Cuatro patas para atarme al suelo

Soy una dueña atada a su perra: pellejo cubierto de pelos, zarpas que arañan cariño, ojos que hablan, orejas y hocico que leen el aire. Mientras recorremos los límites de las ciudades y buscamos dónde terminan (donde el campo se topa con el asfalto y cada grieta provocada por raíces es una pequeña victoria). Mientras olemos todas las esquinas y rincones, atentas a todo lo que se mueve y a todo lo que huele. Mientras saludamos a la gente que a ella le cae bien. Mientras nos paramos mirando con la nariz las puertas de las que sale olor a comida. Mi perra me lleva de la correa mezclándome con el mundo. Me tira a la calle propiciando encuentros.

Ella tiene sus prejuicios particulares: no le gustan las manifestaciones, ni otras masas (excepto por la comida tirada en el suelo), ni las personas de olor diferente; tampoco quienes andan raro. Se extraña, los mira de reojo, les gruñe. 56 pasos más adelante, levanta las faldas cortas con su hocico para saludar a su estilo. Me pone en compromisos. Ella va abriéndome al mundo y a la casualidad. Me saca de mi eje, me ayuda a pensar desde otra parte.

Algunas veces esta perra amable me muestra la fiera que lleva dentro. Cazó una ardilla. Cerró sus fauces y sacudió al pequeño animal. Me horroricé al estilo disney, luego pasé a la racionalidad estilo Félix Rodríguez de la Fuente. Puede que para ella fuese uno de esos momentos que hacen que todo valga la pena. Los instintos afilados, el cuerpo en tensión, el ataque, la presa. La soltó rápidamente, quizás sorprendida de ella misma.

Yo solo soy quien la protege de las demás y de sí misma en un entorno demasiado regulado. La llevo de la correa para que la urbanidad no la agreda. La ciudad no nos quiere sueltas.