Ven, ven

Ven ven, parece decir moviendo la cola. La gata hace que huye de mí, pero quiere que le siga. Avanzamos entre las ruinas de lo que fue un complejo eclesiástico sobre la orilla empinada de la ría. El sol se ha ido de Oporto y las luces de todas partes dibujan fantasmagorías en el agua.

A unos doce metros de mí, la blanca gata nunca mira para atrás, pero sabe que estoy. Disimula, camina con elegancia, mima su hábitat, lo acaricia moviendo la cola. Se estremece con mi silbido, pero no me mira más.

Parece decir: “Mira ven, adéntrate, no tengas miedo, eres mi invitada, te voy a enseñar mi poder. Cuando lo veas ya es tuyo y tú serás un poco mía. El tiempo que estemos juntas vamos a trabajar: tu energía va a transformar esto y esto te va a transformar a ti.

En apariencia es un mundo ruinoso, pero ya estás viendo que es mágico y que te dará las alas, que lo llevarás allá donde vayas. Ven menina, ven. Que ni otras llamadas, ni tu propia voz, ni las centellas te detengan.

No te digo ni miau pero sé que estás viendo las piedras y las carcomidas maderas y entre toda la basura húmeda, cómo crecen las amapolas lilas, son parabólicas eh, huele, aspira. Ven, menina, ven, abandónate. Ven a quedarte en mi mundo, aunque sólo sea unos minutos”.