Argos y sus semejantes

(Artículo de opinión contra el maltrato animal, publicado en Diario de Cádiz el 03.08.2012)

Fue Argos, el buen perro, el primero en reconocer a Ulises cuando regresó a casa. Avejentado y maltratado por los Pretendientes, cuando el animal distinguió a su amo apenas pudo alcanzar a mover el rabo como señal de bienvenida.

El verano tiene sus temas fijos. Los inauditos consejos para sobrellevar el calor -beber agua, andar por la sombra-. El ataque de las medusas asesinas o, en su ausencia, cómo terminaremos alimentándonos de ellas cuando los casquetes polares se hayan derretido -aprovechando las desalentadoras noticias que suelen llegar del Ártico-. Las inmensas alegrías del melón y la sandía, nuestros aliados. Los abuelos madrugando para coger sitio en la playa. Las Perseidas.

Si uno de esos temas cae de la lista, es que algo tremendo sucede, tal que una Guerra Mundial, Civil, una explosión nuclear, un ataque terrorista al corazón del Imperio o -ejem- un rescate. El verano es así.

Mientras el mundo no caiga, sin embargo, otro de los temas recurrentes del estío es el tradicional abandono de mascotas. En los últimos días, en estas mismas páginas, se recogía el caso de Yerai, un perrito al que sus dueños tiraron desde el coche y que tuvo la mala suerte, además, de ser utilizado como balón de fútbol por el típico grupo de desalmados -varias fracturas y vejiga y páncreas reventados-. Los chavales, que se aburren.

He de reconocer que quizá no sea la más adecuada para hablar: la empatía por mis semejantes me la debieron colocar en la punta del glande que nunca desarrollé. Pero es curioso que haya pocas cosas que me provoquen ocurrencias tan dignas de torturador de mafia rusa como los casos de maltrato animal.

“Son sólo bichos -suelen decir, precisamente, aquellos a los que no les gustan los bichos-. Yo me preocuparía mejor de los niños que se mueren de hambre, ¿no te dan pena?”. La lógica es similar a la de “termínate las acelgas porque en Etiopía lo pasan muy mal”.

Más allá de códigos morales, quizá la definición más extensa del mal sea la crueldad ante el débil. Quien es cruel con los animales lo será con quienes le rodean. Quien necesita imponerse ante un ser inferior y encuentra divertido o valioso el dolor, tendrá conductas, en su vida, que vindiquen su mezquina necesidad de imposición.

Y luego nos extrañamos de ciertas cosas. País.