Los encantadores cachorros

Verdi duerme sobre el cojín que ha pasado a mejor vida

Verdi duerme sobre el cojín que ha pasado a mejor vida

Vamos a contar edificantes historias de perritos.

Me voy a trabajar y, para que el cachorro crecido de bóxer (tiene once meses) que vive conmigo no me destruya la casa al completo, lo dejo atado a la reja de la ventana, con correa suficiente, dos blandos cojines para poder tumbarse y el ajuar completo de sus juguetes por si tuviese ganas de morder —esa experiencia tan consoladora.

Acabada la jornada laboral (que sólo dura dos horas) vuelvo a casa poco menos que a la carrera. He cenado a la velocidad de un pavo de corral, a fin de que Verdi pase el menor tiempo posible solo. Entro y el espectáculo es dantesco. Nuestro buen amigo, en lugar de morder sus múltiples juguetes, ha tenido a bien atacar a dentelladas, desgarrar, destripar y comerse uno de los cojines. No digo digerir porque la fibra sintética de la que están rellenos —adiós a esos tiempos especistas y remotos en los que se rellenaban con suave borra de lana— no es muy digestible a juzgar por el asombroso número de vómitos con el que ha decorado el suelo de la habitación, el cojín superviviente y parte de sí mismo. Las labores de limpieza tampoco exigen demasiada glosa, así que voy a ahorrar la explicación, de la misma manera que me he ahorrado darle a nuestro adorable perrito dos hostias como dos soles. Que, siendo ésas las circunstancias, eran las que merecía.

Me da igual el cojín; pueden conseguirse más a un precio razonable. Y bien mirado, aunque venga cansado por la noche a casa, limpiar el desaguisado me ha llevado un poco más de media hora. Es él o la salud de él lo que me preocupa, sobre todo teniendo en cuenta que se pone mal del estómago con sólo oler comida que no sea su pienso o el arroz hervido que le doy de suplemento. Ya no es posible darle de cenar, y habrá que estar toda la noche pendiente de si vomita o no, de si tiene diarrea o no. No es la mejor manera de pasar la noche, se me ocurre. Ni para él, ni para mí.

Qué decir ahora cada vez que se presencia el hablar de encantadores cachorros que le alegran la vida a uno. Vivimos presa de una patraña, de una sociedad que se empeña en repetir una y otra vez las mismas mentiras. Los cachorros de perro, entendámonos, no son adorables. No son encantadores. No son chulis, ni pichis, ni lindos, sino unos auténticos monstruos especialmente diseñados para pulverizar la paz de la persona más flemática. Oigo/leo esas monsergas de los cachorros adorables con harta frecuencia. Me envían mensajes. Me mandan videos. Me enseñan fotografías. Me hacen comentarios caramelizados ¡incluso de mi propio perro!. Pues me parece que lo llevan mal: no seré convencido. Resistiré hasta el fin de los tiempos. Nada me persuadirá para que crea que la persona que emite unos mensajes en esta línea está bien de la cabeza. Nadie me arrebatará tampoco la intransferible sospecha de que sólo ha visto correos sobre cachorros, no al verdadero (y temible) cachorro en sí, al cachorro fenoménico, real, vivo, atroz. Lo tengo más que claro: un cachorro de perro amarga la existencia de cualquiera; agota el tiempo y la paciencia de la que dispone (sea cual sea) y, en norma general, empobrece drásticamente la vida de quien, en un arrebato digno de ser inspirado por Satanás, decidió vivir con uno.

Yo elegí vivir con Verdi por miedo a que se lo cargasen con una inyección, y no para tener compañía. No la necesito, es más, con frecuencia la deploro. En las fronteras de la vejez, soy lobo hosco y huraño que vive mejor fuera (y lejos) del escandaloso estrépito de la manada. Me complace el retiro silencioso y la lectura tranquila ahora que mis años de acción han pasado. Imaginaba lo que iba a padecer —aún así, es cansado padecerlo. Soporto mi decisión y la arrostro. No me desdigo. No lo abandono. En cualquier modo, sigo sin entender a los que hacen apología de los cachorros. Un perro es lindo, chuli, pichi, encantador y, cómo no, adorable, cuando cumple veinte años. No antes.