…tu alma permanecerá dormida…

Una foto como la que encabeza este blog no puede sino enternecer a la persona que la ve. La foto más conmovedora de Facebook tiene más de 333.000 «Me gusta». Detrás de la imagen hay toda una historia de amistad entre el hombre y el animal. La foto es propiedad de Stonehouse Photo y pueden adquirirla en esta dirección www.stonehousephotoblog.com.

John rescató a Shep cuando apenas tenía 8 meses, hace ya mucho tiempo. A lo largo de su vida ambos han estado juntos hasta que Shep se vio afectado por una artritis que le provocaba dolores que partían el alma a su dueño. Para tratar de aliviar el sufrimiento de su perro, John viajó al Lago Superior de Estados Unidos, donde la elevada temperatura del agua y su alta flotabilidad ayudan a Shep a sobrellevar el dolor.

Como cada noche John acuna a su «amigo» Shep en el agua hasta que se queda dormido. John devuelve así el favor a su perro, que había estado junto a él en los momentos más difíciles de su vida. El autor de la fotografía, que trabaja para Stonehouse Photography, reconoce en Facebook que cuando vio la tierna estampa no pudo reprimir tomar la instantánea.

Estoy seguro que más de uno de los que ahora está leyendo esta nota también podría tener una historia relacionada con ese hijo, hermano o pariente en que se convierte nuestra mascota. No necesariamente de sacrificio, pero sí de alegrías que nos dan ellos por muy poco o nada a cambio.

Yo recuerdo haber tenido, desde que me conozco, animales en casa. El primero que recuerdo llegó a nuestras vidas de manera fortuita. Estábamos con mi padre y mis hermanos en el aeropuerto de Maiquetía en La Guaira, Venezuela, filmando tomas para un comercial no sé si de TV o cine (mi padre era cineasta y productor de largometrajes). Se trataba de filmar durante el día una serie de aviones de Pan American despegando o aterrizando. Ya se pueden imaginar como se siente un niño en una plataforma de un aeropuerto, viendo salir y llegar aviones. Solo una cosa podía superar ese momento y mi padre lo consiguió. De no sé de donde ni cuando, salieron un par de jóvenes con unos perritos en una caja de cartón. Oooooohhh, que lindos los perritos, y la pregunta del niño: ¿Y de que raza son? Y mi padre me dijo “Son perros satos” ¿Qué? Son perros mestizos, cruzados, eléctricos (corriente con corriente) criollos, en fin, satos. Manchado blanco y negro, uno de los canes fue adquirido por un importe mínimo y llevado a Caracas con nosotros. Si sumamos al cachorro un viaje en carro, el stress, el calor y quién sabe lo que ha comido el pobre antes de llevárnoslo, el resultado era inevitable y lógico: una buena vomitada en el camino.

Pero su vida en casa fue efímera. Creo que no llegó a estar una semana. Se fue directo a la oficina de un amigo de mi padre (era una casa con jardín) y allí se convirtió en una fiera que guardaba los linderos de su residencia y los cuidaba con su vida.

En otra oportunidad, no recuerdo la fecha ni el año, solo sé que estaba en casa jugando al béisbol con mi hermano (dentro de la casa) y mi padre llegó en compañía de un bello Dálmata. No era un cachorro, pero sí que era joven. Lo cierto es que el perro adoraba a mi padre! Que como lo sabía? Pues por una simple razón: el perro movía la cola de forma desaforada a cada palabra de él, bajaba las orejas en cuanto le ponía una mano encima para acariciarle y lo mejor, pudimos jugar a “los toros” con el perro usando la chaqueta de mi papá, pues el perro relacionaba el olor con él, y mientras estaba en el baño tomando una ducha, nosotros aprovechamos para jugar unos minutos con el simpático can, que no dejaba de “embestir” la chaqueta, que para más realismo del juego, era roja. Mi recuerdo de este bello perro se mantiene ya que fue compañero del “sato” aquel que compró mi padre en el aeropuerto. Varias veces fuimos a ver a los dos perros a la dichosa casa donde los tenían.

