Mi minuto 134: el zoológico de la familia Mayordomo

Al igual que el parque móvil de la familia Mayordomo sobre el que relaté hace unos cuantos minutos, en mi casa también tuvimos un zoológico variado y particular, y que he recordado a raíz de la polémica suscitada con el Toro de Tordesillas.

El primer animal que recuerdo de mi más tierna infancia, fue un perro lobo de nombre Rol, que abultaba tanto como mi hermano y yo juntos. No sé si mi padre tenía el perro como mascota o como poli de guardería. La verdad es que nadie se acercaba a nosotros, pero nuestra movilidad se limitaba a la que el perro y/o mi padre querían, porque no podíamos pasar de los confines que el cachorrito delimitaba, aunque casi era mejor tener movilidad reducida, porque cuando le daba por correr, salíamos volando cual cometa de su correa. Inolvidable.

Entre este perro y el siguiente que recuerdo, un Setter irlandés precioso de nombre Rufo, no sé si tuvimos otros, que seguro que sí, pero entre tanto disfrutamos de un montón de gusanos de seda, hasta que salían del capullo y nos abandonaban, algún que otro pollito de colores y cientos de renacuajos, que cuando se transformaban en rana tenían la extraña manía de salirse del agua y abandonar el nido. Alguna volvía por sus medios, pero a la mayoría las encontrábamos unos días después en algún escondite secreto, panza arriba y más secas que la mojama. También tuvimos una tortuga a la que nunca pusimos nombre, ¡qué crueles! pero a cambio la alimentábamos con trocitos de carne cogidos con pinzas, pues tenía una boca muy apropiada para hacer daño. Pero la tortuga también nos abandonó cuando mis padres arreglaron el inodoro y dejó de gotear por fuera, cortándole por tanto su ducha diaria y modo de vida.

Entonces, pasamos a la familia de los pájaros. El que más tiempo nos duró y cariño le cogimos fue un periquito de nombre Currito, al que conseguimos hacer que hablase, aunque nunca pasó del “CurritoCurrito grrrr”. Le dábamos tanta libertad y le dejábamos campar tan a sus anchas, que un día se dio un baño en pringue de aceite, y aunque le estuvimos auxiliando y despegando el chapapote que se le había incrustado, acabamos perdiendo a nuestro Currito. Entonces a mi padre le dio por criar jilgueros, y menudo tostón. De los jilgueros pasamos a las perdices, ¡lo peor!, porque a las condenadas les daba por cantar cuando amanecía y dormían en mi ventana. En fin, que volvimos con los perros, aunque de la raza “chuchos”, que eran mucho más sufridos y adecuados para vivir en un barrio tan auténtico y macarra como Tetuán de las Victorias. Ahí es ná.

Durante una época compartimos los 40 metros cuadrados de casa con varios bichos y hasta tres perros a la vez. Kiara fue la perra que más tiempo vivió con nosotros, e incluso llegó a tener cachorros. En aquélla época no conocíamos el apasionante mundo del Royal Canin y mi madre se pasaba el día cocinando un arroz pastoso y algo pestilente, pero que los perros devoraban con sumo placer, tampoco ellos conocían otras delicatesen. Pasear con ellos por el barrio era muy interesante y a la vez estresante, pues tenían la fea costumbre de salir corriendo detrás de algún gato, y la vuelta de 10 minutos se convertía en 60 desgañitándote por las esquinas.

La cosa canina desvarió tanto, que el último perro que tuvo mi padre se llamó “Bustamante”, os podéis imaginar el por qué.

Hoy en día, mi hermano y yo continuamos manteniendo la tradición familiar y cada uno aporta una parte a la saga del zoológico Mayordomo. Jose contribuye con una tortuga, aunque de momento se encuentra en paradero desconocido, varios peces (el número fluctúa en función de las veces que las palomas se acercan al estanque), y dos perros con nombre de pez, Flipper y Nemo. Yo por mi parte me he especializado sin proponérmelo en gatos. Ahora tengo tres con nombres tan horteras como Muki, Blacky y Lucas, y que son el deleite de mis amigos alérgicos al pelo de gato, aunque en contra de lo que desean los buenos hermanos, no hemos conseguido que ambas razas intimen entre sí. Será por eso de que ¿al perro y al gato, no les pongas en el mismo plato? Habrá que seguir intentándolo.

P.D.: Bustamante, si este minuto llega a tus manos, que sepas que la elección del nombre fue por admiración.

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