la muerte en las carreras

[La codicia por las abultadas ganancias que reciben los dueños en las carreras hípicas les hacen utilizar a caballos purasangre que ya pasaron sus mejores años, a veces con fatales resultados. Un caso de maltrato animal que es a menudo invisible.] Lo leímos en New York Times, y tradujimos:

[Joe Drape, Walt Bogdanich, Rebecca R. Ruiz Y Griffin Palmer] Cuando entrenaba para su primera carrera en el Aqueduct Racetrack en Queens, el purasangre de tres años Wes Vegas galopaba en la pista casi todas las mañanas y tenía dos programas de ensayos. Pero sus entrenadores también lo preparaban de otra manera: un mes antes de la carrera, según muestran documentos, recibió diez inyecciones intravenosas de un potente analgésico, un día antes de la carrera; dos inyecciones de un fármaco contra la enfermedad degenerativa de las articulaciones; inyecciones de corticosteroides en sus dos tobillos delanteros; un sedante; y un remedio contra la úlcera.
Pese a todos estos preparativos, esa primera carrera, el 3 de marzo, iba a ser su última.
Cuando se acercaba a la primera vuelta, Wes Vegas se rompió una pata y tuvo que ser sacrificado.
Una semana antes, otro caballo, Coronado Heights, de cuatro años, cuyos documentos muestran que sufría la enfermedad degenerativa de las articulaciones, sufrió un colapso fatal en Aqueduct después de recibir trece inyecciones contra el dolor y una lesión en el cartílago un mes antes de la carrera.
Desde que en Aqueduct se abriera un casino a fines del año pasado, ofreciendo premios terriblemente más altos, han muerto ahí treinta caballos, lo que significa un aumento del cien por cien en la tasa de mortalidad con respecto al mismo periodo del año pasado. Como Wes Vegas y Coronado Heights, muchos otros habían sido inyectados repetidas veces con analgésicos durante las semanas previas a sus colapsos, de acuerdo a una revisión de archivos veterinarios realizada por el New York Times.
Los analgésicos durante el entrenamiento son legales provisto que no excedan ciertos niveles el día de la carrera. Pero la prevalencia de los fármacos es una gráfica ilustración de cómo el torrente de dinero del casino ha creado poderosos y peligrosos incentivos para hacer correr a caballos adoloridos, cansados o de otro modo incapacitados para la búsqueda de grandes resultados.
“Si el público supiera cuántas medicinas reciben los caballos cada vez que corren, no creo que lo toleraran”, dice el doctor Rick Arthur, director de medicina equina de la Comisión de Carreras de Caballos de California.
En medio del alboroto sobre la cantidad de muertes en el Aqueduct, el gobernador Andrew M. Cuomo, de Nueva York, ordenó una investigación para “asegurarse de que jinetes y caballos no sufran lesiones innecesarias”. Expertos están examinando los varios factores –no solamente los fármacos, sino temas como las condiciones de la pista y las inspecciones previas a las carreras.
Pero lo que está más allá de toda duda es que los casinos que abrieron sus puertas en Aqueduct y un creciente número de hipódromos han recalibrado la antigua ecuación de las carreras de caballo.
Para sobrevivir en medio de un derroche de nuevas opciones de apuesta tecnológicamente más avanzadas, los dueños de hipódromos sucumben cada vez más a la oferta del negocio de las apuestas para endulzar los premios de las carreras con las ganancias de las tragaperras. Pero si los casinos prometen apuntalar un deporte en dificultades, también pueden erosionar la lealtad que dueños y entrenadores deben a sus caballos, convirtiéndolos, en palabras de Maggi Moss, un importante propietario, en “tarjetas de colección para la codicia de la gente”.
El impacto de los casinos es mayor en el extremo bajo del deporte, las llamadas carreras de reclamación, un mundo completamente diferente de la pompa del pasto azul del Kentucky Derby del sábado. En los rangos de reclamación –en los que los caballos más baratos llenan los cajones de salida en hipódromos como Aqueduct, Penn National, cerca de Harrisburg, Pensilvania, y Evangeline Downs en Luisiana-, el dinero de los casinos ha trastornado el tradicional equilibrio de los hipódromos entre riesgo y recompensa.
