El perro de Pavlov no era tan listo

Pavlov fué un médico ruso que no tenía otra cosa que hacer que meter perros en cajas en su laboratorio y hacerles pasar hambre (oye, cada uno se entretiene con lo que puede…).  Investigó y descubrió, a base de campanadas, que los perros emitían una respueta ante un acto rutinario. Resumiéndolo: les daba comida tras el sonido de una campana, y con el tiempo, sólo con este sonido los perros ya salivaban y se ponían nerviosos. Y entre saliva y campanadas nació la Teoría del Condicionamiento Clásico. No es nada extraño. Cuando oimos hablar de comida nos pasa exactamente igual.

Entre teoría y teoría se ha quedado la idea de “ui, ¡los perros son muy listos!”. Y tanto que lo son. Pero para mi sorpresa, no solo los perros se comportan de igual manera. Incluso un animal con apenas un 5% de la masa cerebral de un Canis lupus se va a comportar exactamente igual. Los peces.

Durante mi paso de becario explotado por el Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona (en el que estuve cuidando de unos maravillosos pececillos llamados Zebrafish) he podido comprobar que, cuando llegaba la hora de darles su ración “jalar”, bastaba con pasar un dedo por encima de la abertura de las peceras para que estallase una revolución dentro de éstas. Volverse locos es poco. Se aceleraban, se estresaban, se ponían nerviosos. Y yo, en pleno asombro, me decía “¡ostras! pues si que saben estos bichos cuando ha llegado la hora de comer”.

Caemos en las costumbres, en las rutinas. Vivimos a base de campanadas que nos avisan qué debemos hacer y cómo debemos comportarnos. El libre albedrio se esfuma tras estímulos que nos provocan una reacción, o que nos indican a dónde tenemos que dirigirnos.

 

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