La niña y el ladrón

Ella tenía los ojos cafés, él también, quizás eso era lo único que tenían en común si nos ponemos a pensarlo mucho.

Él sabía todo acerca de las calles, tenía el pelo negro, no era muy alto ni corpulento, pero lo compensaba con su gran agilidad, tenía grandes amigos que lo acompañaban por donde quiera que fuera, ellos daban la vida por él porque además de ser justo y muy inteligente siempre procuraba a quienes lo rodeaban.

Ella creció en una familia de buen estatus social, le gustaba mucho la música y conocía el mundo a través de las historias que le contaba su mamá adoptiva, quien la procuraba mejor de lo que muchas madres naturales acostumbran. Cuando su mamá se ponía perfume, una esencia de vainilla, ella siempre se acercaba y le pedía que le rociara a ella también, su madre nunca pudo negarse, por más que lo intentara.

Todo ocurrió una noche bastante ajetreada, él escapaba junto con sus amigos de un tipo al que habían robado una bolsa con tortas que el sujeto llevaba a su familia. Además de ser una aventura para el grupo, robar algo así era como haberse sacado la lotería después de un par de días hurgando en la basura con las tripas quejosas y las expectativas escasas.

La adrenalina del crimen había obligado al líder del grupo a correr en posesión de los bienes obtenidos, pero al no tener una ruta de escape bien definida, terminaron distanciándose de su zona regular y perdiéndose por varias manzanas. Afortunadamente para ellos, también habían perdido a su persecutor.

Ella había salido a caminar en compañía de su madre como todas las noches a lo largo de un parque que se extendía por casi cuatro manzanas que estaba bien iluminado y vigilado por amables centinelas que se encargaban de procurar la seguridad de sus visitantes.

Sucedió justo al lado de una fuente que tenía en el centro una escultura de dos caballos parados en sus patas traseras. El grupo de ladrones caminaba intentando guardar las apariencias y fue ahí cuando se vieron, el flechazo fue fulminante.

Al mirarla, él dejó caer inmediatamete la bolsa con el botín y se detuvo en seco. Ella simplemente se quedó parada y dejó que su madre, distraída, se alejara unos cuantos pasos.

Algo brilló en los ojos de ambos que por un momento se vieron envueltos en una conexión que, semejante a un tobogán, los hizo experimentar una ráfaga de emociones que los recorrían desde la punta de la nariz hasta la punta de la cola.

— ¡Pucca!— Gritó su madre adoptiva.

A veces hay fuerzas que sin saberlo, obstaculizan el amor.

Ella salió de su trance y corrió hacia su madre adoptiva. Tintineó su placa del collar.

Él se quedó quieto viendo cómo ella se alejaba, más por el impacto que le causó la situación que por miedo a seguirla.

Pronto sus amigos se acercaron y lo empujaron para que seguir en busca de un refugio para pasar la noche.

Gracias a este empujón que lo trajo de regreso a la realidad, él salió disparado en busca de Pucca.

— “Pucca”— registró su cerebro.

Ella representaba un mundo que él desconocía, empezando por responder a un nombre.

Le perdió la pista al terminar el parque, ya que ellas habían doblado en una esquina cercana.

Cuando consideró regresar con su banda, un aroma familiar le tomó por sopresa, ¡Sí! era el aroma a vainilla que percibió en cuanto se acercó a ella y que no había notado por el impacto del encuentro, ahora esa esencia se convertía en su oportunidad para encontrarla.

Pronto consiguió familiarizarse con el rastro aromático y echó a correr dejando todo tras de sí.

Llegó tarde.

La madre de Pucca cerraba la puerta de la casa a dos metros de que él consiguiera verla de nuevo. Por supuesto que eso no lo hizo darse por vencido, comenzó a rascar incansablemente la puerta y a ladrar a todo pulmón hasta que un vecino le lanzó un zapatazo que le pasó rozando la oreja derecha.

— ¡Cállese perro escandaloso!— exigía el tirador enfurecido.

Esto interrumpió por un momento el llamado, pero también llamó la atención de Pucca y de su madre quien salió con escoba en mano para amedrentar al intruso, claro que todo era un simulacro, ya que ella nunca sería capaz de golpear a un animal.

— ¡Vete! ¡Shoo! ¡Alejate!

Él no se movía a pesar de todo el aspaviento que hacía la madre de Pucca.

— ¡Largo!— pisoteaba y abría las manos en forma amenazadora.

Él no se inmutó.

La madre de Pucca se dió cuenta de que todos sus esfuerzos eran en vano y justo cuando pensaba en desistir y cerrar la puerta, notó que desde que salió, el perro no la veía a ella, siempre miró entre sus piernas a una Pucca que lo observaba embelesada.

La luna llena volaba enorme y romántica en un cielo estrellado que se reflejaba en los ojos de ambos canes. Dicen, que cuando las estrellas brillan en los ojos de dos seres que se miran, no importa la especie, ellas escriben en la historia del mundo, un pacto de amor invisible que perdura por toda la eternidad.

Él ladeó la cabeza y subió las orejas, ella se sentó y siguió observándolo, haciéndole una especie de reto mudo. Él decidió morder el anzuelo y con la agilidad de una liebre, sorteó las piernas de la madre de Pucca y se fue a parar frente a la hermosa perra Schnauzer.

Ella se levantó y ambos se olfatearon hasta el cansancio.

La madre de Pucca se metió entre ambos y empujó con la escoba al intruso, quien completamente enamorado se dejó sacar de la casa.

La madre cerró la puerta y miró a Pucca.

— No puedes estar metiendo hombres a la casa a esta hora, ¡Métete!

Pucca obedeció, entró a la casa y se fue a recostar en su cama al lado de la de su madre.

La madre se quedó pensando un rato y reconoció en cierta parte de sí, una extraña sensación de celos.

Al día siguiente, él ya no estaba ahí afuera.

Nunca lo volvieron a ver.