VAMPIROS

De pequeña, estaba convencida de que mi abuelo era un vampiro; pero ahora ya hace años que no, sólo faltaba. Esas cosas son chiquilladas y yo ya tengo una edad.

Tampoco es que yo fuera una niña especialmente fantasiosa. No era de las que después de ver Superman deciden ponerse una capa y saltar por la ventana. Aunque creo que no hay ningún niño que realmente haya hecho eso. Nunca entiendo por qué a todos los críos les cuentan esa historia.

Pero el tema es que si yo creía que mi abuelo era un vampiro no era porque la idea se me hubiera metido en la cabeza sin más. Tenía mis razones.

Nos fuimos a vivir con mi abuelo cuando mi abuela murió. En parte porque era demasiado mayor para seguir solo, y pagar a alguien para que le cuidara a tiempo completo era demasiado caro, y en parte porque mi madre, mi hermano y yo vivíamos en un piso de sólo dos habitaciones y en su casa, que era mucho más grande, podríamos tener una habitación para cada uno y un jardín para la gata.

Mi madre tiene una hermana, pero como no vive en la ciudad, el arreglo de que nos fuéramos a vivir con mi abuelo le pareció bien; el asunto se zanjaría vendiendo la casa y repartiendo el dinero cuando mi abuelo muriera, así que cuando se propuso esa solución, no tuvo nada que objetar.

Como no teníamos demasiadas cosas que mover (los muebles ya estaban en el piso cuando lo alquilamos), el mismo día del funeral de mi abuela, mi madre lo metió todo en una camioneta y cuando salimos del cementerio, fuimos directamente a la casa nueva.

Aunque yo era bastante pequeña, recuerdo perfectamente el cambio. Seguramente porque nunca había pensado en vivir a una casa tan grande. Bueno, por eso y por cuánto me asusté la primera vez que vi a mi abuelo. Nunca habíamos vivido con una persona mayor y recuerdo que lo primero que me llamó la atención es que era tremendamente viejo. Ya sé igual eso no parece tan raro en un abuelo, pero lo que quiero decir, es que me pareció antinaturalmente viejo (sospechosamente viejo en realidad). Nunca había visto nada parecido y la verdad es que, en un primer momento, no estuve del todo segura de que fuera una persona.

Desde luego, era mucho más viejo que los abuelos de mis amigas; y además siempre parecía estar igual. No había días que estuviera mejor y veces que estuviera malo, como les pasaba a mis amigas; mi abuelo ni siquiera al principio de irnos a vivir con él jugó nunca conmigo o me llevó al parque. Estaba siempre sentado en su silla (sí que recuerdo que en algún momento dejó de ser una silla normal y pasó a ser una de ruedas, pero no sabría decir cuándo), vestido de negro y con el sombrero puesto. Aunque estuviera dentro de casa (y eso era la mayoría del tiempo, porque no le gustaba nada salir a la calle), nunca se quitaba el sombrero si era de día. Y sólo en verano dejaba que mi madre lo sacara a la terraza un poco a “tomar el aire”, pero siempre cuando el sol ya se había puesto. Decía que las personas no estábamos hechas para que el sol nos calentara la cabeza y que para eso ya estaban las plantas y los animales; que nosotros habíamos aprendido a construir casas para algo.

Además tampoco iba nunca a misa, como los demás abuelos, ni la veía por la tele; y mi gata, que es el animal más pacífico del mundo, cada vez que lo veía, bufaba erizando el lomo, y salía corriendo de la habitación.

A mí, claro está, todo eso me parecían motivos más que justificados para sospechar que pasaba algo raro, y después de preguntar a las dos personas más informadas que conocía (es decir, mi hermano mayor y su amigo Diego, que ya estaban en octavo) vi claro que lo que pasaba era que mi abuelo era un vampiro.

Ellos me explicaron lo del sol y por qué no quería oír misa, y me dijeron que si no quería creerlos a ellos, creyera a mi gata, porque todo el mundo sabe que los gatos notan esas cosas. También me dijeron que tenía que tener mucho cuidado porque, aunque era mi abuelo, a los vampiros esas cosas se les olvidaban cuando les entraba  mucha hambre, y que si un día me pillaba fuera de la cama por la noche podía ser peligroso. ¿Por qué sino había hecho mi madre que todos durmiéramos en el piso de arriba menos mi abuelo, si no era para protegernos? Mi madre había puesto a mi abuelo a dormir abajo porque como iba en silla de ruedas, no podía subir las escaleras y chuparnos la sangre mientras dormíamos. ¿O es que no había oído los ruidos que hacía por la noche? Eran sus esfuerzos al intentar bajarse de la silla y subir por las escaleras.

Aquella noche no pude dormir pensando en mi abuelo, enloquecido por el hambre e intentando arrastrarse con los brazos escaleras arriba para chuparnos la sangre atodos. Si mi madre lo sabía ¿por qué seguía cuidándolo? ¿por qué no lo denunciaba o hacía algo?. Después de ese día empecé a llorar cada vez que mi madre se iba a hacer la compra y nos tocaba quedarnos solos con mi abuelo. Idee un sistema para atrancar la puerta de mi cuarto desde dentro, metiendo un trozo de madera por debajo a modo de cuña, y empecé a irme a la cama antes de que se hiciera de noche. No pasó mucho tiempo ahsta que mi madre empezara a preocuparse y al final,  mi hermano acabó por confesarle lo que me había dicho.

Yo estaba aterrada, pero cuando mi madre se sentó a hablar conmigo y me explicó las cosas, lo entendí todo perfectamente. Me sentí estúpida.

Mi abuelo era más viejo que los demás porque se había casado con mi abuela en “segundas nupcias”, que era algo muy normal en esos tiempos; y si no le gustaba el calor y vestía siempre de negro y con sombrero, era porque no era de aquí. Había nacido en el extranjero, era “del este” y allí hace más frío y los hombres mayores visten de esa manera. En cuanto a mi gata, como el hombre no podía levantarse de la silla, siempre intentaba acariciarla con el bastón y claro, como no veía muy bien, pegaba al pobre animal en la cabeza y lógicamente ella no le tenía mucho cariño.

Me sentí tremendamente imbecil al comprobar que todo tenía una explicación razonable, y me enfadé tanto con mi hermano, que estuve días sin dirigirle la palabra a nadie.

Sin embargo, aunque lo pasara tan mal al principio, ahora me alegro mucho de que me lo dijeran, porque si no, hoy me sentiría terriblemente culpable. Quiero decir que, si siguiera pensando que mi abuelo era un vampiro, pensaría que ha muerto por mi culpa. Por olvidarme de correr el toldo para que no le diera el sol porque estaba hablando por teléfono con mi amiga Bárbara.

Afortunadamente, ahora soy lo bastante mayor para saber que eso es una tontería. Porque mi abuelo tenía 109 años y, como ha dicho el médico, una persona tan mayor puede morir simplemente por desgaste, esté al sol o a la sombra. Ya es asombroso que cualquiera alcance una edad tan longeva, y podemos estar orgullosos, y “tenemos que estar contentos de que haya podido disfrutar tantos años de una hija y dos nietos que le querían tanto”. Así que, no hay de qué preocuparse, porque mi despiste no ha tenido nada que ver.

Sin embargo, como ya digo, me alegro de que esto haya ocurrido ahora y no hace unos años, porque de pequeña, estaba convencida de que mi abuelo era un vampiro.