Esos primeros momentos

Publicado en Wadi As en su edición del 6 de julio de 2012

 

Con el verano llegan los incendios, por desgracia. Y el calorín, los mosquitos y las medusicas que gafan los pocos días de descanso playero que el bolsillo más afortunado puede pagar. Acuden al paso, más bien, lo impiden, los atascos ya da igual a las puertas de qué ciudad; pues se espera que tales concentraciones de tráfico se registren a la entrada y salida de las metrópolis o en zonas costeras masificadas, pero van tan lenticas las obras en las carreteras, van tan rapidicos algunos coches -que, con sus continuos cambios de carril, entorpecen la conducción-, que hasta para acceder a la más remota villa uno se las ve y se las desea. Pero hay también otros hechos, muy propios de estas fechas, que no por no obtener grandes titulares en prensa, dejan de merecer importancia. Para muchos los perros, esos peluches animados dispuestos 24-horas a agradar al dueño, sobran en verano. Estos que en Navidades llegaron como regalo con lacito rojo, se convierten en una molestia cuando toca decidir destino de vacaciones y, ¡claro!, ellos no encajan en el plan de viaje. El abandono, ya sea en un parque lejos de la casa, en la cuneta, en una gasolinera, en un campo cualquiera, es la opción para quienes el calentón del capricho de mascota ha trocado en incapacidad para asumir la responsabilidad de cuidarla. Esto no es una leyenda urbana ni un incidente puntual. Basta informarse en cualquier sociedad protectora de animales para saber sobre el incremento en estos meses de sobre todo perros dejados a su suerte por sus “familias humanas”. Me cuesta creer que haya razones para ello, pues siempre existen soluciones posibles antes que el portazo, cualquier vía antes que romper ese vínculo de lealtad amo-perro que se forma desde el primer intercambio de miradas, la primera caricia, la primera foto, la primera directriz enseñada/aprendida, el primer juguetito mordisqueado, la primera correa, el primer paseo, la primera consulta del veterinario, el primer encuentro con otros perros, la primera pirueta, la primera visita a urgencias a las tantas de la noche, el primer cumpleaños… hay tantos primeros momentos con ellos vividos, unos buenos y otros no tanto, pero todos intensos, imposibles de pasar desapercibidos, que en principio deberían bastar para fraguar esa unión que, en teoría, tendría que ser suficiente para aguantar las pejigueras que conlleva tener perro. Claro que cuando hay intereses por encima de ese llámenlo cariño, apego, simpatía, respeto, pues nada de lo anterior tiene valor y poco de lo que venga después tendrá sentido. Dudo poder llegar con estas palabras a quienes nunca han convivido con un perro, pero a los que sí habéis disfrutado/ disfrutáis de este cariño, apego, simpatía, respeto por ellos, pensad en lo importantes que sois a la hora de dar un consejo a tiempo a quien duda en hacerse con uno, porque quizás ayudar a tomar conciencia de los pros y contras en el instante preciso, pueda evitar tan tristes desenlaces para los mejores amigos del ser humano.