Felinos Casuales

Como felinos, se cazaron desde el primer momento en el cual sus miradas se cruzaron.Allí, justo cuando sus ojos oscuros miraban electrizados esos color pistacho. Suspiraron, la masacre sería descomunal. Ella despeinó distraídamente sus cabellos perfumados, los labios palpitaban de deseo al igual que su entrepierna. Él la olió, era una hembra en celo creyendo intimidar. Sonrió cínico, encendió un cigarrillo y se dirigió a ella. El olor de sus cuerpos humedecidos por ambiente impregnado de alquitrán y etanol eran una deliciosa invitación al pecado. Ambos lo sabían y no necesitaban notificarlo.

Él se sentó a su lado, tocó con la yema de sus dedos el hombro descubierto. Entre las formas del vestido corto, podía adivinar cada curva, pliegue y figura posible. Ella, por su parte, se deleitaba pasaban la lengua sobre sus labios, invitando a besar. A cada segundo, un centímetro de distancia se arrugaba entre ellos. Emitieron un gruñido, como un ronroneo casi animal y delicado, imperceptible. Ella levantó el cuello con elegancia, sus negros cabellos largos lo delineaban, contrastando con el tono de su piel. Él se acercó, los labios apenas tocaron la piel. Contacto.

Cuando la saliva limpió su cuello del perfume y el deseo, ella enloqueció. Apenas y pudo evitar contener un gemido fuerte, casi desgarrador. Poco a poco sintió como su boca se hacía más grande, quería tragarselo en aquel momento. Suspiró, deteniendo su frenesí pasional. Él la miró, volvió a sonreír y le arrancó el vestido con desdén. -Gabriela- Susurró entre jadeos, con las manos tocando superficialmente los senos, apretando los pezones.

Ella contestó por inercia, era la excitación misma quién le guiaba. Él poco importaba, se trataba de un medio para su fin. En unos minutos más estaría muerto al igual que los otros. Lo miró, expectante y fingiendo una mirada cargada de placer y lujuria. Sabía fingir, sabía exactamente lo que él deseaba escuchar. Se incorporó suavemente y siguió besandolo como una loba desesperada y hambrienta. Lo mordía, lo probaba, lo lamía y calaba. El sabor era exquisito, inhumano, un tazón que los dioses le mandaron.

Las caricias se fueron tornando más violentas. Al cabo de un rato, ya tenía la vagina humedecida, la boca preparada, la mente en algún otro sitio. Se abalanzó sobre él, como un felino atacando a la presa. Elegante, rápida y efectiva. Sus ojos brillaban en la tranquilidad de la noche, jugueteaban traviesos con cada pliegue de su cuerpo flácido. Temía la llegada del sol, de las personas, de los asuntos mundanos que le invadían el pensamiento cada día. Sin embargo, en aquel momento donde podía sentir las uñas clavandose en su espalda y los jadeos junto a su oreja, todo estaba en orden.

Como felinos, se cazaron desde el primer momento en el cual sus miradas se cruzaron. Ella dio el primer zarpazo, lo tumbó al suelo y comenzó a retorcerse en un ataque impetuoso, bestial, horrible. La sangre escurría entre las grietas del azulejo color azul celeste. Sus dientes se clavaban en la piel, rasgando y rompiendo. La sangre burbujeaba en su boca, aún caliente. El semen no llegó a salir. Y le dio un último beso mientras la vida se le fugaba en aquella última mirada.

Al diablo, así son las lobas.