Día de perros en Atenas

No voy a descubrir América hablando del gran número de cánidos que hay en Grecia. Ni lo pretendo. Pero si hablamos de perros y del país heleno tenemos que hacer referencia a su capital, que sin duda, se lleva la palma. Superávit perruno que lamentablemente deriva muchas veces en maltrato animal. Suficiente tendrán los amigos griegos con capear el temporal, pensarán algunos. Probablemente. Aunque no hay que justificar una cosa con otra, que el problema viene de lejos. Como la crisis.

El caso es que tengo un amigo con cinofobia. Si,si ¡¡cinofobia!! ¿Qué qué es eso? Muy sencillo, miedo a los perros. Alguno se preguntará cómo es eso posible. Pues muy sencillo: trauma adolescente. Tal cual.       
Pongámonos en situación: el reloj no marcaba ni las 7 de la mañana cuando nosotros, un grupo de imberbes españoles (y maletas) llegábamos al Pireo ateniense sin apenas dormir y con un anisado aliento a Ouzo[1], cortesía de Aegean Ferrys. ¡Gafas de sol y todos  a la Acrópolis chavales! mi propuesta fue respondida con un atronador aplauso suspiro general primero, y una tácita resignación después.
Al lío,metro a la Acrópolis, 7.30 de la mañana y allí no había ni dios. Bueno, no exactamente, ya que nos esperaba una comitiva animal de bienvenida. Estaba compuesta por tres cuadrúpedos lanudos de distinta raza/color y complexión mediana  (si es que esta descripción es aplicable a un perro), que caminaba con paso firme y parejo por las afueras del milenario complejo. No tenían gafas de sol ni corbata pero su look era al más puro estilo Reservoir Dogs (sólo que esta vez el nombre tiene todavía más sentido). ¿El líder?, un pastor alemán de pelaje oscuro y descuidado, con ojos rojizos y unas fauces espumeantemente peligrosas. ¿Conocéis la canción Rabiosa de Shakira? Pues eso.Primer aviso.

La cosa se animó cuando, en un visto y no visto, dos de ellos fueron directos al fémur de un refinado ejecutivo griego. Se ve que los perros eran de buen paladar. Aquella fue la primera vez que oí pronunciar “rescate” y “ayuda” en Grecia. Pintaban bastos. Segundo aviso.

Mi amigo, el cinofóbico, que pongamos que se llame Rodolfo, comenzó a sudar por cada uno de los poros de su piel. Entre el acojone del panorama y la dichosa aversión, el pobre parecía el macho Camacho [2]en sus mejores tiempos. En un ataque de lucidez, decidimos ir a un hostel a dejar las maletas. Pero a lo que nos dimos cuenta teníamos compañía. Los tres lindos perritos nos seguían con total normalidad, ritmo constante, sin separarse; ¿era casualidad o causalidad? Pues ni idea, pero ahí estaban. El bueno de Rodolfo palidecía por momentos, y presa del miedo, se agarraba a los brazos de unos y otros mientras volteaba la cabeza para no perder de vista a sus archienemigos. Por fin, llegamos al hostel y… ¿qué pasó?, pues lo típico, los perros se sentaron sobre sus patas y decidieron esperar afuera hasta que saliésemos. Solo les faltaba el Brandy y la baraja de naipes. Si esto no es amor a primera vista, no sé yo qué es, aunque de perritas teníamos poco. Al menos yo.
¡Valor y al toro señores! Tenemos que ver la Acrópolis, dije con decisión. Segundo gran aplauso suspiro general de la mañana. Fue automático oye, salimos y los cánidos en pie, listos para el paseo. El malestar de Rodolfo se convirtió en lamento cuando, sin comerlo ni beberlo, nuestros tres amigos comenzaron a abalanzarse violentamente contra el chasis lateral de los coches, que reaccionaban disminuyendo la velocidad pero no se detenían bien por miedo, bien por costumbre, he ahí la cuestión. ¿Peligrosos? Baaah, imaginaciones nuestras. Tercer aviso

¿Qué si estábamos acojonados? Un petit peu. Lo más extraño de todo fue el trato no agresión que tenían con nosotros. Como si se hubiese creado un vínculo de fidelidad de la nada. Cosa de magia. Me rio yo del encantador de perros ese.
Time went by y ya eran las 8.15, hora de desayunar. Entramos a un bar y los guardaespaldas perrunos, de nuevo, esperaron fielmente sentados al otro lado de la puerta. Nos mirábamos atónitos unos a otros mientras Rodolfo, impotente, rompió a llorar: ¡No voy a ir a visitar nada¡¡¡ quiero irme de este país!, exclamaba entre lágrimas. Disyuntiva a la vista: ¿Acrópolis o escape al aeropuerto? La solución fue doble. Unos de turismo y Rodolfo y yo al Eleftherios Venizelos, eso sí, ocho horas antes de lo previsto.

El desenlace se saldó sin muertos ni heridos. Falsa alarma y todos contentos. Finalmente optamos por ir en una carrera al metro mientras el resto de la expedición los perdía de vista al entrar en la Acrópolis. No más Reservoir Dogs y sentimientos cinofóbicos. Fue una eterna hora y media cargada de bizarrismo y vaivenes emocionales. Siendo Grecia, el maltrato pudo ser la respuesta para que acabasen así. Y el pack de enfermedades propio de vivir en la calle explica el resto. Pero no cabe duda de que su concepto de fidelidad estaba intacto, aunque fuese fugaz, aunque fuese intimidante. Día de perros, cosas de perros.


[1] Licor típico griego de uva y anís hecho en los confines del Hades. Ideal para regalar a esa persona que no sabes cómo quitarte de encima.
[2] Entrenador de fútbol español con un gran problema de sudoración.