dusty y danger

[Austin, Texas, Estados Unidos] [Timothy Braun] [Cuando vi al perro, estaba en una jaula a la izquierda del pasillo del refugio animal cerca del sendero de jogging que frecuento en el centro de Austin, Texas. No tenía intenciones de adoptar un perro. Sólo paré para beber agua fresca.]

No hago jogging para estar sano, troto para no engordar, y últimamente para desahogarme. Estaba comprometido y la relación con mi novia se estaba enfriando, con muchos gritos y reproches mutuos.
Los voluntarios del refugio eran astutos. Me dijeron que el refugio estaba hacinado, que tenía una alta tasa de sacrificio -el más alto de su historia. Mientras los clientes entraban a las zonas con jaulas, el perro inmediatamente a la izquierda iba a ser sacrificado si no encontraba a alguien que lo adoptara. El siguiente sería el perro que estaba en la jaula contigua, y así.
“Es mitad siberiano, mitad pastor australiano”, dijo una chica mientras el perro en la segunda jaula me miraba con sus ojos de colores –uno azul, el otro marrón- y movía la cola. Cansado del jogging y el calor de Texas, tomé un vaso de agua y me senté debajo de un árbol con el perro. Era amistoso, pero no prestaba atención a lo que le decía.
“¡Siéntate!”, le dije, y me lamió la cara. “¡Ven!”, le dije, y se alejó. Después de unos minutos, se acurrucó junto a mí y puso su nariz contra mi rodilla. Pensé que sería un buen compañero para trotar.
Soy un dramaturgo de bajos ingresos y profesor. Viajo a menudo y tengo poco tiempo y poco dinero como para tener una mascota. Pero la curiosidad, o sepa Dios qué otra cosa, me llevo a leer la ficha del perro. Había sido abandonado por una mujer. Su motivo: “Dusty me sigue a todas partes en mi casa”.
Al menos no era peligroso. Pedí que pusieran a Dusty en espera mientras calculaba cuánto daño provocaría en mi vida. Tendría que pagar el depósito de mascotas en mi edificio, comprar juguetes para mascar, cuencos para comer, encargarme de las inyecciones. Yo doy clases dos veces a la semana en San Antonio, así que necesitaría un cuidador de perros para esos días, alguien en quien confiar lo suficiente como para dejarle las llaves de mi departamento.
El perro era simpático, pero tener un perro es como tener un hijo. Y volví a pensar que tal vez sería un buen compañero para hacer jogging.
Llegó el día siguiente y era la fecha de cierre de una solicitud de subvención y tenía otras cosas que hacer, como comprar comida. Seguro que el perro encontraría un hogar. Fui a la tienda de abarrotes, a sólo medio kilómetro del refugio, y me prometí pasar a saludarlo.
Estaba hecho una bola en un catre de goma, durmiendo y temblando mientras soñaba, pero despertó enseguida y me miró con sus ojos azul y castaño.
“Quédate ahí”, le dije. “Te voy a sacar”.
No era un gran corredor. Se paraba a comer todo pájaro que encontraba muerto y a revisar toda basura que encontrara en los alrededores de mi edificio. Le encantaba la corteza de pizza. Se enfermó, vomitó una substancia marrón de olor dulzón en mi alfombra y luego se tragó una barra de Snickers esa noche. La gente de mi barrio me preguntaba si acaso era un lobo –hombres que sacan a pasear a sus pit bulls. Muchos me preguntaron si peleaba.
Parecía no tenerle miedo a nada, así que empecé a llamarlo Danger.
Días después me encontré con mi amigo Jon en un restaurante indio llamado ‘All U Can Eat’. Jon había tenido una semana difícil. Había comprado una casa, su esposa estaba embarazada y su perro había enfermado gravemente después de tragarse una pelota de tenis que ahora se había atascado en su estómago. Una operación para salvarlo le costaría miles de dólares.
Esta cita para almorzar era la primera vez que dejaba a mi nuevo perro solo, y mi imaginación empezó a desbocarse. Decidí abrir una cuenta de banco para emergencias relacionadas con el perro, para medicinas, operaciones o tragedias imprevistas. La llamé los ahorros para sus estudios en la universidad.
Cuando volví a casa encontré una delgada carta en el buzón. La subvención que me habían concedido, que necesitaba para pagar las cuentas, me la habían retirado por falta de fondos. Quería emborracharme y dar puñetazos en las paredes, pero al perro no le importó. El perro quería salir, oler cosas, hacer caca y jugar conmigo. Me lamió la cara cuando me eché a llorar.
Le di un poco de mantequilla de cacahuete y me acurruqué con él frente al televisor esa noche. No pude beber frente a él. Y no podía beber de ninguna manera porque tenía que levantarme temprano para sacarlo a pasear y pudiera comer corteza de pizza. El perro me tenía anclado.
Ese invierno mi novia y yo lo pasamos peleando, estábamos peleando siempre, pero igual me invitó a la casa de su familia cerca de Houston, un área asociada con la NASA, con la esperanza de que mejorara nuestra relación.
Su madre me pidió que mantuviera al perro encerrado en un cuarto con un incómodo suelo de baldosas blancas. Debido a esto nos aferrábamos a cualquier excusa para salir con el perro al único parque canino que había en un radio de quince kilómetros. Mi novia y yo nunca peleábamos frente al perro ni en los parques caninos.
La mañana de Navidad me di cuenta de que había olvidado comprarle un regalo al perro, pero escapamos al parque y él jugó con un pastor alemán más viejo que él que cojeaba, cuyo dueño era un viejo ruso. “Con Sasha venimos aquí todas las navidades a comer huesos”, dijo. “Es mi mejor amiga. Es la única amiga que tengo de verdad”.
Entendí perfectamente lo que quería decir. Imaginé que era un ex espía ruso, o un ex científico soviético que había desertado durante el gobierno de Kennedy para hacer milagros y construir cohetes para enviarlos a la luna.
“Toma esto”, dijo el ruso, sacando un hueso del bolsillo de su abrigo. “Es un regalo de Navidad mío y de Sasha. Ahora ella está demasiado vieja como para comer huesos”.
“Danger, ven aquí y dale las gracias”, dije.
Me ignoró mientras seguía jugando con Sasha.

