Polidipsia / poliuria

Hay que reconocerlo: soy algo maniático y no me siento cómodo si tengo el suelo del piso anegado de orina de perro. Me da por enfadarme, por maldecir el olor —que me parece intolerable— y por fregarlo de inmediato con la minuciosidad de la obsesión. A fin de no tener que darle mucho a la fregona (acto con el que me siento el más miserable de los seres humanos), he tenido que preparar un plan para levantarme de la cama cada dos horas. Verdi lleva un tratamiento antiinflamatorio que le hace padecer una sed pavorosa, sed que luego tiene sus efectos mingitorios. Ya no estamos hablando sólo de polidipsia y poliuria, sino de lo que podríamos llamar megadipsia y megauria; es decir, que aparte de la frecuencia, tendríamos que tener en cuenta el caudal ingerido y/o vertido. Miedo da pensar que semejantes ríos urinarios y nocturnos, que han ido a regar con magnanimidad el jardín de enfrente de casa, podrían haberse desbordado por el suelo de tarima del piso.

Verdi, con cara de no haber regado nunca la casa con sus meados. Finge.

Es duro vivir con un perro (quienes lo hacemos estamos pagando por nuestros pasados pecados en anteriores encarnaciones) y más duro aún levantarse cada dos horas para que el animal mee, algo que procura un estado muy parecido a la zombificación. Luego, es cierto, quedan las recompensas: el perro duerme —y le deja a uno tranquilo—, el perro juega con otros perros —y no demanda de la persona que vive con él que participe en juegos cuyo mayor desafío intelectual es coger una pelota que rueda— o nos morimos de agotamiento y dejamos de padecer. También hay que valorar el que tras la muerte, y en premio a nuestros desvelos, se nos concede el galardón de la liberación del cansado ciclo de reencarnaciones; luego somos enviados a un mundo en el que los perros pueden vivir a sus anchas.

De perro (κύων, kyón) moteja Aquiles a Agamenón en la asamblea de los aqueos en La Iliada, dándole el calificativo más grave que un griego puede dar a otro: el perro, para los griegos, es al tiempo servil y desvergonzado. Los del perro (Κυνικοί, kynikói) nace también como derogativo para Antístenes y sus seguidores, el más conocido de los cuales es Diógenes de Sínope, que vivía en un barril y se tendía al Sol en el ágora de Atenas como los perros; una consideración no precisamente halagadora para estos cuadrúpedos con los que convivimos desde hace unos pocos miles de años. Reconozco que, a veces, me da por pensar que los griegos andaban en lo cierto.