jack, un perro de terapia

[Hacen la ronda cada vez más frecuentemente en entornos relacionados con la salud. A veces los perros de terapia simplemente acompañan a los pacientes. Los beneficios para la salud de los humanos son innegables.]

[Karen Ravn] “Las mascotas son parte del alma de nuestra comunidad”, dice el doctor Edward Creagan, oncólogo de la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota, cuando describe el cariño y respeto que siente por un miembro del personal de la clínica.
Se trata de Dr. Jack, un pinscher miniatura de diez años que atiende a ocho o diez paciente por día: a veces sale a pasear con ellos, a veces solo pasa a saludar y a veces simplemente se acurruca junto a ellos para dormir una siesta juntos.
Dr. Jack es un perro de terapia, uno de una categoría en el cuerpo canino de “profesionales” de la salud conocidos perros de asistencia. Y, como los perros de servicio (que ayudan a personas con discapacidades), en estos días los perros de terapia son cada vez más utilizados.
Adiestrado para visitar hospitales, hospicios, centros de rehabilitación y residencias de ancianos, trotan de cuarto en cuarto, cinco minutos aquí, veinticinco allá, dejando que los niños los besen y los mayores los peinen –imperturbables amigos cuadrúpedos para todo el mundo. En todo el país están inscritos en Pet Partners, un programa iniciado en 1990 por Delta Society, una organización sin fines de lucro que cree que las interacciones positivas con animales mejoran la salud y el bienestar de los humanos.
Jack es el único perro de la Clínica Mayo, pero tiene numerosos colegas que hacen la ronda en instalaciones hospitalarias en todo el país, incluyendo más de cincuenta en People-Animal Connection de UCLA. Los perros –emparejados con sus contrapartes humanas- hacen entre quinientas y seiscientas visitas al mes a pacientes en más de cuarenta unidades de las instalaciones médicas de UCLA, dice el director del programa, Jack Barron.
En un desarrollo menos estridente, Barron cree que los perdigueros y labradores son probablemente las razas mejor equipadas para la vida como perro de terapia: “Los trajeron al mundo para complacer a los humanos”. Dicho eso, describe su equipo como “un smorgasbord de maravillosos perros” –desde cuatro montañeses de los Pirineos, de unos cincuenta kilos cada uno, a un chihuahua peludo de un kilo.
Los perros de terapia trabajan de dos maneras. A veces trabajan con un profesional de la salud y participan activamente en el tratamiento del paciente –como Silvija, un mix de cobrador y perdiguero, de cinco años, que trabaja con Amy Johnson, logopeda, de Pasadena Sur. El trabajo de Silvija es motivar, recompensar e interactuar con pacientes, dice Johnson. Por ejemplo, “para una niñita, sacarle una palabra es toda una proeza. Pero tiene que vocalizarla si quiere que Silvija pase por mi túnel de plástico”.
Otras veces los perros de terapia y colegas humanos simplemente colaboran en las llamadas actividades con asistencia animal: por ejemplo, entrar al cuarto de un paciente solo para saludar (el humano) o echarse en la cama del paciente por un rato (el perro). “Todos ganamos nada más que estando con nuestros animales”, dice Bill Kueser, vicepresidente de márketing para Delta Society. “Y compartimos estos beneficios cuando compartimos nuestros animales con personas que no pueden tenerlos ellas mismas”.
Para unirse a People-Animal Connection, los voluntarios deben asistir a un taller (solamente humanos) para ser luego evaluados con sus perros en veinticuatro ejercicios. “Pasas o repruebas”, dice Barron. Las actividades pueden sonar suficientemente simples, pero no les sirve cualquier combinación perro-humano. “Algunos me dicen: ‘Mi perro sería perfecto’”, dice Barron. “Yo le pregunto: ¿cuántas veces has estado en una unidad pediátrica de cuidados intensivos? ¿Cómo va a reaccionar tu perro? ¿Cómo vas a reaccionar tú?”
Los perros de terapia deben ignorar los sonidos fuertes, los olores extraños y a otros perros que encuentren en el camino. No pueden acercarse a personas que no aprecian su cercanía. También deben ser amistosos y sentirse cómodos cuando están con humanos. Sus colegas humanos deben poder hacer todo lo anterior. “Los perros detectan el nerviosismo de las personas”, dice Barron. “Se los transmite la correa”.
Las investigaciones han demostrado que los perros de terapia pueden tener beneficios sanitarios medibles en los pacientes. En un estudio de 2007, 76 adultos con insuficiencia cardiaca avanzada recibieron sea una visita de doce minutos de un voluntario con un perro de terapia, la visita de un voluntario solamente o doce minutos de su atención habitual.
Comparado con el grupo de atención habitual, el grupo canino redujo significativamente la presión sanguínea durante y después de la visita. Comparado con el grupo de solo voluntarios, redujeron de manera significativa los niveles de las hormonas del estrés efedrina y norepinefrina durante y después de la visita. Y comparado con los dos grupos, tuvieron descensos significativos en mediciones de “ansiedad total”.
En otro estudio presentado en un congreso antes este año, veintiocho pacientes interactuaron con un perro de terapia durante quince minutos media hora antes de que tuvieran una SRM. Otros seis pacientes no tuvieron ninguna intervención antes de su SRM. Los resultados mostraron que, para reducir la ansiedad, se podía usar la interacción con un perro de terapia en lugar de un tratamiento medicamentoso. También se ha demostrado que los perros de terapia reducen la soledad y la depresión y estimulan la conversación entre pacientes en casas de reposo.
Después de más de una década de trabajo con People-Animal Connection, Barron está convencido de que los perros de terapia son efectivos. “Hemos tenido muchos resultados”, dice. “Todos buenos”. Cuenta la historia de un paciente -con dolores extremos en primeros auxilios- que recibió la visita de un perdiguero de terapia llamado Jackson. Los pacientes del doctor le contaron al adiestrador de Jackson: “No puedo creer lo tranquilo que está. Este perro hizo más por mi paciente que la morfina”.
Y cuenta de un caniche llamado Apolo que visitaba a una niña de once que estaba en coma desde hacía un tiempo. Media hora después de partir Apolo, la niña se sentó y empezó a preguntar: “¿Dónde está Apolo? ¿Dónde está Apolo?”
“Algunas personas podrían decir que eso fue simplemente una casualidad”, dice Barron. “Pero yo digo: ¿cómo sabes que no ocurrió porque el perro estuvo a su lado en la cama?”
21 de junio de 2012
18 de julio de 2011
©los angeles times

cc traducción c. lísperguer