Un baño de agua tibia

Todavía puedo cerrar los ojos e imaginar que me voy introduciendo en el agua caliente de una bañera. Primero los pies, que van a su ritmo, siempre por delante, comunicando al cuerpo lo que le espera, agua templada y relajante que se va extendiendo a todo el cuerpo hasta llegar al cuello. Calma total.

Un baño de estos ya sólo cabe en mi imaginación, desde que se impuso la conciencia colectiva del gasto de agua y cambiamos la bañera por un plato de ducha y, ahorrar se ahorra en dinero y en salud para el planeta, pero nadie quita que ese deseo siga ahí dando vueltas y sólo pueda ser disfrutado en ocasiones muy especiales y eso que nunca me he metido en un jacuzzi (con lo que soy yo de Gran Hermano).

Muy atrás quedan esos sábados por la mañana en que mi madre me acariciaba con cuidado mientras me lavaba el cuerpo y la cabeza, en que sobre la superficie del agua navegaban algunos juguetes y me tiraba las horas muertas imaginando historias de barcos y tesoros o por el mismo aburrimiento, siendo un poco más mayor, uno se arrancaba a entonar una canción en el lugar con la mejor acústica de la casa.

Ahora que lo recuerdo, Yoko aún llegó a esa época de la bañera y nos preguntamos al cambiarla, cómo nos las apañaríamos para meterle en un plato de ducha. Suerte que al sentir el agua se quedaba de piedra.