Thelma y Louise

Nina llego a mi vida en el momento que más la esperaba. Me encontró camino a la Facultad y me miró con sus ojos redondos y brillosos, llenos de miedo, y su rostro peludito. Apenas la vi mi deseo fue protegerla. La lleve conmigo a la Facultad y entré a clase con ella. Como era de esperar las mujeres quedaron locas y la llevaron de un lado para el otro hasta hartarse de mimar. En ese momento todavía era una pichona asustada y no decía ni “miau”.

Todo el camino de vuelta a mi casa estuvo muy quietita a upa mío, ni amagó con moverse. Cuando entramos a casa buscó rápido un lugar dónde esconderse y enseguida puso los límites. Podía dormir en la cama conmigo si era lo que yo quería, pero jamás dormiría a lado mío, o abrazada a mí como lo hacía el gato de la casa de mis papás. Ella siempre dormiría a los pies de la cama. Y si me movía mucho se buscaría un lugar más tranquilo. Eso jamás logre cambiar en ella.

En realidad no puede cambiar mucho de ella, simplemente nos adaptamos la una a la otra.

Nuestros primeros meses juntas transcurrieron entre Posadas y Oberá. Durante la semana convivíamos en Posadas, y los fines de semana la llevaba conmigo a Oberá. Es insólito en un gato, pero Nina viajaba dentro de mi morral muy tranquila durante dos horas en el interurbano. Yo trataba de que no duerma antes del viaje, y cuando la metía en mi bolso primero peleaba un poco por salir, pero en cuanto nos alejábamos de nuestro hogar se quedaba tranquilita semidormida dentro del morral.

Así vivíamos viajando, hasta que sucedió algo inesperado. Nina entró a su madurez sin que yo me diera cuenta. Un día simplemente noté que habían muchos gatos merodeando por mi casa y luego una protuberancia en su barriga. Cuando estuve segura de su embarazo la dejé que viva su maternidad en casa de mis padres y yo me volví sola a Posadas.

Así pasamos medio año viéndonos sólo los fines de semana. Pensé que sería más feliz allá, con más espacio verde para recorrer, una casa grande siempre habitada y sin tanto traqueteo por los viajes de los fines de semana.

Nina siempre tuvo cierto salvajismo en su interior y no se adaptaba a la vida de “gato de departamento”. En Posadas podía vagar días sin volver a mi casa, manteniéndome en vilo durante su ausencia. Cuando ya andaba con el corazón en la mano aparecía muy horonda como si nada. Eso sí, con mucha hambre.

Aunque Nina nunca dependió mucho del alimento balanceado. Ella siempre supo proveerse de alimento. Desde siempre gustó de deglutir cuanto bicho pequeño se le acercase. Primero comía insectos, pero una noche apareció con su mayor trofeo de infancia a lado de mi cama: una pequeña laucha.

Yo estaba muy feliz con la muerte de ciertas plagas hogareñas. Pero no era demasiado saludable convivir con un animal que no discrimina su alimento. De todos modos mi amor por Nina nunca mermó, por eso cuando se embarazó la dejé en Oberá. Así tendría un campo de caza más amplio. Y más recovecos para investigar.

La maternidad le asentó de un modo inesperado. Cuando tuvo a sus crías fue una madre abnegada, el primer día después de parir no salió de su nido ni para tomar aire. Mi mamá preocupada le acerco un cuenco con agua y otro con alimento, pero Nina los que dejó intactos hasta el segundo día. La primera semana salía sólo ratos breves de su cueva, sólo para tomar agua, comer algunos bocados y descansar por unos segundos. Pero esto en un constante estado de vigilia.  

Con mi mamá estábamos fascinadas con su comportamiento. Ahí descubrí que Nina es muy instintiva: caza como las mejores, es muy sigilosa, como un gato; es una excelente madre y hace todo como se debe hacer. Bah… es un Felino Pequeño con mayúscula y todas las letras.

Nunca pensé que podía tener una mascota tan virtuosa. Y no sé si seré la única que ve todo eso en ella, quizá porque la conozco, o quizá es sólo que mis ojos están teñidos con la visión de una madre que ve a su hija. Vaya uno a saber.

Cuando le conté a mi amiga Julieta que sentía una particular conexión con Nina, ella me miró con los ojos como platos y me respondió: “no puedo imaginar a una persona estableciendo conexión con ese animal”. Al parecer Nina se ve como una especie de ente frente al resto de la sociedad, pero cuando estamos solas, no sé si seré yo y el producto de mi imaginación, pero somos como… amigas. Realmente convivimos.

Creo que sólo las personas que tiene mascotas y las aman entienden eso. Cada animal, por más que se supone que no razonan, tiene una personalidad muy definida.

Nina es terca pero tolerante, es instintiva, es de carácter fuerte. A veces parece más un perro que un gato. Se para en la vereda frente a mi portón con aire soberbio, como protegiendo su pequeño pedazo de terreno.

Una vez que pasó de su maternidad: recuperó peso, pelo y se desprendió de sus gatitos; decidí volver a traerla a Posadas. El gato obereño, el cual también tiene mucha personalidad,  aguantó sólo hasta que a Nina se le pase lo de madre para comenzar a asediarla. Así que les di en adopción a mis papás a Lara, una de las hijitas de Nina, y me traje a la madre a mi departamento.

Ahora ya no es tan vaga, desaparece sólo unas horas al día. No le gustan las visitas. Pero cuando estamos solas merodea a mí alrededor casi todo el tiempo, me acompaña en la mayoría de mis actividades culinarias. Aunque también se toma su tiempo libre y vaga por el barrio hasta andá saber dónde. Pero ya no me deja con el corazón en la boca, ya no amaga con abandonarme, ya sé que me adoptó tanto como yo a ella.

Miro su carita cachetona y peluda y veo a mi amiga, su rostro pirata dice que lo es, con sus ojos grandes, uno contorneado de blanco y el otro de negro y una mancha pequeña en la boca que le da una expresión extraña, pareciera que siempre quiere incitarte a hacer algo. Supongo que por eso llegó a mi vida.