Ares y Thor

Ares y Thor son dos cachorros de casi tres meses, cruce de dogo alemán y labrador. Ares es el negro y Thor, cuyo primer nombre fue Viento, es el arlequín. Cuando llegamos a recogerlos y los cogimos a brazo en aquel parking eran dos pajarillos temblorosos y solo pasando Madrid por la M30 empezaron a atreverse fugazmente a mirarnos, aplastados en el asiento. Supongo que les pasará como a much@s de nosotr@s, que tratamos de dar buena imagen a los demás y para ello no dudamos en negarnos, calladit@s, por aquello de no molestar. Dejándonos de psicoanalizar cachorros, puede que simplemente estuvieran hasta la coronilla de tanto coche y tanto movimiento y solo quisieran descansar un poco.

Ares y Thor no lo sabían, pero Losar había soñado con ellos en los largos días de la breve espera. Luego también lo haría, al descubrir que Thor era un experto en el arte del butrón en las paredes. Pero en estos segundos sueños era distinto.

Aquel 28 de abril amaneció a las cuatro de la mañana. Nos separaba un buen trecho, ida y vuelta, así que lo mínimo era empezar con un buen desayuno. Lo hicimos y cogimos el pequeño utilitario, dejamos la boina en el pueblo y nos fuimos a vivir una de las aventuras mas importantes de nuestros últimos y aburridos años. Entiéndase aventura con su carga de azar positivo y negativo, opuesto a rutinario, entiéndase como todo aquello que capaz de hacernos sentir vivos.

A Ares se le veía un perro grande ya en aquella foto como etiquetada como Ayko, un perro con planta, por eso no discutí acerca del nombre. A mi personalmente como que los dioses de la guerra, incluso de las legítimas si es que tal cosa existiera, no me van mucho. Le hubiera llamado Bourdieu, mas partidario de la Sociología como deporte de combate, o Neruda, que también guerreó a tajos en la oscuridad con su pluma no solo desde su amada América sino desde los geranios de Argüelles que recordó y pregunta. Pero bueno. Viento era Viento hasta que Yolanda, su exmamá de acogida, me dijo que era un nombre feo. Así, en la cafetería a bocajarro. “Viento, Viento, qué nombre mas feo”- me dijo con gracia. No lo entendí: en estos oscuros tiempos de cadenas e ignorancia, de números frente a seres vivos, Viento pretendía ser un pequeño homenaje a la libertad que le presuponía en la fiereza de sus ojos. O tal vez era lo que ansiaban los míos, trémulos desde antes de ver por primera vez su foto. Thor, uhm, no estaba mal. Vale, me gustó. “Ares y Thor” sonaba mejor, mas corto que “Bourdieu y Neruda”, también mas canino. Así que el nombre que les quedó fueron esos. Van a ser dos perros muyy grandes, les vienen que ni al pelo.

Llegamos a casa. La lluvia nos acompañó la ida y la vuelta. Era sábado, un sábado de mil y pico kilómetros casi de una tacada. Subimos. Les dimos agua y comida y los perros empezaron a explorarla, primero con mesura. Qué momento, pienso ahora que están en el pasillo chocando contra la puerta enzarzados en un juego en el que se muerden, se ladran con sus voces aún de pito. Thor, quién lo diría con lo miquinoria que es al lado de Ares, le pone firme. Y ladra, cómo ladra. Hoy he descubierto que le da verguenza que le haga fotos. A Ares no, Ares posa simplón, bonachón como es, pero Thor se esconde, me gira la carita mientras yo busco poder mostrar con una prueba gráfica que es cierta esa fiereza que a veces le veo. Se gira, me ve sacar el movil y se gira, esconde su pequeña cabeza detrás de los bancos de madera que les he dejado en la terraza para que se tumben, y con un timidez me hace sonidos acongojados. Yo, bobo que es uno, olvido la fotos y otras cosas y miro el jardín y me alegro profundamente de que hayan sabido llegar hasta aquí.