Pero mi mayor experiencia canina debe remitirse a un par de perros a los cuales amé profundamente, pues encarnaban palabra por palabra aquello de “mejor amigo del hombre”. Ellos fueron Lucas y Josefa. A Lucas lo conocí siendo él ya un adulto, pues era el perro de mi entonces novia, hoy esposa, María. La primera vez que lo ví, estaba dejando a María en casa y él saltó desde el frente de la casa al carro. Al abrir María la puerta del carro para bajarse, el solícito animal saltó dentro y se posó en su regazo. Me miró y soltó una especie de arenga, unos sonidos ininteligibles que entendí como “mucho cuidado con mi ama”. Sin embargo, su mirada noble me atrapó inmediatamente. Con el tiempo nos hicimos grandes amigos y llegamos a entendernos con solo mirarnos. Lucas era inteligentísimo y creo que sacó lo mejor de las dos razas de las cuales era mezclado: Pastor alemán y Rottweiller. Condenado por ser considerado una mezcla peligrosa, mi esposa lo rescató “in extremis” de una muerte segura, sin saber que sería una de las mejores decisiones que habría de tomar jamás. Lucas se volvió en amigo fiel, cariñoso y leal. Bravo con los extraños y extremadamente delicado con los suyos en casa.

Recuerdo que a raíz del carro-bomba que explotó en la calle quinta con 39 en frente de Niche y el cual destrozó todos los vidrios de la casa, Lucas se volvió un poco miedoso con la pólvora y cada vez que oía un petardo, se metía debajo de la cama. Por esta razón le llamaba “gallino” y procuraba buscarlo para abrazarlo y hacerle saber que todo estaba bien, en cuanto sonaba algo de pólvora ahí afuera.

De hecho, llegamos a “tapizar” la habitación con cartones de huevo para reducir un poco el ruido que producían los petardos en la época decembrina. Pero realmente nunca lo pudo superar. En esa misma época, y como parte de un tradición en Cali, algunos niños (y no tan niños) se disfrazan de “diablitos” usando máscaras típicas venezolanas (las mismas que usan los famosos “Diablos de Yare”). Estos diablitos van tocando tambores y bailando ante la gente para que les den algunas monedas. A mi querido Lucas le enervaba el sonido de los tambores, pues sabía que junto a los tambores venían los diablitos.

Se escucha un ruido en lontananza. Los tambores. Lucas empieza a saltar y ladrar. El espinazo se le eriza y se los quiere comer. En segundos se van y Lucas tan tranquilo. Alguna vez hice un ruido gutural imitando el tocar de los tambores y empecé a decir “los diablitos, Lucas, los diablitos!” y “gallino” se iba corriendo a la puerta a ver si estaban por allí.

Cuando ya era la hora de salir a pasear, con solo hacer un sonido con su correa, ya lo tenía a mi lado y me ponía el cuello en la mano para que le pusiera la correa. Al salir, halaba y halaba. Le soltaba la correa pero lo sujetaba con mis manos. Dejaba de hacer fuerza. En cuanto decía “Partida!” (imitando yo al narrador venezolano de carreras de caballos Alí Khan), el perro salía despedido en veloz sprint. Así, tengo mil historias más que no podría contar ahora. Lucas ya no está con nosotros, pero sus fotos me hacen revivir las alegrías que nos dio, los momentos tan gratos que nos regaló.

Josefa fue una Rottweiler que llegó a casa con 3 meses de edad. Mis cuñados trabajaban todo el día, por lo que no podían ocuparse de ella todo lo que hubieran querido. Por ello y con gran placer, María y yo casi que nos volvimos sus papás. Salíamos con ella y Lucas. Lucas la recibió como a una hija. Ella le respetaba mucho. Josefa se fue haciendo grande y conforme crecía, ví que su cara se parecía a la de una vaca. Sería por esa mirada tan tierna y dulce que tienen los Rottweilers (bueno, por lo menos Josefa la tenía). Por eso la empecé a llamar “cara de vaca” y con el tiempo simplemente “la vaca”. En poco tiempo, todos en casa, al referirse a la perra decían: ¿Donde está la vaca? ¿La vaca ya comió?

Seguro que lo imaginan: llegar a casa y ver como “la vaca” se acerca rápido, con la cabeza baja, moviendo la colita (lo que le dejaron de colita) y temblando de emoción para saludar mi llegada. Me desarmaba cada vez que sucedía. Eso quiere decir, a diario. Eran 3 minutos de abrazos y besos con “la vaca” y “gallino” cada vez que entraba en casa.

