Lennox, un perrazo màs bueno que el pan

Lennox llegó a casa ya con la controversia entre las patas.

Todavía no lo conocíamos, sólo sabíamos que era un pastor alemán de manto negro, de ignoto abuelo europeo y madre de dudoso pedigrí. Yo quería llamarlo Lennon, pero por algún motivo cedí al capricho de mi hermano de llamarlo Lennox, como el boxeador. Años después tuve que admitir que el nombre le quedaba bien.

Cuando lo recibí en mis brazos, hace ya ocho años, era una pelota de color oscuro que gimoteaba al dormir. Mi gata, en ese entonces la única reina de la casa, manifestó de inmediato su desagrado hacia el recién llegado emboscándolo en cada esquina y dándole los sustos más traumáticos de su vida, al punto que aún hoy, Lennox les tiene cierto miedo a los gatos (siempre y cuando vivan en la casa, a los de afuera se los comería si pudiera.)

Desde que pudo identificar todo lo que existía a su alrededor, el único miedo de mi perro fue esa gata y también  el único ser vivo que podía hacerlo retroceder, aparte de mi papá (de vez en cuando). Demostró desde su exiguo tamaño que tenía la fuerza de un ternero y una capacidad destructiva ilimitada: carpetas, zapatos, cables, peluches y celulares, sus dientes no discriminaban. Nos acostumbramos a no dejar cosas en la mesita ratona de la sala y a guardar todo en cajones lejos de su alcance. Durante sus primeras noches, prácticamente la única forma de que no llorara era poniéndolo en su cajita junto a mi cama con mis dedos a su alcance.

A medida que crecía, se volvía más incontrolable. Nunca dio muestras de ser agresivo: simplemente atropellaba como si no viera nada más que lo que le interesaba. Sacarlo a pasear requería una fuerza casi hercúlea que sólo mi papá podía demostrar, y jugar con él era garantía de heridas seguras. El jardín trasero se convirtió en su reino, y todos los que pasábamos por allí éramos debidamente recibidos con saltos dementes y barro en la ropa. Las visitas le tenían miedo. Logré enseñarle a sentarse, pero no a distinguir un no de un sí.

Llegó un punto en que toda la familia vivía tiranizada por ese perrazo salvaje y sin embargo tan estremecedoramente tierno. Hubo reuniones familiares, “ese perro se tiene que ir”, muchas lágrimas y protestas, “¡el perro se va a quedar!”. No nos dimos cuenta en qué momento pasó su fatídica adolescencia y se convirtió en un joven perro alegre y obediente, compañero a rabiar.

Es la estrella de la familia. No sólo sabe sentarse y dar la pata, si no que cuando le decís “¿y tu chiche?” corre desesperadamente por todo el patio hasta dar con cualquier rama o piedra que pueda darte para que se lo arrojes. De alguna misteriosa manera, aprendió a salir afuera cuando usás la palabra “por favor” y puede salir a pasear a base de silbidos. No le tiene miedo a nada, excepto al gato que actualmente reina en mi casa. Sólo odia a su veterinaria y al vecino gordo de enfrente. No parece muy interesado en sus pares del sexo opuesto, los intentos por convertirlo en padre fueron infructuosos. La gente al conocerlo se asusta: es gigantesco, todo pelos  y hocico de dientes enormes. Pero no pasa demasiado tiempo hasta que se revela como un pan tierno, algo tontorrón, que se desarma de alegría cuando te ve salir al patio, que agacha las orejas frente a las palabras dulces, que se mete a gatas en los dormitorios para buscar un mimo. Sigue siendo torpe y patoso: toda la familia alguna vez fue arrojada al piso por una de sus impetuosas carreras y de vez en cuando se lleva puesta sobre el lomo la mesita baja que está en el quincho, inconsciente de su propio tamaño. Se adapta a todas las actividades familiares: los domingos almuerza junto a la parrilla, se sobresalta con los partidos de fútbol y hay que ver la cara de tristeza que pone cada vez que armamos bolsos para viajar.

Tiene una intuición feroz. Nunca se equivocó juzgando a la gente, lo aprendimos con el tiempo. Y sabe consolar como pocas personas saben: nunca olvidaré las veces que, al escucharme llorar, se me acercó despacito y apoyó su gran cabeza en mi regazo, con sus ojos almendrados mirándome con infinito amor, esa clase de amor que sólo los perros saben ofrecer.

Lo miro correr por el patio cazando moscas y se me hace un nudo en la garganta al pensar que un día voy a mirar y no lo voy a ver más. Va a haber un gran hueco en mi casa, en mi familia, en mi vida, cuando ese perro no esté. A veces cuando estamos juntos le hablo, no sé si me entiende, pero le pido que no me deje nunca, que se quede conmigo. Y él me mira con sus ojos de almendra y mueve la cola y gimotea ansioso, como tratando de decirme algo. No me resisto a abrazarlo, porque entiendo perfectamente lo que me quiere decir.