"LA CHICA DE LA CIMITARRA Y EL DRAGÓN AZUL"

Abrí los ojos y solo sirvió para descubrir la negra oscuridad. Me encontré tumbado, rodeado de la nada más absoluta sin saber cómo demonios había llegado a parar ahí. Un leve rugido mezclado con un siseo produjo un eco tal que sentí un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. No parecía provenir de un ser humano, desde luego, pero gracias a ello pude indicar que me hallaba en el interior de alguna cueva.

Sin moverme ni un ápice, me dispuse a hurgar en mi memoria para encontrar el motivo por el cual me hallaba en aquel lugar. ¿Qué estaba haciendo antes? Pensé en la posibilidad de que me había golpeado duramente contra el suelo, pues casi todos los huesos me dolían. Palpé y sentí que estaba encima de un montón de arena. Quizás eso me salvó de no partirme nada. También podía tratarse de que la suerte me acompañaba en el momento de caer…¡caer! ¡Eso es! Caí desde lo alto desde una considerable altura antes de levantar mis párpados. El rugido siseante del ser volvió a hacer acto de presencia. Me quedé helado nuevamente, pues ya lo había olvidado de tan ensimismado que me encontraba con mis propios pensamientos.

Me dí la vuelta y comencé a reptar intentando alejarme de donde provenía aquel sonido tan desagradable. Quizás solo fuera su respiración, pero esta vez lo oí más cerca que la anterior. Mi instinto me decía que debía moverme y así lo hice. Me incorporé un poco, a pesar del dolor que sentía, para desplazarme más rápido usando las cuatro extremidades. ¡Ay! ¡Cuatro! ¡Cuatro extremidades! Recordé que llevaba un perro conmigo. Uno fiel que aún siendo pequeñito era más valiente que yo y me defendía. ¿Pero cómo se llamaba? Algo acabado en “acho”…¿Cacho?¿Macho?¿Lacho?¡Nacho! Su nombre es Nacho. Mi pequeño perrito flacucho y marrón. Pero si iba conmigo, ¿ahora donde estaba? ¿Le habría pasado algo malo? ¡Ya está! ¡Ya sé lo que hacía antes de caer! Recorría el desierto en busca de mi hermano secuestrado por un tal Capitán Krött. El muy hijo de puta había asesinado a sangre fría a mi padre antes de llevárselo y mi madre pudo esconderse en el refugio que teníamos en casa, bajo el suelo de la cocina tan pequeña y humilde. Ahora recuerdo todo con claridad.

CHIKACHIKCHIKCHIK

¿Qué ha sido eso? Algo del tamaño de mi mano me empezó a subir por las piernas. Me detuve para atraparlo y aplastarlo con mis propias manos por el asco que me producía esa sensación. Un bicho, más bien una cucaracha bien alimentada, por el tamaño que tenía. La estrujé y sentí como el líquido de su interior esparcía su calor desde mi puño para chorrear por mi brazo entero. Era repulsivo. Sin darme cuenta, me había sentado y noté como llevaba algo alargado atado bajo mi pierna derecha. Sacudí mi mano y me limpié en mis pantalones bombachos.

Extraje aquello que me abultaba bajo las ropas. Para mi sorpresa pude descubrir que se trataba de mis enseres liados en un trapo desgastado, entre los cuales, recordé que guardaba unas dagas, un mapa casero, pescado ahumado y una gema, que al frotarla, se iluminaba. Saqué esa gema, que fue el regalo de una aguerrida viajera y valiente que me encontré por el camino.

Ella me salvó de unos árboles de belleza letal que atraían con sus flores y hojas rosadas al sediento en mitad del desierto junto a un oasis…para luego alimentarse, extrayendo la sangre del débil que creía haber encontrado esperanza. Eso me ocurrió a mi y si no llega a ser por esa chica que apareció montada en su dragón azulado, yo ya sería historia. Una que jamás se habría contado. Con su cimitarra cercenó las lianas que me atrapaban, mientras que su dragón, de curioso nombre e hizo buenas migas con Nacho, se ocupó de chamuscar el árbol.