La vaca era paciente, obediente, siempre al lado nuestro cuando salíamos. Lo hacíamos al menos dos veces al día, y cada vez durante una hora. El momento de la salida no era solo para ellos. También para nosotros. Para hablar, conversar, sentir la brisa caleña de las 6 de la tarde. Lo disfrutábamos todos por igual. Y si nos íbamos lejos, mayor el gozo.

Doña Irma, la abuelita de mi esposa sentía especial cariño por los animales. Pero no solo los suyos. Todos. Recordaba mucho a su querido Fantomas un perro por el que sintió especial afecto y del que nos contaba historias. Cuando los veía bostezar, de inmediato preguntaba: “Los perritos tienen hambre! ¿Ya les han dado de comer?” De hecho ellos tenían especial cariño por ella también, pues cuando no estábamos en casa, no solo los perros, sino también los gatos, procuraban estar cerca de ella.

Tuvimos una gatita a la que pusimos por nombre Mitsubishi, por aquello de poder llamarla por su nombre y aún hacer un sonido de “sh” que les llama la atención. El nombre no es original. Fue mi tío Alberto el que empezó con este nombre lo que sería luego una costumbre en nuestra familia.

Pues Mitsubishi, gata peluda y creída de colores gris(casi azul) y blanco, llegó a casa para tomar posesión de sus dominios. Una tarde, sentados con Mitsubishi en el patio de atrás de la casa donde había un enorme guayabo, vimos a un gato blanco grande y con una mancha negra en la cara caminar por el muro que dividía la casa con la unidad residencial que estaba atrás. El gato se quedó mirándola como diciendo, “está pequeñita pero crecerá y será la madre de mis gatitos”. En menos de un año cumplió su felina promesa e hizo de Mitsubishi una gata adulta. Tres gatitos nacieron un par de meses después de esa aventura al mejor estilo “Ana Milé” (que whiskas pa’ cá, que comida de lata pa’ llá. Te pintó pajaritos en el aire…”).

Así llegaron a nuestras vidas, Suzukamiss, Pepamiss y Pupymiss después de un parto por cesárea que nos hizo pasar una noche en vela. Mitsubishi no dilataba y los gatos ya querían salir. Nada. Al veterinario corriendo y operación urgente con ligadura de trompas de ñapa para evitar una futura noche como esa. Con la gata “groggy” por la anestesia, y tres gatitos más en una caja de cartón, empezó una nueva vida en casa. Ahora éramos nosotros más 3 perros y 4 gatos. ¿Como? Pero si eran Lucas y Josefa. Sí, y Josefa tuvo a Boqui, un Rottweiller que por cosas de la genética salió con labio leporino y además con un genio bastante complicado. Sin embargo, se convirtió en el “peluche” de mi suegra. Boqui era una fiera y llegamos a considerarlo peligroso. Pero con mi suegra, el perro se transformaba en el ser más manso sobre la tierra. Reconozco que Boqui también era muy considerado con mi sobrino, entonces de 5 años.

Cada gato con su propia personalidad. Suzy, la más peluda y delicada. Pupy, grande y musculoso (siempre estaba al lado de la abuela) y Pepa, la más pequeñita, la más enfermita. Además era bulímica porque comía mucho y luego vomitaba. Tenía una mirada triste. Se iba a dormir a la casa de la vecina y al parecer era bien recibida allí porque pasaba días sin volver.

Finalmente y para no alargarme más, quiero dedicar unas líneas a mi hija peluda, la bella Tábata. Cuando le dije en Valencia, España, a unos vecinos que me habían ofrecido un gato, que aceptábamos la oferta, nunca me imaginé que Tábata fuera tan especial. Me esperaba una gata “tigrilla” o manchada pero jamás una siamesa. Me dijeron algunos, “los siameses son mas malos…” Sin embargo Tábata es simplemente la nobleza hecha gato. Tranquila, juiciosa y lo más complicado en un gato: es obediente! Para nosotros, Tábata es un motorcito de amor que nos aleja de las preocupaciones del día y nos hace cambiar el MODO STRESS, por MODO CARIÑO cada vez que sale a nuestro encuentro.

Ahora que en el facebook publican tantas frases, hay una que define perfectamente la relación humanos-mascotas y que seguro todos los que tienen una la comparten: “Hasta que no hayas amado a un animal, parte de tu alma permanecerá dormida.”