“Es una codicia estrictamente egoísta en la que se deja de pensar en el caballo y se piensa en que quizás puedas sacarle una carrera más y hacerte con un pedazo del pastel”, dice el doctor Tom David, hasta hace poco veterinario jefe para la Comisión Hípica de Luisiana.
Para proteger mejor a los caballos, dicen algunos expertos de la industria, los premios deberían limitarse de modo que las ganancias potenciales en las carreras no excedan el valor de los caballos que la corren. De ese modo, el incentivo para el propietario es cuidar al caballo en el largo plazo, antes que arriesgarlo por un solo día de ganancias. Una prominente organización de veterinarios, la Asociación Americana de Practicantes Equinos, recomienda que los premios no excedan el valor del caballo en más del cincuenta por ciento.
Sin embargo, esa recomendación es ampliamente ignorada, según constató el Times.
En el Aqueduct, caballos de un valor de siete mil 500 dólares –en el nivel más bajo de competencia- corrieron hace poco por un premio de cuarenta mil dólares, casi cuatro veces más que el máximo recomendado. Dos de ellos colapsaron y tuvieron que ser sacrificados. Ambos habían recibido analgésicos en los días previos a la carrera. En total, diecinueve de las treinta muertes en el Aqueduct ocurrieron en carreras en las que se violaron las normas veterinarias.
A nivel nacional, el 57 por ciento de las carreras de reclamación de caballos de pura sangre en pistas con casino excedieron esa norma del cincuenta por ciento, y los caballos colapsaron o mostraron síntomas de lesiones en un veintinueve por ciento más alto en esas que en otras carreras, de acuerdo a un análisis del Times.
En una declaración, la Asociación de Carreras de Nueva York declaró que “sería inapropiado e irresponsable del New York Times especular sobre las razones de los colapsos y lesiones” antes de que el grupo de trabajo del gobernador termine su pesquisa.
Los grandes premios han desestabilizado la economía de las carreras de caballos de otro modo. Cada carrera de reclamación es fundamentalmente un mercado donde los caballos son vendidos a precios fijos. Pero el dinero de los casinos ha provocado un frenético comercio de caballos en el Aqueduct, donde los propietarios compran ansiosamente pero también vender para saciar la repentina demanda. Desde que el casino abriera sus puertas este otoño pasado, casi quinientos caballos y 10.7 millones de dólares han cambiado de manos, más que el doble del año pasado, según muestran los archivos.
Nuevamente, el incentivo es llevar los caballos a la pista, estén o no en condiciones de correr.
“Si los caballos no ganan, la gente simplemente se deshace de ellos”, dijo Moss.
La agitación en el Aqueduct en los últimos seis meses tomó por sorpresa a muchos en la industria. Pero un cuento con moraleja se representó dos años antes en el Penn National, donde nueve caballos que pertenecían a un solo dueño colapsaron mientras corrían, provocando un boicot de los jockeys. Los investigadores del estado descubrieron evidencias de serios problemas en el negocio del propietario: los entrenadores y otros empleados inyectan a los caballos con fármacos ilegales y les administran otros tratamientos ilícitos en un centro de entrenamiento fuera del hipódromo.
Cuando el Hollywood Casino llegó en 2008, Penn National se convirtió en parte de un casino en expansión que ahora abarca a más de un tercio de los hipódromos de purasangres del país. Las empresas de apuestas, los presupuestos de los estados y algunos dueños de caballos se han beneficiado, pero la difusión de los casinos ha dejado a muchas personas preguntándose si en el largo plazo las apuestas en los casinos pueden estar perjudicando las carreras y a los caballos mismos.
“Pese a lo que dicen, y aunque sean amigos a los que quiero mucho, no les interesan las carreras de caballos”, dijo hace poco sobre la industria de los casinos William Koester, de la Comisión de Carreras del Estado de Ohio. “Lo que les interesa son las apuestas. Ese es su objetivo”.

Cojo y Todavía Corriendo
Melodeeman, un purasangre de diez años, se merecía un descanso.
