Estambul estaba llena de gatos

Un gato en sus dominios: la tienda de música de una céntrica calle de Estambul. Crédito: Natalia Ruiz Zelmanovitch

Un gato en sus dominios: la tienda de música de una céntrica calle de Estambul. Crédito: Natalia Ruiz Zelmanovitch

No tendría más de once o doce años. Sentado en el asiento de atrás, hablando con otros dos chiquillos de su edad. Vocabulario rico y colorido. Ni una sola palabra malsonante. Voz de niño, aún lejos de la pubertad. Conversación que, al principio, me llegaba de lejos, porque en los aviones me vuelvo asocial y me pongo dos tapones como dos montañas, unos de silicona que son mano de santo. Pero en un momento dado me los quito porque mi acompañante me dice algo. Conversamos brevemente. Va haciéndose el silencio y empiezo a escuchar la conversación de los chavales. Me fijo en los detalles que he comentado antes. Su educación es magnífica. Hablan con corrección. Al principio hablan de cosas de chiquillos. Hacen preguntas muy inteligentes. Y, de pronto, me llevo la sorpresa. “¿Os habéis fijado? En Turquía todos tenías IPhone. Yo soy de Iphone. A mí la Blackberry no me mola… Voy a decirle a mi papi que quiero el siguiente modelo del IPhone. Le diré , porfi, porfi, papi… es que tiene muchos más juegos…”. No puedo evitar pensar que estos niños tienen unos padres dedicados que han hecho lo posible por ofrecerles una educación impoluta. Repito que eran encantadores. Pero supongo que, con dinero, siempre es todo más fácil… Por cierto: Estambul estaba llena de gatos.