Dos días después volvimos a Austin y compré una cama. Desde que tenía trece había dormido siempre en un futón que ponía en el suelo. Fui al Ikea y encontré algo que no era muy alto para que mi perro pudiera subirse fácilmente, incluso cuando fuera tan viejo como Sasha. Eso fue en compensación por el suelo de baldosas sobre el que tuvo que dormir.
Al año siguiente mi novia me dijo que estaba embarazada de otro tipo. Ella no había hecho nada malo. Habíamos dejado de pelear, y casi de hablar. Nos habíamos alejado.
Eso era lo que me decía a mí mismo, pero cuando lo supe, quería emborracharme y darle puñetazos a las paredes. Al perro no le importaba. Quería salir a jugar, y lo hicimos, y si no lo hubiese hecho, me habría emborrachado hasta caerme al suelo. Me eché a llorar y Danger me lamió la cara, y nos acurrucamos a mirar televisión.
Dos días después alguien se puso a golpear la puerta de mi departamento a las dos de la mañana –un hombre que preguntaba por Carlos. Le dije que estaba equivocado y que si no se marchaba llamaría a la policía. El hombre escapó y Danger no estaba en ninguna parte. Finalmente lo encontré detrás de mi viejo sofá, temblando. “Y la gente me pregunta si acaso eres un lobo”, le dije. Vaya con el perro que no le tenía miedo a nada. Vaya con el perro de nombre Danger.

A la mañana siguiente llamé a Jon y le pregunté quién era su agente inmobiliario. Era hora de tener una casa de verdad en un vecindario mejor, al menos para mi perro.
Nunca me gustó la idea de comprar una casa. Me parecía que era como amarrar a mi tobillo un saco con cemento mojado. Pronto aprendí que a los bancos tampoco les gustaba la idea de que yo comprara una casa. Pero yo tenía suficientes municiones como para comprarme algo en un condominio. Todo lo que quería era un lugar pequeño y tranquilo con ventanas hasta el suelo, de modo que Danger pudiera mirar hacia afuera mientras yo hacía clases fuera.
Nuestro agente encontró exactamente lo que le había pedido, incluyendo un parque canino en el terreno. Mi amigo Michael pintó la casa, e incluso compré un sofá en Ikea que era tan bajo que podíamos mirar la tele juntos, cómodos y a gusto. Ni siquiera tuve que saquear la cuenta para la universidad de mi perro.
Ahora tengo soplo al corazón y no puedo trotar como lo hacía antes. Me estoy poniendo gordo. Compro pizza todos los viernes noche, cuando mi perro y yo miramos televisión juntos. La llamo la “noche de películas”, y el perro se come la corteza.
Él nunca ve una película entera. Se queda dormido con su morro contra mi rodilla, temblando mientras sueña, y cuando es hora de que se mude del sofá a la cama, tengo que llamarlo: “Dusty, ven acá”. Y obedece. Finalmente me di cuenta de que sólo lo hace cuando lo llamo por su nombre verdadero.
[Timothy Braun es escritor y vive en Austin, Texas.]
29 de septiembre de 2012
26 de agosto de 2012
©the new york times
cc traducción @lisperguer