Corrió valerosamente para seis dueños. Estableció un récord en la pista de Aqueduct para los cinco y medio estadios más rápidos y ganó más de 250 mil dólares en su carrera. Corrió incluso después de que se rompiera una pata, que fue reconstituida con tres tornillos de acero inoxidable.
Pero la tarde del 21 de enero de 2010, Melodeeman había tocado fondo en el mundo de las carreras. Mientras la temperatura se acercaba al punto de congelación en el Penn National, Melodeeman se preparaba para competir entre los purasangres de menor calidad.
En otra época, Melodeeman podría haberse saltado esta carrera, o retirado completamente. No ahora. No aquí. Las ganancias de la pista del casino habían engordado el premio a dieciocho mil dólares, mucho más que los cuatro mil por los que se podía adquirir o reclamar cualquiera de los caballos –precisamente el tipo de disparidad de costes contra la que habían advertido prominentes veterinarios.
Ansiosas por entrar en acción, tres personas presentaron peticiones para comprar tres caballos en la carrera.
Nadie trató de comprar a Melodeeman.
De acuerdo a un jinete que vio al caballo antes de la carrera, Melodeeman estaba claramente cojo. Pero esa tarde Melodeeman corrió de todos modos.
En la recta final, sus patas delanteras se torcieron, lanzando lejos a su jockey, Ángel Quiñones. Melodeeman se rompió el hueso de la caña y fue sacrificado en la pista, casi cuatro años después de que estableciera su récord en Aqueduct.
Los inspectores del estado sospecharon sobre la causa de su muerte. Otros caballos que pertenecían al mismo dueño, Michael Gill, habían estado colapsando en grandes cantidades, y los jockeys se estaban quejando.
La necropsia reveló que Medoleeman no sólo sufría de la enfermedad degenerativa de las articulaciones en la parte inferior de sus dos patas delanteras, sino que su fatal fractura ocurrió junto a la rotura anterior que había sido remendada con tres tornillos. Los inspectores tomaron una fotografía en color de los tornillos.
De acuerdo a los documentos obtenidos por el Times, en el cerebro de Melodeeman también se encontró un sedante prohibido. La flufenazina puede tranquilizar a un caballo nervioso a causa de una lesión o malestar, según dos veterinarios. Se estaba gestando una revuelta.

Los Jockeys Protestan
Gill hizo su fortuna como corredor inmobiliario antes de convertirse en el más exitoso –y polémico- dueño de purasangres. Ganó el Eclipse Award como el más destacado propietario del país, aunque varios hipódromos en varios estados le negaron espacio en las cuadras debido a roces con los inspectores por su tratamiento de los caballos. Fundó un centro de entrenamiento en el condado de Chester, Pensilvania, obteniendo un fácil acceso a tres casinos con hipódromos, entre ellos el Penn National.
Aunque el casino funciona bien, el hipódromo mismo parece casi una idea de último momento. Está detrás del estacionamiento, apenas visible desde la sala de apuestas. Muchas noches, los pocos aficionados a las carreras que se aparecen fuera compran programas en una máquina expendedora o cerveza en el único mesón.
Pero nadie desconoce el secreto de por qué Gill transformó el Penn National en el centro de sus operaciones: los abultados premios.
Ahora, la muerte de Melodeeman amenazaba con terminar con todo esto.
A la mañana siguiente, Thomas Clifton, un jockey veterano, se quejó ante la oficina de la comisión de carreras en de Penn National de que los caballos de Gill no eran seguros. Estuvo presentando quejas similares durante un mes.
“Los caballos se ven perfectamente sanos hasta el momento en que se rompen las patas”, dijo Clifton. Al día siguiente volvió con un aviso: “Si tenemos otro colapso, vamos a tener problemas serios”.
Esa noche, corriendo en la quinta carrera, Clifton oyó la rotura de un hueso y vio a otro jockey, Ricky Frazier, salir lanzado por encima de un caballo llamado Laughing Moon. Clifton detuvo su montura, pero los otros pasaron a toda velocidad por encima de Laughing Moon.
Minutos después, Frazier estaba en una ambulancia y un veterinario le administraba a Laughing Moon una inyección letal, el noveno caballo de Gill en morir corriendo en diez meses.
Fue entonces que los jockeys decidieron tomar posición: decidieron no correr ninguna carrera con caballos de Gill.
