PARA MI MEJOR AMIGO

Hoy no ha sido un día como los demás. De hecho el día de hoy debería de marcarlo en el calendario. Y en el calendario no sólo se marcan aquellas fechas que queremos recordar por ser aniversarios, bodas, bautizos o cualquier acontecimiento que solemos considerar como importante.

Hoy ha sido el día en el que mi perro murió. Se llamaba Toby, tenía tan solo 5 años de edad y creo que es el ser más bueno con el que he tenido la suerte de coincidir.

Antes de que me fuera de viaje por Francia, él se encontraba como siempre. Ladraba de alegría al ver a la gente, subía, bajaba y correteaba por todos los lados reclamando un poco de atención. Cuando regrese del viaje, ya no era él. Habían transcurrido menos de diez días. Su tripa hinchada contrastaba con su carina consumida, sus patas diminutas y su columna, que se intuía al pasar la mano por el lomo. Se estaba consumiendo tan deprisa que nos costaba pensar que esto que estaba ocurriendo fuera verdad. Después de varias ecografías y radiografías nos dijeron que lo mejor para asegurarse de si se trataba de un tumor o de una enfermedad del hígado era hacer una biopsia. Ayer fuimos al veterinario y nos dijo que era un caso tan raro que lo más probable es que no fuera un tumor, sino una fibrosis o cirrosis del hígado. Yo asentí conforme con el diagnóstico, me decía a mi mismo que era imposible que algo tan grave hubiera ocurrido en tan poco tiempo. Hoy le hicieron la biopsia, sin embargo nos atendió un señor más mayor que según vio la tripa de Toby nos dijo que eso tenía difícil solución, que en quince minutos nos dirían si era mejor ponerle la inyección o continuar con la biopsia para después operarle dentro de unos días cuando nos dieran el resultado del tejido extirpado.

La sala era grande, con azulejos blancos y una mesa de metal con manchas de yodo. Entramos yo y mi madre. Le tumbamos y el veterinario le cogió una pata, casi se le escurría entre los dedos los huesecillos. Si le dolió el pinchazo de la anestesia no lo demostró en absoluto. Con una jeringuilla le fue introduciendo poco a poco un líquido blanco. El perro comenzaba a dormirse. Mi madre comenzó a llorar y yo seguía pensando que todo saldría según lo planeado.

Se secó las lágrimas. En la sala de espera había otros perros, todos enormes y jadeantes por el calor. Sus miradas denotaban inteligencia, más que la de algunas personas. Yo les miraba y les pedía que le mandaran fuerzas a mi perro, que estaba muy malo y todavía tenía que permanecer mucho tiempo con nosotros. Creo que uno de ellos capto mis intenciones y me ayudo enviando toda la energía positiva que nos quedaba. Intentaba concentrar toda mi suerte en él, que todo saliera bien, que en el fondo era casi un cachorro, que era el animal más bueno del mundo, que nadie como él me ha sido tan fiel hasta el final.

Los minutos pasaban, y las esperanzas que yo tenia a flor de piel contagiaron a mi madre. ”Parece que ya han pasado quince minutos”, decía ella, ”eso significará que están siguiendo adelante con la biopsia” me sonrió. ”Claro, no ves que hoy tenía muy buen aspecto mamá”, ”además la tripa ya no la tiene tan hinchada, y ayer comió salchichón como un campeón”.

Después de que entrara una señora con un Golden blanco, precioso, a la par que ciego, delgado y asustado al oír los ladridos de los demás perros. La dueña puso lo que quedaba de ese perro entre sus piernas y lo acariciaba con un cariño que pocas personas son capaces de dar.

Un chico que tendría un par de años más que yo entro en la sala de espera, nos miro, y tras dos largos segundos en los que mi madre y yo supimos que Toby ya no saldría de allí, cogimos fuerzas de a saber donde para levantarnos y dirigirnos hacia la cruel e injusta realidad. Había más veterinarios allí, con batas verdes, azules y blancas. Nos miraban con condescendencia. Levante el brazo y agarre a mi madre de la cintura, las piernas se la torcían. Nos hicieron pasar a una oficina y al rato entro el chico joven con la bata azul, me miro, la miro, y no le hizo falta decir mucho. Y el mundo se para unos instantes. Mi perro, el mismo que ladraba de jubilo al verme y que aullaba de pena cuando le mencionabas el nombre de alguien que en ese momento no estaba, se estaba muriendo en una fría mesa de acero, rodeado de extraños que tocaban su interior y miraban con asombro como su hígado había alcanzado ese tamaño, salpicado de tumores sangrantes. Se estaba muriendo a escasos metros de esa limpia y pulcra oficina.

”¿Queréis despediros de él?”, pregunto una chica de ojos azules con bata rosa. ”Por supuesto”, respondí llevándome las manos a los ojos. Y allí estaba él, con un tubo que le permitía respirar, con los ojos blancos y un mantelito verde que cubría las miserias de su interior. Y es que era él, y yo no me lo podía creer. Las lagrimas se nos desbordaban como tormentas de verano y mientras mi madre no paraba de decir ”con lo bueno que ha sido siempre, con todo el amor que nos ha dado”, y yo sólo alcanzaba a taparme los ojos con las dos manos, los segundos seguían pasando. Y él permanecía inerte y solo, apartado de la vida y cada vez más lejos de nosotros. Sólo se le veía la cabecita, así que le di el beso más sincero que he dado a nadie. Y que me espere haya donde vaya porque yo quiero volverle a ver, porque él fue el único que ha hecho que durante mucho tiempo me sienta comprendido y querido. Me lo dio todo a cambio de tan poco, que me cuesta pensar en lo tremendamente generoso que ha sido conmigo.

Salí de allí como pude, sin ver ni oír nada ni a nadie y volvimos a la oficina de paredes tristes. Mientras, oía el eco de ladridos, dueños contentos por saber que sus compañeros seguirán con ellos durante muchos años y veterinarios aliviados de no tener un trabajo que consista sólo en poner inyecciones para no hacer sufrir. Y las lágrimas volvían y vuelven, primero a mi, después a mi madre. Allí siguen, las miradas que pretenden ser un apoyo, acostumbradas a ver esa escena muchas veces. Y lo agradezco, los besos y abrazos de esos desconocidos. ”Lo que tenia era incompatible con la vida”, se limitaban a argumentar, prefiriendo que no entraran en más detalles para no recordar a mi perro como una masa tumoral desproporcionada.

Y se fue sin decir nada. Él solo. Y yo tengo la extraña sensación de que esta perdido por ahí, de que me necesita. Cuanto te voy a echar de menos amigo mío, no te lo puedes ni imaginar, no lo puedo ni imaginar. Ten por seguro que siempre te voy a tener presente, porque sólo nosotros sabemos lo unidos que hemos llegado a estar.

Ojala de todo corazón estés bien haya donde estés, y si te pierdes ladra a ver si te oigo y puedo ir a hacerte compañía un rato, aunque sólo lo pueda hacer en sueños.

Te echaremos mucho de menos Toby. Muchas gracias por todo lo que nos has dado, siempre fue más de lo que hubiéramos merecido. Te queremos mucho.