poco de mi vida normal y encontrar otros caminos que de otro modo no reconocería. Asimilar el cambio gradualmente, cambiar de ritmo, mirar el reloj de otra forma, desconectar. Lo necesito para poder entregarme a mi embarazada, hacer sitio para lo que venga, para aprender sus señales y sus ritos, y conocer a su familia y que ésta se acostumbre a mí, para aprenderme el camino de su casa. En mi última visita apenas tuve oportunidad.

La primera vez que fui sólo en busca de Deny, mi embarazada africana, eran las cinco de la madrugada, por un camino que el día antes había intentado memorizar para andarlo en la oscuridad de esa hora. Sólo se escuchaba al imán llamando a la oración y en algunas casas bailaba en la pared, a través de la ventana, la luz tenue de una vela. Luego lo he andado otra veces, se ha convertido en conocido y en mi última visita lo contemplaba como el que regresa a su antiguo barrio pero ya no lo ve con los ojos de entonces.

Podré fotografiar el camino que lleva a su casa, pero la sensación de andar en terreno conocido se sale de foco.

En algún momento de espera, en alguna de las etapas de este viaje, me fui al mar. En su orilla los novios se hacían arrumacos vestidos hasta los tobillos, se multiplicaban los puestos de helados y había pescadores vendiendo su género al borde de la carretera, pero nadie se bañaba. El dedo me hacía cosquillas y la cámara quería salir de su bolsa. Acabé en la cocina de un restaurante intentando captar esa luz tan bonita que venia del mar. 

India 2 -0123- Nikon

Esperar no se me da mal pero ya anhelo, de cerca que está, encontrarme con mi embarazada.

Matt

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