El boicot arrojó una dura luz sobre la Comisión de Carreras de Pensilvania y el Penn National Gaming, que posee el hipódromo.
“Los que protestaron no fueron la comisión ni el hipódromo ni nadie con alguna responsabilidad sobre caballos y jinetes”, dijo George Strawbridge, prominente criador y propietario. “Fueron los jockeys que temían por sus propias vidas. Eso no es una vergüenza. Eso es una desgracia”.
Funcionarios del hipódromo e inspectores tenían fundadas razones para poner en duda la integridad de la empresa de Gill mucho antes del boicot.
Los inspectores no tenían autoridad para controlar el tratamiento dado a los caballos en el rancho de Gill, pero tres meses antes del boicot, la comisión y los agentes de seguridad del hipódromo revisaron una camioneta que transportaba a Lion’s Pride, de Gill, que debía correr ese mismo día. Hallaron cuatro jeringas y Lion’s Pride dio positivo para un corticosteroide usado para el tratamiento contra la inflamación de las articulaciones.
Esa noche, no se permitió que Lion’s Pride corriera. Pero el 18 de diciembre de 2009, después de correr apenas cuatrocientos metros, sufrió una caída fatal.
Para entonces, un empleado del rancho de Gill había contado a los detectives de la policía del estado que los caballos eran inyectados con fármacos los días que debían correr, lo que es ilegal. Los investigadores recogieron más tarde relatos sobre inyecciones de veneno de serpiente y otros tratamientos para mejorar el rendimiento en las carreras, de acuerdo a documentos obtenidos por el Times.
El doctor Jerry Pack, ex veterinario de la comisión de carreras que trabaja ahora para el Penn National, contó a la policía que sospechaba que los caballos de Gill recibían una substancia ilegal para mejorar su rendimiento. También dijo que los entrenadores estaban utilizando tratamiento de onda de choque, que puede ocultar las lesiones. “También es peligroso para la salud de los caballos”, dijo a los detectives.
Las sospechas aumentaron con los antecedentes de algunos empleados de Gill, incluyendo a dos entrenadores, Cole Norman y Darrel Delahoussaye.
Norman había sido multado o suspendido treinta veces en cuatro estados por administrar substancias ilegales a los caballos. Las autoridades lo habían acusado tres veces de administrar un “batido” ilegal –un revoltijo de bicarbonato, azúcar y electrolitos que se les daba a través de un tubo metido en la garganta para combatir la fatiga rompiendo el ácido láctico. Norman también había estado en prisión por matar a un chofer en un choque frontal cuando conducía bajo la influencia de analgésicos recetados.
En 1984, Delahoussaye perdió su licencia de Luisiana como entrenador después de ser condenado por fraude bancario, y más tarde Ohio lo suspendió por poseer jeringas y fármacos y por utilizar una picana eléctrica improvisada en un caballo. Gill mismo fue suspendido una vez de las carreras después de que se encontraran jeringas y agujas en su cuadra en un hipódromo de Nueva Hampshire.
Un gran jurado en el condado de Dauphin, Pensilvania, investigó los informes sobre el dopaje de caballos y otros actos ilícitos. Pero Delahoussaye fue el único acusado, de dopaje. Un acuerdo de culpabilidad negociada lo mantuvo fuera de la cárcel, y de las carreras de caballos en Pensilvania.
Frente al boicot, la comisión de carreras expulsó a Gill y su gerente de carreras, Anthony Adamo, del Penn National. Presentaron una demanda federal diciendo que fueron expulsados sin motivos válidos y sin una vista. Se realizó un juicio la semana pasada y se espera una decisión dentro de poco.
Alan Pincus, abogado de los hombres, dijo que la reputación de los acusados había sido injustamente manchada con “todo tipo de insinuaciones y mentiras durante dos años” y que las declaraciones demostraban que su expulsión “no se basaba en ninguna conducta culpable”.
Gill dijo que él rara vez visitaba el Elk Creek Ranch, su centro de entrenamiento en Pensilvania, y que él nunca dio instrucciones a nadie para quebrantar las reglas que rigen las carreras de caballos.
