Una de perros

Lo siento, no me gustan los perros. Y por favor, no me clasifiquen como una extremista enemiga de las causas caninas, ni siquiera los odio, simplemente no me gustan. Más de una vez he tenido que explicar los motivos, sin que hasta ahora ni yo ni nadie los entienda muy bien. Desde hace un par de años, después de que fue un tema de discusión en una cena de Navidad*, me he limitado a reducir mis explicaciones al hecho de que nunca he tenido una mascota.

Cuando era niña, en casa había personas alérgicas al pelo de perros y gatos así que nos resignamos a vivir sin una mascota. Pero mi aversión hacia los perros creo que empezó desde que acompañaba a mi mamá al mercado cuando era niña, los perros siempre se acercaban a husmear la bolsa del mandado y creo que hasta llegue a llorar cuando nos acosaban, pues no eran perros amables. Otra memoria viene del perro de mi tía abuela, un Alaska (del que no recuerdo su nombre) que para una niña de unos siete años puede ser muy grande pero que era peculiar -y para mí monstruoso- que no tuviera dientes. Creo que ya estaba muy viejito, pero mi cabeza de niña no comprendía nada y solo sabía que no le gustaban los perros, que entre más lejos estuvieran de mí mejor. Y así crecí.

La pregunta sobre mi apatía hacia los perros se ha vuelto cada vez más recurrente cuando mis amigos me presentan a sus mascotas y yo muestro indiferencia y -algunas veces, sí- miedo. Hace poco leía un par de artículos sobre Jill Abramson, directora de The New York Times, quien durante toda su carrera profesional se ha dedicado a trabajar con la información política desde Washington pero cuando tuvo la oportunidad de publicar su primer libro lo hizo sobre su perro. No signifca que el hecho de que yo escriba sobre el perro que no he tenido -o mi incapacidad para tener uno- me lleve algún día a escribir sobre política desde Washington. Solo quiero que las razones queden un poco más claras.

Chiquita en Cozumel

Mis cuestionamientos quizá comenzaron cuando conocí a Chiquita, la perrita poodle minitoy de mi amiga Astrid. De visita en su casa, en un momento la perrita y yo nos quedamos solas en el vestíbulo, de pronto la poodle se tiro al piso sobre su espalda y empezó a moverse extrañamente. Yo no le hacía caso, pero pensaba que le estaba dando algo así como un ataque, no la toqué, llamé a Astrid para que viniera a verla y cuando mi amiga llegó y la vio solo dijo: “Quiere que le rasques la panza”. ¿Yo? ¿Cómo? En los siguientes días aprendí el ‘lenguaje de los perros’, nunca voy a olvidar esas lecciones pero aún no estaba lista.

Y es que es increíble lo perfecto que un perro y una persona se pueden entender, pero simplemente pensé que yo no podría comunicarme bien con ellos o hacer verdaderos actos de amor como el que mi amiga Dora hizo por su perro Eco recientemente: se lo llevó casi un año a Argentina. Eco es una mezcla de pitbull y labrador, pero Dora dice que “se da el lujo de no tener raza y ser un perro hermoso”. A Eco lo conocí cuando era muy pequeño y desde entonces me di cuenta de que era muy activo, de hecho odiaba un poco que se subiera a mis rodillas y corriera de un lado a otro sin control. Ya cuando el perro estaba más grande me costaba trabajo comprender la relación que tenía con Dora, casi de dependencia total. Así que ella no dudó en llevarse al can hasta la Patagonia y de regreso a México.

Ya en tiempos más cercanos conocí a Silvestre, la mascota de Andrés, del que no me extrañó que fuera celoso de sus dueños porque ladraba por cualquier cosa. Ignoro la raza de Silvestre, Andrés no me lo dijo y yo solo vi un perro café oscuro y más o menos pequeño. Lo curioso de este perro fue su comportamiento mientras estuve junto a él. Al principio muy a la defensiva pero poco a poco tomó mucha confianza y se acercaba lentamente como para asegurarse de que yo no me asustara. Andrés me dijo que acariciara la cabeza del perro, me lo pensé mucho antes de hacerlo, pero después de unos minutos puso una cara muy simpática y me vio con unos ojos de ternura que nunca se me van a olvidar. Creo que ahí comencé a perder el miedo y me plantee la opción de cambiar de opinión respecto a ellos.

Con Trufa en Valencia

En realidad cambié un poco más de opinión hace unos días cuando conocí a Trufa, la yorkshire de mi amiga María, pequeñita y muy juguetona pero que al mismo tiempo le gusta estar por su lado. Aunque al principio mantuve mi distancia, no pude resistirme a jugar un poquito con ella cuando vi que los demás lo hacían. Hasta me pareció muy tierno escucharla rascar la puerta para que la dejaramos entrar a una habitación. Creo que al final sumé mi conocimiento previo y borré mis limitaciones para encontrar algo divertido y maravilloso en los perros.

En todos los casos, los perros de mis amigos eran parte esencial de sus familias, todos habían aprendido a entenderlos y por eso tenían pequeños detalles con ellos que significaban un montón para cada perrito. Me he planteado tener un perro en un futuro no muy lejano y espero que, con más tiempo/espacio y con la ayuda de la gente que tiene mucha más experiencia que yo en el tema, pueda lograrlo. Me he dado cuenta de que mi apatía/temor es irracional, que debo vivirlo para dejar de dar explicaciones estúpidas en las cenas de Navidad.

*Nota al pie: Los casos de perros contados aquí son enteramente positivos, otras situaciones negativas han quedado al margen porque no venían al caso. Para los fans del incidente en el periférico: tendrán que esperar a que lo cuente en otro post.