Desorientado en aquella inmensa oscuridad, froté esa gema con toda la rapidez que mi fuerza me permitió. La luz que produjo dejaron que viesen una gran mandíbula con dientes afilados que me saludaban. Sin tiempo en el que pensar, cogí una de mis dagas y se la clavé en la barbilla. Aquello se retorció y emitió un desagradable sonido enfurecido. Se trataba de un gusano gigante desprovisto de ojos y que tenía otra hilera de dientes en la comisura de su asquerosa boca. Sus babas me cayeron por la frente y en el pecho. En algún momento de la caída debí perder mis ropajes superiores. Aproveché para levantarme y correr lo más veloz que pude, pisando algo blando. Luego descubrí que se trataba de más de esos gusanos, pero que al pisotearlos, aumentaban de tamaño. Los bichos gigantes me perseguían y yo no encontraba una salida para escapar a mi trágico final, pero debía intentarlo. Cada vez había más y los sentía aún más cerca. Otra cosa más me atacó por encima, arañando mi cabeza e intentando levantarme del suelo para alzarme al vuelo.

Se trataba de los famosos murciélagos arácnidos, de los cuales yo pensaba que solo eran leyendas. Me lo contaba mi padre, pero nunca le creí del todo. Me habló alguna vez de una cueva llena de monstruos y creo que tuve la mala suerte de caer en ella para descubrir su existencia por mí mismo. Seguí corriendo, mientras intentaban atraparme por todas partes cuando de pronto una luz desde lo alto, iluminó la cueva. Era el dragón azul. Había abierto un agujero en la arena para salvarme. La atención de los monstruos fue atraída por el, que bajó volando en picado y fue entonces cuando pude ver a la chica de la cimitarra que montaba encima, con su cimitarra en ristre, preparada para atacar.

El dragón escupió fuego por todas partes. Los gusanos ardían y los murciélagos caían como moscas ante eso, además de los mandobles que les propinaba la chica con su arma. Los partía por la mitad, les cortaba la cabeza. Era una escena horrible, pero yo me veía a salvo, por segunda vez, gracias a ella. El dragón se dirigió hacia mí y me cogió entre sus garras traseras. Salimos disparados hacia arriba y nuevamente pude ver la luz solar en pleno desierto. Dejamos atrás los rugidos siseantes y estertores de esos bichos que se quemaban en el fondo de la cueva.

Lo que más alegría me dio, una vez que pude posar mis pies en la arena, fue ver como Nacho corría hacia mí con sus ladridos y efusivos movimientos de cola. Me agaché a cogerlo y mientras me lamía toda la cara, me dí la vuelta para ver a mi salvadora. Me miraba con un poquito de odio, pero no se lo tuve en cuenta, evidentemente.

-Gracias. Gracias por salvarme nuevamente.- le dije. Ella limpió las manchas de sangre de su cimitarra, aún subida en su dragón.

– Agradéceselo a tu perro, que vino a buscarme y Donald insistió en que debíamos venir a rescatarte. No quería comerse ni una paloma, que es su alimento favorito. Se entienden muy bien entre ellos.

– Gracias de todas formas. Ahora estaría muerto si no fuese por vosotros.-Me acerqué al dragón azul y le acaricié por el hocico- Gracias por insistir, Donald. Os debo la vida.

– ¿Me dijiste tu nombre la otra vez? Es que creo que me dí un buen golpe y olvidé algunas cosas que estoy intentando recordar.- Me miró con desdén.

– Nunca te dije mi nombre. Lo que has de recordar es la misión que te propusiste de encontrar a tu hermano, pero primero me veo en la obligación de alimentaros y de paso, enseñarte algo de defensa. Te fabricaré un arco y aprenderás a manejarlo. Te ayudaré a aprender a defenderte con una espada y luego nuestros caminos volverán a separarse.

Yo asentí y Nacho se bajó de mis brazos para saltar alrededor de Donald. Parecía hacerle fiestas en agradecimiento. Así fue  y me enseñó todo lo que fuí capaz de aprender en los siguientes días. Estuvimos semanas juntos.

Un buen día, apareció Marenna Tuzwei, una mutante de dos metros y pico de alto, con una crin de caballo a modo de cabello y que usaba  también para cortar . Manejaba dos cimitarras en lugar de una. Yo acabé con mi mano izquierda cercenada, pero eso es otra historia que no sé si algún día contaré.

Escrito por Luis M. Sabio

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Este pequeño relato fue inspirado por la lectura del blog de Gissel Escudero. Es su historia y yo soñé que acababa atrapado en ella. Pedí su permiso para usarla en mi página y este ha sido el resultado.