No somos tan afortunados

Siempre se ha dicho que pisar una caca (con perdón) de perro por la calle da buena suerte. No deja de ser un mito bastante antiguo, que supongo alguien inventó un buen día para buscar algo de consuelo a su traspiés. Parece incluso, según he leído por ahí, que pisarla con el pie izquierdo o con el derecho significa cosas distintas, aunque no quisiera extenderme más en estas supercherías que poco tienen que ver (aunque algo sí) con lo que he venido a contar.

Porque la proliferación de excrementos de perro en las calles, aceras, parques y jardines de nuestras ciudades acarrea unas incomodidades y unos peligros que no nos hacen sentirnos precisamente afortunados. Evidentemente, no se trata de un problema puntual de una ciudad, sino de un mal hábito global que se repite en ciudades de todo el mundo, convirtiéndose en una de la principales quejas de los ciudadanos en sus reclamos hacia la administración pública.

Está extendido y no es ninguna tontería. Dejando a un lado la manifiesta incomodidad de tener que ir en ocasiones salteando los numerosos “obstáculos” que nos encontramos en las aceras o plazas cuando caminamos, las deposiciones de los perros que permanecen en las calles sin ser recogidas implican un problema higiénico y de salud pública, especialmente para los niños (riesgo de contagio de enfermedades parasitarias e infecciones) así como de seguridad (peligro de resbalones o caídas). A todo esto hay que sumar la pésima imagen que ofrecen las calles de una ciudad si no se retiran.

Las actitudes incívicas de muchas personas que no recogen la evacuaciones de sus perros (o que los abandonan en la calle) cuestan, además, mucho dinero a la administración, incrementando un gasto público que sale del bolsillo de todos. Los excrementos dificultan y encarecen las tareas de limpieza viaria. Hace apenas cuatro años, el Ayuntamiento de Murcia cifró en 138.000 euros anuales lo que le costaba al municipio limpiar los aproximadamente 110 kilos de cacas de perro que se recogían diariamente. En ciudades como París, las deposiciones de una población de unos 200.000 perros suponen a las arcas municipales nada menos que 11 millones de euros anuales.

La magnitud del problema ha impulsado a ciudades de todo el mundo a poner en marcha campañas de concienciación, que mezclan elementos tanto preventivos, como informativos y sancionadores a través de la normativa municipal. En los últimos tiempos, es difícil encontrar un municipio en España que no se haya decidido a emprender medidas. Ejemplos bastante ilustrativos los hay a decenas, algunos más recientes que otros: Madrid, Murcia, Mostoles, Zamora, Burgos, Segovia, Granada, Malaga, Alcalá de Henares, Santander, Navarra, Zaragoza, Bullas… la lista sería interminable.

Entre las medidas y actividades que suelen integrar estas campañas las más comunes son las siguientes:

  • Mobiliario urbano: dispensadores de bolsas de guantes y papeleras recolectoras (en lugares estratégicos); vallas y carteles informativos.
  • Vehículos de limpieza: las conocidas como “motocacas”.
  • Parques y jardines: zonas de evacuación (“pipi-canes”) con arena natural; recintos de recreo para perros.
  • Reparto gratuito de bolsas y guantes, así como de recogedores de cartón a los propietarios de perros.
  • Otros: elaboración/buzoneo/reparto de dipticos informativos; mesas informativas; utilización de las TIC para difundir la campaña; envió de una carta a los propietarios de perros censados, o una circular informativa con un recibo municipal; actividades dirigidas a niños (concursos de ideas, teatro callejero, juegos, y en general actividades escolares dirigidas a concienciar sobre el cuidado del animal).
  • Algunos municipios se han planteado incluso analizar el ADN de las heces de los perros para poder multar al dueño. El coste sería alto (aunque se podría cargar al autor de la infracción) y precisaría que se tomaran muestras de ADN a todos los perros con microchip. Parece un tanto inverosímil, pero muestra a las claras la magnitud del problema.

En cuanto a las medidas sancionadoras, recogidas en las ordenanzas municipales, las multas oscilan en un abanico de entre 30 y 1500 euros. La tendencia, en cualquier caso, es la revisión al alza de estas cuantías en la modificación de dicha normativa. Informar a la ciudadanía sobre la prohibición contenida en la ordenanza y la cuantía de la multa es un elemento esencial en cualquier campaña de prevención, que puede ir igualmente acompañada con el incremento de la vigilancia policial en un periodo de tiempo concreto. En este sentido, los vecinos también suelen quejarse de que la presencia policial es disuasoria solo temporalmente, y sería más efectiva (al menos en el plano sancionador) si fueran vestidos de paisano.

Pues bien, algunas de estas medidas podrían integrar una campaña (si no me equivoco, la primera) dirigida exclusivamente a atajar uno de los principales problemas de nuestro municipio: los excrementos de mascotas que abundan en las calles, parques y jardines. En Molina de Segura contamos con poco más que una ordenanza sobre tenencia de perros que tipifica estas infracciones como leves (multa de entre 150 y 300 euros). Tenemos un jardín canino en el Parque de la Compañía, que incluye área sanitaria. Así como algunos carteles informativos en algunos parques. De la “motocaca” que supuestamente tenemos poco se sabe, ni se la ha visto por las calles.

A la vista de todos está que no es suficiente, y el problema es especialmente sangrante en las urbanizaciones. Los vecinos de Altorreal, por ejemplo, se quejan de aceras inviables por las que transitar.

Seguramente, alguien vendrá a recordarme que es mala época para hacer esfuerzos económicos para poder acometer algunas de las actividades e inversiones que precisa una campaña en condiciones. Lo que yo me pregunto, tal y como se preguntaron muchos municipios hace ya años, es cuánto dinero nos ahorraríamos en limpieza si se consiguiera concienciar sobre el problema y cambiáramos los hábitos de muchos propietarios de perros. Miles y miles de euros para uno de los residuos que más abundan en las calles de cualquier ciudad (junto a las colillas y papeles de publicidad). A veces, hay que invertir para ahorrar. De eso debe ir aquello que dicen de gestionar bien las cosas, en este caso, el dinero de todos.

De momento, lo que está demostrado es que la limpieza viaria se hace más difícil y costosa con excrementos de perro de por medio. Y hasta que experimentos como generar biogás a base de heces caninas puedan convertirse en un negocio rentable, tenerlas en las calles será un problema económico y de salubridad. Algo habrá que hacer ¿No os parece?