Chris McErlean, vicepresidente de carreras en el Penn National, dijo que la investigación de Gill y la implementación de las reglas sobre las carreras era responsabilidad de la comisión de carreras del estado, que rechazó repetidas peticiones de que nos concediera una entrevista.
Desde el boicot de los jockeys, las cosas han cambiado lentamente en el Penn National. El hipódromo empezó a realizar inspecciones de los caballos antes de las carreras –una práctica rutinaria en la mayoría de los hipódromos en Norteamérica- sólo en octubre pasado.
El dueño del hipódromo no ha buscado acreditarse ni contribuir a un fondo para los jockeys.
En septiembre, una potranca lesionada tuvo que esperar más de una hora para ser sacrificada debido a que el Penn National no tenía un veterinario certificado en las instalaciones durante la mañana de entrenamiento. La compañía dijo que no era responsabilidad del hipódromo, aunque es una exigencia de la acreditación.
“Hay problemas con los costes, y hay problemas con el proceso”, dijo McErlean sobre la acreditación. “Sólo responsabilizan a los hipódromos. No acreditan a los jinetes, ni a los criadores”.

Comprado y Vendido
Aqueduct no ha sido nunca un hipódromo elegante. El sonido del golpeteo de las pezuñas es a menudo apagado por el estruendo de los aviones en el cercano Aeropuerto Internacional Kennedy. El grueso de sus carreras son realizadas en invierno, cuando los principales propietarios trasladan sus caballos a Florida para correr.
Aqueduct es un hipódromo de barrio para sus jinetes de clase trabajadora, donde los caballos de bajo nivel son vendidos y comprados en carreras de reclamación, que dan cuenta de casi el setenta por ciento de las carreras estadounidenses.
En las carreras de reclamación, los caballos son clasificados por destreza y precio. En una carrera de reclamación de diez mil dólares, por ejemplo, cualquier caballo puede ser “reclamado” o comprado por ese precio. El objetivo es reunir a un grupo de caballos del mismo nivel para atraer a los apostantes, pero también para garantizar condiciones de juego equitativas. Lo que disuade la participación de caballos de gran calibre en carreras de reclamación de bajo nivel, es el riesgo de perderlos por una miseria.
Aqueduct es un caso práctico de cómo los casinos han alterado la economía de las carreras de reclamación. Los premios han saltado a cerca de 130 mil dólares diarios en comparación con el año anterior. Al mismo tiempo, las manadas de caballos purasangre se han reducido a nivel nacional y, según muchos expertos, también ha disminuido su calidad general. El resultado, en Aqueduct y otros hipódromos de casinos, son las fichas diarias de carreras de reclamación de bajo nivel que se corren por premios más altos y un repentino aumento de las reclamaciones de caballos por propietarios que buscan ganancias rápidas.
Entre ellos estaba Bojan, una valiosa mercadería, pero también dispensable.
Bojan tenía buen aspecto y suficiente pedigrí como para recaudar 107 mil dólares en una venta de potrillos añeros en Kentucky en 2008. Ahora era el 6 de abril de 2012 –Viernes Santo- y cuando Bojan estaba a punto de correr en la primera carrera de Aqueduct, un entrenador llamado Juan Serey deslizó un papelito en una caja en la oficina de carreras accediendo a pagar diez mil dólares por él a nombre del propietario para quien trabajaba. Pero el caballo no sería suyo sino después de la carrera.
Serey, que había sido entrenador jefe en Aqueduct, sabía que el caballo tenía un tendón frágil y los tobillos hinchados. Era por eso que Bojan era ofrecido en venta en la categoría más baja del escalafón de las carreras de reclamación, y la razón por la que había cambiado de manos en dos meses.
Incluso así, Bojan seguía siendo una buena inversión. Había ganado más de diecinueve mil dólares para una propietaria y entrenadora, Linda Rice, en el curso de dieciséis días, y su actual co-propietario y entrenador, David Jacobson, había sido su dueño por una carrera y ganado 17 mil 400 dólares.
Serey decidió tirar los dados.
“Todo el mundo quiere un caballo, y quieren que corra en diez días”, dijo. “Yo quiero un caballo hoy, no mañana. Soy un hombre de negocios”.
