piojos y lobos

dos anécdotas contadas por mi abuelo en un paseo cualquiera.

Hablando de las pulgas que tiene en su casa mi amiga Marisa (señores, si se compran unos pantalones en el rastro, escáldenlos en una olla con abundante agua antes de ponérselos), mi abuelo sacó a relucir una historia de época. Dice que alguien del pueblo le contó que la gente se jugaba los cuartos, en tiempos de guerra, con los piojos. Haciendo un corrillo, apostaban su cantidad, hacían un montículo de arena y cada uno se sacaba un piojo, (se entiende que el mejor de los suyos), y allí los ponían, ganaba el piojo que primero subiera al montículo, bueno en realidad ganaba su dueño y consecuentemente él mismo porque era devuelto al matojo de pelos de donde salió (se desconoce si los perdedores corrían la misma suerte). Cerramos con la frase original de Alejandro, “que brincos dan los cabrones!”. El caso es que Marisa tiene pulgas en casa y parece mentira como te pueden complicar la vida moderna unos seres tan insignificantes, en otro momento y lugar, con Zotal de por medio, esto quedaba zanjado.

La otra historia es más típica, con final previsible aunque no por ello falto de razón. Dice ser que se reunieron los perros de todos los pastores y decidieron acabar con todos los lobos que andaban por los montes, decidieron por mayoría que erradicarían a esta especie, que tanto molestaba a sus amos y sus ganados. A esta reunión faltó el perro más viejo, que venía cojo por el camino y llegó tarde, enterado de la decisión les dejó esta reflexión: “No os dais cuenta de que gracias a los lobos, estamos aquí. Cuando ya no quede ninguno, ¿para qué valdremos nosotros?”. No me acuerdo a qué vino este cuento, supongo que motivado por el ambiente de crisis que atravesamos, mi abuelo está muy mosqueado y todos los días se da su ración de los Desayunos de la 1, y por la tarde el debate de metropolitan. Cuando los antiguos del lugar están tan preocupados…

Suerte y escuchen a sus mayores.