King

Viéndolo en la primera de las fotos que dejo hoy, apenas es posible adivinar cómo fue en el pasado King (o Avasiaslaj III Junior, tal y como viene en su cartilla). Un yorkie que lleva 14 años compartiendo vida y espacio con mis padres, desde que era un diminuto cachorro de tres meses. Ya es, como ordenan las leyes de la Biología, un verdadero anciano que sufre en su pequeño cuerpo los severos efectos de la edad. Sus ojos están cubiertos de la película lechosa de las cataratas (y cómo operarlo, cuando el riesgo de la anestesia puede ser más terrible que el de la ceguera). Apenas oye —él, que tuvo un oído tan fino y penetrante. Sospecho que su olfato también se va perdiendo. Aunque pasea a diario con mi padre la práctica totalidad de la mañana, progresivamente se va haciendo más torpe y va teniendo menos fuerza y resistencia. Sus dientes se pierden, se marchan (como en el fragmento 44D de Anacreonte). En vida, va bajando con paso parsimonioso hacia el Hades, sabiendo que ya no subirá.

Yo sigo viéndolo hermoso, y hubo un tiempo en el que su belleza era evidente para todo el que lo veía. Eran aquellos felices tiempos en los que King esplendía con su figura y pasaba el día en actividad y alegría. Fue un tiempo en el que los vecinos se detenían para acariciarlo según pasaba. ¡Cómo ha cambiado la cosa..! Aunque ahora sigue siendo el mismo individuo (envejecido, sí, pero el mismo), como no bulle en energía y su pelo no es largo y brillante como lo fue entonces, apenas se detienen a decirle nada. Incumplen el ritual del saludo. Vulneran (arruínan) la sagrada institución de la amistad. Lo miran con conmiseración, apartándose. A estas alturas él ya se ha acostumbrado a tan intolerable desatención. Habrá entendido, quizás, que en el mundo de los humanos, los cachorros producen ternura, los adultos indiferencia y los ancianos repulsión. Quienes fueron sus amigos le han abandonado (por viejo, para qué decirlo de otra manera. La vejez es experta en producir huídas). Otra cosa más: La mayor parte de los perros que conoció de joven ya no son, ya no están en su pequeño mundo inmediato, han dejado de ser —por retorcer un poco las categorías del profesor Kant— fenómenos para inscribirse en la categoría de noumenos, recuerdos suprasensibles en búsqueda de lo absoluto. El mundo que él conoció, el que cartografió (básicamente) con su olfato, se va despoblando más y más, va desvaneciéndose poco a poco. De pronto, a un perro no se le ve más. El árbol que había estado siempre en ese mismo lugar es talado y sustituído por una papelera —qué demonios hará ese cacharro en un lugar donde no le corresponde. No creo que él no se extrañe, aunque sí sospecho que se resigna a la aborrecible naturaleza del cambio. Ha aprendido, y de todo ello ha devenido una lección amarga: los humanos son volubles y los amigos (cuadrúpedos y bípedos, cada uno por sus razones) se esfuman sin dejar rastro.

King, tal y como se ve a día de hoy, con catorce años

King, tal y como se ve a día de hoy, con catorce años

King a los nueve años

King a los nueve años

King a los nueve años

King a los nueve años, subido sobre mi señora madre

King a los nueve años, peinando melenas y bigotes

King a los nueve años, peinando melenas y bigotes

King, con un año y medio y con la alegre cara de animal jovencísimo

King, con un año y medio y con la alegre cara de animal jovencísimo