Je ne pense qu’à chat

Ese era el título de la crónica #8 impresa en la página 2 del diario “Le Nouvelliste” que narra cómo cazan gatos para comérselos. Sí, es verdad. SÍ, sigo en shock. El cronista fue invitado al cumpleaños de alguien donde ofrecieron ron, caramelos y de comida dos gatos. Su interlocutor le platica con lujo de detalles cómo es la captura de los gatos pardos que se esconden en el bosque haitiano. Al parecer esta es una práctica común entre los locales. A continuación describe como los preparan y los cocinan: despellejan el cuerpo con una cuchilla de afeitar, los cortan a la mitad y los ponen a hervir para hacer una salsa de gato muy condimentada.

Ya me habían dicho en México que como parte de la gastronomía haitiana incluía la carne de gato. Pensé que era una broma. Si tenía la intención de adoptar algún gatito para hacerme compañía, me han quitado la idea de tan sólo imaginarme que un día llegue a la casa con la sorpresa de que el vecino se cenó a mi mascota porque la vio en edad de merecer.

Por el momento he visto algunos gatitos por las banquetas, uno que otro afuera de alguna casa, probablemente con las mismas intenciones que comienzo a confirmar. Claro que también, reflexionando un poco sobre el tema, esto no es nada diferente de lo que consumen en algunas partes de América Latina o en Asia, donde es bien conocido que comen desde la carne de pato hasta testículos de murciélago, o como en Corea del Sur que comen perro. Lo que impacta de este hecho es que precisamente que el gato es un animal doméstico, un animal de compañía. No me esperaría comerme a un ser vivo con el que he establecido un vínculo emocional positivo.

Y para seguir con el tema del día, en una gran coincidencia de la vida, hoy me tocó presenciar una de las escenas más impactantes que he visto de la asquerosidad que somos la raza humana. Justo saliendo el trabajo, cuando iba con el coche con mis compañeros de trabajo (vivimos en la misma zona, así que hacemos car-pool), escuché como una de ellos exclamó “¡Ay! Pobre perro” mientras nos acercábamos a un perro flaco que caminaba con dificultad. En el momento que pasamos junto a él, observé que en realidad caminaba con dificultad porque traía el cuello y parte de la cabeza despellejada, a carne viva. Sólo pude exclamar la suerte de los responsables y llorar en silencio la desgracia del animal. Me da coraje. Me sentí impotente de quedarme ahí sentada en el coche sin poder hacer algo. No, no pensaba salir corriendo a abrazar al pobre bicho.  Pero algo podía hacer. Algo, lo que sea.

Llegué a la casa muy alterada. Le conté lo sucedido a mi vecina quien me explicó que las cosas son así aquí. Que el otro día el “vecino” de una de las casas más próximas le dio una paliza a su perro y sus chillidos hacían eco en Montagne Noir. Soy de la firme idea de que si no tienes paciencia para cuidar y educar a un perro, no lo tengas. Es políticamente incorrecta la comparación que hago, pero lo mismo aplica para los niños. No traigan más niños a este deshecho y malhecho mundo si no tienen no piensan invertirles la dedicación que necesitan. Esta es otra atrocidad de la que hablan sobre los haitianos: la violencia infantil. Niños maltratados, con cicatrices y hasta quemaduras de la “educación” que reciben de sus papás. Lo primero que pensé fue la falta de educación que estos padres también vivieron, tanto cívica como académica. No busco justificarlos. Al contrario, creo cuestionar el fallido progreso del primer país latinoamericano que se independizó en la colonia, que a la fecha su gente vive una tasa de desempleo del 80%, que ha sobrevivido por su dependencia a la ayuda humanitaria de otros países y que si no puede tener esforzarse por sus hijos, menos puedo esperar que tenga compasión de otros seres vivos. Espero conocer gente que me hagan cambiar de opinión.

Regresando al perro. Lamento mucho que haya sido así como recordé mi promesa de continuar con algún tipo de voluntariado esté donde esté. Es lo menos que se puede hacer por agradecer a la vida por mi salud, mi familia y amigos. Y creo que el voluntariado por los derechos de los animales es una causa noble sin tanto enredo político. Pero me he informado de que en este país no hay interés en el asunto. Casi todas las ONG’s presentes en Haití se involucran con niños huérfanos, con proyectos de desarrollo, con apoyo de educación y salud. Sólo mi vecina me habló de un hospital para perros que acaba de abrirse. Tal vez pueda darme una vuelta y ver si necesitan mano de obra o donación en especie.

Citando a Gandhi

Gandhi y el progreso de una nación.

Parafraseando a Gandhi “El progreso de una sociedad se mide por su trato hacia los animales”, me hace reflexionar sobre el lugar en el que me encuentro. Un país que me muestra la complejidad de su historia, con más retrocesos que avances de su sociedad.