El diario de Frida

Querido diario:

Ayer cociné arroz blanco por primera vez. La casa estaba sola, como siempre. El único sonido placentero eran las gotas golpeando tiernamente la ventana y el gato lamiendo el tazón con leche dispuesto en la cocina. Me pasé la mañana leyendo a Jules Verne y viajando como un Robinsón. Es la única forma que conozco para viajar. Desde que decidí morir, la vida ha sido más sencilla. No necesito abandonar la estancia con olor a viejo y húmedo, no necesito ponerme vestidos carmesí y zapatillas con lazos y encajes. ¿Acaso hay algo mejor que estar muerta? ¡Ah, sí! Cocinar arroz blanco fue un placer. Primero los lavé, con mucha dedicación. Sentir los granos masajeando mis manos, salpicando y chorreando entre mis dedos me llenó de alegría. El color blanco que tiñó el agua me recordaba a secreciones masculinas. Sonreí y los dejé secar.

El gato deambulaba soberbio, escondiéndose entre mis aparatejos viejos y olvidados. Yo lo miraba mientras preparaba una taza de té chai. El vapor caliente abrió mis poros e instantáneamente cerró mis ojos. ¿Cada cuanto las personas vivas se detienen a saborear estos detalles? Los muertos como yo, disfrutan cada ínfimo trazo, olor y sabor. Estamos muertos y no apurados a vivir. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Recuerdo cuando solía estar viva.

Saqué el arroz del colador, calenté la sartén. El aceite me salpicó los brazos descubiertos. Llevaba una blusita simple, blanca de tirantes. Emití un gemido que pude ser de placer o dolor, no lo sé. Al fin y al cabo estoy muerta, no hay diferencia entre el placer y el dolor. Son la misma cosa. Freí los granos de arroz que cambiaban de color con la temperatura. Yo me sonrojé. No quería estropearlo. Así pues, no me despegue de la estufa hasta que consideré correcto. Lo apagué y me quedé mirando por la ventana. Las copas de los arboles se mecían con el viento de lluvia. Si lo pensaba bien, yo era como uno de esos árboles impávidos, vivos pero a la vez no, meciendose a voluntad de otros sin despegarse jamás del suelo. Que miserable me siento al percatarme que yo no soy así de fuerte.

Vertí una taza de leche y una taza de agua. Agregué clavo y un poco de hierbas que encontré en una alacena.Siempre sazono mis comidas con pimienta y sal. Observé como las burbujas de líquido espeso bullía por el calor. Yo quería evaporarme con el arroz.
Yo quería, y sin embargo no debía, pues estoy muerta y los muertos no deberíamos desear, querer o necesitar nada. Hasta para eso, soy imperfecta.

Esperé sentada sobre la mesa, leyendo mi libro de Robinsones. Ojalá pudiera viajar de verdad. ¿Los muertos también necesitan pasaporte? Que inconveniente. Escuchaba la sartén cocinando mi arroz. Esperaba de verdad no estropearlo todo. Mi gato se llama León pero es un cobarde. Se quedó mirándome, con la boca entreabierta mostrando sus afilados dientes. Yo también lo miré. ¿Y si me enamoraba de un gato? Digo, ahora que estoy muerta las leyes de los vivos no me afectan. Puedo enamorarme de lo que yo desee sin miramientos. Pero no quiero enamorarme, lo había olvidado.

¿No querer esta mal para un muerto como yo? Quizá debería aceptar lo que sucede, cuando sucede y sin preguntarme por qué. ¿Debo ir por la vida gritando: Braiiiins? No, no soy un zombie. Solo estoy muerta. No recuerdo cuando sucedió exactamente. Intento no recordar nada de mi vida mortal. ¿Para qué sirve si no para atormentar? Aunque como dije antes, entre el placer y el dolor hay una linea casi inexistente de diferencia. ¿Hay diferencia, puedes decirme?

No sé cuando es mi cumpleaños.

El arroz estaba preparado. Levanté la tapa con miedo. Allí estaba, esponjado y con un olor delicioso. Se veía tan perfecto que unas ganas de llorar me invadieron. Sentía que estaba parada frente a la obra culinaria más perfecta del mundo. Mi corazón se estremeció, incluso me atrevo a asegurar que tenía la intención de latir. No latió, sin embargo el vértigo era maravilloso. Me agaché para acariciar a León y él ronroneó. ¡Me siento tan sola!

Busqué la vajilla bonita, esa que únicamente uso en ocasiones especiales (o solía usar, cuando estaba viva). Preparé la mesa, puse una flor de artificio en el centro. Odio las flores naturales más que cualquier cosa en este mundo. ¿Odiar es estar vivo, verdad? Bueno, para nosotros los muertos solo se transforma en una muy ligera aversión, pero me gusta usar esa palabra porque suena muy fuerte (y muy llena de vida).

León se subió a la mesa. También había un plato para él. Yo sé que los animales no se suben a las mesas, por higiene. Pero estoy muerta ¿qué me puede pasar si no la transición final de mi estado? Sería un grato favor. Me esperaba entonces León, como un marido. Yo estaba tan contenta que tarareaba algo de Coeur de Pirate.

Entonces, cuando tomé la sartén y serví el primer plato, el olor me provocó estremecer. ¡Delicioso! Lo serví a León, quién comenzó a devorarlo sin modales. ¡Menudos gatos!

Cuando serví el siguiente plato, temblé. Casi me suelto a llorar. En el fondo de la sartén, el interior chamuscado. Enseguida el olor quemado invadió la habitación. Me serví los restos y me senté a comer. Ya debía saber que no todo es lo que aparenta.

Yo soy como el arroz de mi sartén. Luzco impecable, luzco apetitosa y sin embargo estoy muerta, quemada y chamuscada por dentro.

Con el poco cariño que me resta,
Frida.