En la recta final, Bojan avanzó al primer lugar y parecía que Serey había elegido bien. Sin embargo, de repente, el caballo flaqueó y su jockey se levantó en la montura. Rengueando, llegaron en cuarto lugar. Momentos después, Bojan fue subido a una ambulancia de caballos.
“Lo que querían era ganar la carrera y marcharse con el dinero”, dijo Serey sobre los propietarios de Bojan.
En realidad, los dueños recibieron un cheque de 1.150 dólares –el premio que correspondía al cuarto.
Serey no lo lamentó. “Tienes que separar los caballos buenos de los malos”, dijo, y agregó: “Si alguien me compra los caballos malos, está bien”.
Desde que el casino abriera sus puertas a fines de octubre, Aqueduct ha presenciado un fuerte aumento de los caballos lesionados y muertos. En el Aqueduct, los caballos han colapsado o mostrado signos de lesiones a una tasa de 10.2 por mil salidas, lo que es más del doble que la tasa nacional de 5.0 por mil salidas en carreras purasangre, de acuerdo a un análisis del Times.
Tendencias similares son evidentes en algunos hipódromos en todo el país. Los cinco hipódromos de casino de Nuevo México tienen tasas de colapsos de purasangres que doblan el promedio nacional, con Ruidoso Downs y Zia Park en los dos primeros lugares, con 12.5 y 12.1 por mil salidas respectivamente.
Coleman Lloyd, secretario de carreras en el Evangeline Downs Racetrack and Casino en Luisiana, declaró ante la comisión de carreras que la única conclusión que se podía sacar de la alta tasa de mortalidad de Evangeline era que “corrían más carreras con caballos más baratos”, de acuerdo a las actas de la reunión del 30 de agosto de 2010.
Joe Gorajec, director ejecutivo de la Comisión de Carreras de Caballos de Indiana, dijo que su estado redujo el número de días de carreras a 75 y resolvió que las carreras de reclamación de bajo nivel no pueden constituir más del treinta por ciento del programa.
Más allá de las cifras, los documentos veterinarios obtenidos por el Times sobre los treinta caballos muertos en el Aqueduct muestran en crudos términos el uso de fármacos en las carreras.
En la semana previa a una carrera de reclamación de 7.500 dólares con un premio de cuarenta mil dólares a principios de marzo, a Big Polk a Dot le inyectaron el tobillo anterior derecho con una potente cortisona, su pienso fue impregnado con otro potente antinflamatorio y fue inyectado con un analgésico, según muestran los documentos.
A uno de sus rivales, Almighty Silver, le inyectaron en sus jarretes inferiores derecho e izquierdo un analgésico y sus tobillos delanteros con un fluido sintético para las articulaciones. También le pusieron una inyección para dilatar sus vías respiratorias, muestran los documentos.
Big Polk a Dot no había corrido ni un octavo de milla cuando el hueso del jarrete anterior derecho se partió de un golpe y fue sacrificado. Almighty Silver logró llegar tercero, pese a su pata derecha delantera fracturada.
Aunque sus esfuerzos le reportaron cuatro mil dólares al dueño, Almighty Silver fue trasladado por ambulancia a la parte de atrás del Aqueduct, donde también fue sacrificado.
Estos caballos apenas reciben protección de los inspectores del estado o del hipódromo mismo. Incluso cuando el número de accidentes mortales estaba subiendo, no se realizaron necropsias para determinar si las lesiones prexistentes habían contribuido a esos fatales colapsos. Tampoco se realizaron exámenes toxicológicos.
En marzo, días después de que el gobernador Cuomo anunciara que formaría un grupo de trabajo para investigar las muertes, veterinarios de la Asociación de Carreras de Nueva York se mostraron más agresivos para impedir que los caballos incapacitados llegaran al arrancadero, lo que el doctor Anthony Verderosa, el veterinario jefe, calificó como “una coincidencia”.
La Junta de Apuestas y Carreras del Estado anunció una decisión de emergencia dejando sin efecto una reclamación si el caballo tenía que ser sacrificado en el hipódromo. Entre los treinta caballos muertos, siete habían sido reclamados en la carrera en la que colapsaron.
