Post meramente informativo

La perra del post Un asunto de honor falleció. Ernesto me avisó con un mensaje de texto y acabo de salir de una llamada de media hora con él. Hasta ahora no saben lo que le pasó. Sólo sé que, a parte de Andreína Acero y Mérida Marquina, nadie ayudó económicamente a la familia de Ernesto para cubrir sus gastos veterinarios. Ernesto lamenta no haberla podido llevar el viernes al veterinario para ver si se podía hacer algo. No obstante, me parece improbable. Supongo que la calle, el abandono y Venezuela se la comieron viva, porque su sangre estaba casi negra cuando se la sacaron para analizarla, y eso nunca es una buena señal.

Su último nombre fue Luna.

Estoy triste y molesta. Estoy triste, pero más que nada estoy molesta. Me dicen que mi carácter tiende hacia la negatividad, pero el caso es que, justamente estando fuera del país, vi una noticia sobre un albergue para perros que estaba realizando un llamado urgente a toda la gente del área de Miami para que adoptasen a los 200 perros que tenían actualmente, y así evitar tener que sacrificar a algunos por exceso de población. El objetivo de este albergue, limpio, ordenado, era convertirse en un recinto anti eutanasia para los animales domésticos abandonados. Y cuando vi la noticia pensé automáticamente en Venezuela, en donde ni siquiera la vida humana vale un céntimo. Mi cerebro no puede evitar hacer conexiones y por ello me pregunto, quizá demasiado lógicamente, cómo puede ocurrírsele a alguien decir que soy yo la negativa. Que si no han visto el mundo a su alrededor en el que viven. Según estas personas, con el puro optimismo se pueden mejorar todas las cosas que andan mal con Venezuela. Yo digo que mienten y, peor aún, se mienten a sí mismos.

Así que sigo con mi negatividad. Quien me quiera devolver el optimismo puede comenzar por devolverle la vida a una simple perra abandonada por algún “ciudadano” irresponsable. O, si creen que una perra es muy poca cosa, podrían intentar devolverle la vida a la hija del Consul Honorario chileno, o a cualquier venezolano cuya vida haya sido apagada en estos últimos años violentos. O pueden simplemente esperar con optimismo a que se me quite la negatividad, pero está claro que ninguna de estas opciones va a funcionar. Lo único que funciona es que la gente, de alguna manera, se de cuenta de que no podemos vivir evitando la responsabilidad y escudándonos tras una fachada de arrogancia y cinismo. No funciona. Punto.

Mi consejo para quienes piensan que exagero y que estoy equivocada es que, por favor, salgan del país. No tienen que ir muy lejos; Colombia está justo al lado. Una vez que noten que allá afuera existen lugares donde la gente no es agresiva, es generosa* y no siente miedo por su vida cada vez que sale a la calle quizá, quizá se den cuenta de que esto es invivible y que lo que siento respecto al venezolano no es tan exagerado como parece. Se trata de cómo quiera vivir cada cual. A mí no me gusta vivir en un lugar donde te crean loco por querer solucionar problemas o ayudar a alguien (o algo) tan pequeño e insignificante como un animal doméstico. Por lo general es así pero, hoy particularmente no me gusta Venezuela.

*Me consta que los venezolanos somos generosos, pero también me consta que bajo presiones económicas, sociales y, sobre todo, políticas, se puede convertir en la persona más cínica, apática y arrogante que pueda existir. ¿Acaso no han oído nunca a alguien decir que fulanito se “buscó” que lo robaran por salir a tal hora de la noche? Seamos honestos todos.