Una ficción verdadera

Eran perros que me ladraban. Saliva espesa que se escurría por sus dientes, encías violetas que enseñaban poderes oscuros,  para amedrentarme, oprimir mi pecho y  endurecer mis latidos.

Eran varios de tamaños parecidos,  y distintas camadas. Ansiosos por mi sangre  cultivada de ninfa enferma y leucocitos indispuestos. En una casa desconocida  que se sabía habitual. Con pasillos grises y vacíos. Que olía a sopa de abuela, y tenía una cocina estrecha, mi vía de escape. A esa puerta debía llegar corriendo, saltando, volando, Soñando…

Intempestiva  necesidad de conocer la sed de criatura malvada del infierno, disfrazada de perro doméstico,  en la casa de alguna anciana difunta y sepultada  en  tierras ocultas bajo mis pies.

Debía doblar, correr, gritar, volar… o simplemente despertar.

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Cuántas veces soñé querer escapar de de esa casa que no era mía, alzada sobre las aguas de quien sabe dónde, rodeada de verdes reptiles hambrientos. Mil veces murieron y revivieron esas criaturas pérfidas en mis sueños de niña. Amanecía en un despertar de ficción de la mano de mi abuela, caminando por calle 19, oliendo el perfume de la tierra húmeda y los tilos de la avenida. Aún seguía soñando…