Pero en la ética de los mercaderes de caballos –en la que es probable tanto que vendas un caballo lesionado como que lo compres- no todo el mundo creía que la reclamación de los caballos muertos fuera una buena idea.
“Este es un juego”, dijo Serey, “y tienes que saber cómo jugar”.

Luchando por un Caballo
Para Earle Mack, los caballos no han sido nunca un juego. Promotor inmobiliario, filántropo y ex embajador ante Finlandia, Mack empezó criar caballos de carrera purasangre hace más de cincuenta años. En la década de los ochenta fue durante siete años presidente de la Comisión de Carreras del Estado de Nueva York.
En los últimos nueve meses, Mack ha tenido una frustrante y directa relación con la manera en que se trata a los caballos en la era de los casinos con hipódromos. En 2008 compró en Argentina un hermoso caballo llamado Star Plus para llevarlo a Estados Unidos. Star Plus ganó una carrera y llegó segundo en otra. Aunque lesiones menores lo dejaron fuera del hipódromo en 2009, ganó una carrera al año siguiente. Pero el 28 de marzo de 2010, en Gulfstream Park, sufrió una lesión en el tobillo que pondría fin a su carrera. El veterinario recomendó que no volviera a ser montado.
Mack envió a Star Plus a un rancho de reposo en Florida. Pero en el verano pasado, Mack lo vendió por sólo mil dólares, después de que los nuevos propietarios accedieran a no hacerlo correr.
Pero en lugar de eso, los nuevos propietarios, George Iacovacci y Kelly Spanabel, empezaron a entrenar a Star Plus. Los archivos muestran que Iacovacci, propietario y entrenador, y la señora Spanabel, jockey, se ganaban la vida en los hipódromos de casinos, que a menudo pagan premios hasta a los últimos. El año pasado, por ejemplo, los caballos de Iacovacci recopilaron más de noventa mil dólares, aunque ganaron sólo cinco veces.
Cuando Mack descubrió que Star Plus estaba siendo entrenado, alarmó a los funcionarios de carreras y ofreció comprarlo de vuelta. La pareja rechazó la oferta. En julio pasado, hicieron correr a Star Plus en Michigan y, en noviembre, en dos carreras en el Mountaineer Park de West Virginia. Terminó último en las tres.
El 9 de enero, después de descubrir que Star Plus debía correr dos días después en Charles Town, Mack faxeó una carta a la Comisión de Carreras de West Virginia.
“Como usted sin duda lo sabe”, escribió, “con un tobillo dañado, este caballo es un peligro para sí mismo, para su jinete y para cualquiera que esté en la pista donde se le admita para trabajar y correr”. Darcy Scudera, que se ocupa de los caballos de Mack en Florida, también se puso en contacto con funcionarios de West Virginia, pero le dijeron que no podían hacer nada.
Tres semanas después, Mack escribió a la Comisión de Carreras de Caballos de Pensilvania, pero nunca le respondieron.
El 28 de enero, Star Plus fue nuevamente superado por otros seis caballos, llegando a la meta con 43¼ cuerpos de diferencia. Pese a ello, recaudó mil dólares para sus dueños.
“Esto es claramente un abuso, y cualquiera que esté interesado en los animales debería haberlo parado”, dijo Mack. “Pero estos hipódromos necesitan las graderías llenas y tienen que llenar el programa con carreras. Es por eso pagan mil dólares al último”.
El mes pasado, después de que la fiscalía de West Virginia convenciera a los funcionarios de carreras del estado de que consideraran el caso, Iacovacci y Spanabel vendieron el caballo de vuelta a Mack por siete mil dólares. Spanabel dijo que ella y Iacovacci nunca accedieron a retirar a Star Plus y que decidieron vender de vuelta el caballo cuando les quedó en claro que no sería autorizado para correr.
Ahora, Star Plus vive en una granja de reposo en Kentucky.
“Estos caballos han luchado tanto por nosotros y nos han dado tantos momentos excitantes y felicidad”, dijo Mack. “¿No merecen que los cuidemos? ¿No merecen algo mejor que lo que les estamos dando?”
[Dara L. Miles contribuyó al reportaje.]
10 de mayo de 2012
30 de abril de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer