Vidrios en los Muros

Hoy he visto uno de los pocos muros que deben quedar en Madrid con vidrios rotos (en este caso la mayor parte botellines de cerveza rotos sin el menor glamour) incrustados en su parte superior. Esto me ha recordado la relativa importancia que le da un personaje a los muros con cristales de sus vecinos en un momento de la macronovela de Bolaño que a día de hoy estoy todavía en proceso de medio leer (1119 páginas no caen ellas solas). A su vez ésto me ha hecho revivir los recuerdos que la lectura de esa parte de la novela me trajo sobre mi infancia, recuerdos de recuerdos.

Cuando era pequeño e iba a la casa de mis abuelos en un pueblo gallego (un antiguo hotel en el que ya sólo residían ellos) recuerdo que me llamaron la atención la presencia de cristales afilados y verdosos sobresaliendo de los altos muros que protegían el paso a la  huerta adyacente. Esa huerta en la que trabajaba con un ahínco cada vez más orgulloso mi abuelo y de cuyos frutos hacía buena cuenta mi abuela en sus grandes ollas y pequeños fogones, parecía más protegida que un torre del homenaje medieval. Sólo en una ocasión, que yo recuerde, entré a echar un vistazo siendo aún muy niño y nunca más regresé tanto por el tremendo desinterés que tenía para mí aquel pequeño pedazo de tierra removida con ramas y arbustos rastreros aquí y allá como por, estoy ahora casi seguro, la poca confianza que le daban a mi abuelo mis manos curiosas y mi tendencia a pisotear cualquier cosa viva que se me cruzara y fuera más pequeña que yo.

Causaron por tanto más impresión en mí aquellos altos muros de ladrillo excesivamente cementado y coronados de cristales que aquello que éstos protegían. De pequeño recuerdo que pregunté a mi padre sobre los cristales y éste me explicó que estaban allí para proteger la huerta de los gatos que pudieran intentar colarse a robar las patatas, zanahorias, berzas o lo que quiera que mi abuelo allí plantara que si alguna vez lo supe pronto lo olvidé. Acepté esa explicación como una verdad indiscutible y pasé entonces a un misterio mucho mayor que decidí resolver mediante mi propia capacidad deductiva: ¿cómo habían llegado esos cristales allí arriba y con qué arte se sujetaban?

Que había sido mi abuelo o alguien en su nombre el que los había colocado no me cabía duda pero recuerdo que lo primero que pensé es que tendrían que haberlos tirado desde abajo una y otra vez, quizás rompiéndolos precisamente en el proceso, para poco a poco conseguir que algunos se quedaran fijos arriba y cada vez volvieran a caer menos al suelo. Esta teoría que generé rápida y alocadamente, sin dedicarle el menor pensamiento, duró poco y rápidamente visualicé una confusa sucesión de escaleras, gente subiendo cristales con cuidado (ni de lejos se me ocurrió pensar en llevarlos ya rotos en un cubo ni en el uso de guantes protectores) y una ardua y pesarosa, a mi entender, labor a lo largo de la larga cumbre del muro. Entonces llegó el verdadero misterio.

Mi experiencia con cristales era muy reducida y con vidrios rotos supongo que se limitaba a mi aproximación remota a algún montón tirado en la calle seguido del inmediato grito de mi madre para que me apartara y, sin darme oportunidad alguna a obedecer, el consiguiente arrastre calle arriba o abajo según conviniera. En definitiva los vidrios rotos eran algo tan terrible a mi entender como las palomas muertas, las cacas de los perros o los clavos herrumbrosos: indefinidamente malvados pero que su mayor peligro residía en los azotes que recibiría si los tocaba más que en propiedades dañinas intrínsecas. Pese a mi desconocimiento sobre las cualidades y el manejo de los cristales rotos me imaginaba que no debía ser fácil clavarlos en un ladrillo. El vidrio era algo que tendía a romperse y cortar a la gente, según creía saber, y no parecía capaz de penetrar la resistencia de un ladrillo por mucha fuerza que se aplicara a su filo. Magnífica fue la sensación de complaciente astucia cuando adiviné el sencillo truco utilizado utilizando mis limitadísimas dotes de deducción cuando hubiera bastado con mirar con cuidado el borde superior del muro.

Recuerdo que aquella sencilla técnica me pareció una muestra de la grandeza de la habilidad humana, quizás incluso de la inteligencia de mi abuelo en concreto pues por entonces es posible que creyera que no había ningún otro muro con cristales en el mundo más que el que protegía su huerta. Sólo alguien muy astuto y taimado, casi tanto como los malévolos gatos que intentaban robar las asquerosas verduras de mi abuelo, podía ocurrírsele poner cemento a secar en el techo del muro con vidrios incrustados en el interior de la viscosa sustancia en espera de que el sol lo endureciera y allí quedaran alojados para siempre listos para cortar las patas peludas de cualquier invasor.

Mientras pensaba todo esto con el grueso y pesado volumen de tapas rojas abierto pero ignorado apoyado en la cama se me ocurrió que quizás había habido una mentira mucho más astuta oculta en todo aquello que no había descubierto hasta ese momento de lucidez y vívido recuerdo. Puedo equivocarme pues sabe dios que mi conocimientos sobre gatos y huertos no ha aumentado ni un ápice desde los ocho años pero difícil se me hace creer que altos muros erizados de afilados vidrios se levanten para detener el paso de simples gatos que, por cierto, creo recordar que alguna vez vi, sin encontrar contradicción alguna, pasear por aqul mismo muro andando sin dificultad aunque con cuidado entre los cristales, y, además, jamás me podría imaginar a un felino degustando una berza habiendo, como había, otras presas más interesantes a su disposición. Aquellos muros se debieron levantar, sin duda en una época de hambre como la ha habido y tan terrible en España, para detener antes a seres humanos que a cualquier cuadrúpedo. Quiero imaginar que mi padre prefería no hablarme de ladrones ni de gente tan necesitada de comida que estuviera dispuesta a saltar aquel alto muro por devorar unos tomates para no darme miedo o quizás para evitarse una conversación complicada si yo preguntaba un sencillo ¿por qué?.

¿Qué podría responder si su hijo, demasiado atontado, mimado y patán todavía (y quizás aún hoy) como para comprender lo que podía ser el hambre, la escasez, la guerra o el odio, le hiciera una pregunta comprometida acerca de aquel muro? ¿Le explicaría que su abuelo había querido conservar todas aquellas verduras para él, su mujer y su hijo que era mi padre aunque hubiera gente con hambre al otro lado del muro? ¿Le hablaría de la propiedad privada o de la necesidad de proteger lo que es de uno? ¿Le contaría sobre guerras y hambre y odios y rojos y de echarse al monte y de la reconstrucción nacional? ¿Le diría que los ladrones son todos malos y peligrosos o que a veces las cosas no son tan sencillas como uno querría creer? Eligió hablarme de unos gatos ladrones y esperar que lo olvidara e hizo bien. Yo no hubiera aprendido nada y él no hubiera dormido tranquilo esa noche.

Lo cierto es que aún hoy considero a todos los gatos como criminales potenciales, los vidrios rotos como herramientas útiles y a las huertas como lugares sucios y tristes.