Desierto

 

Sigo aquí. Esta sala oscura me recuerda a mi hogar. El bochorno que se esconde en la humedad. Ahora recuerdo mi casa, por las noches esa humedad no me dejaba dormir, afuera solo la luz turbia de las farolas que iluminan trémulamente la calles de arena. Por las noches todo se vuelve mas siniestro, sobre todo allí. Por las noches los perros ladran al viento, saben que no es un buen amigo. Recuerdo a mi padre, nunca tuvo manos de artista, siempre fue un artesano, pero sabía hacer gritar a la madera. Yo le acompañaba de madrugada a por leña, antes de que el sol nos barriera hacia nuestro hogar. Allí los elementos nunca tuvieron mucha paciencia con el hombre. Al llegar, mi madre siempre me sonreía y me regalaba alguna caricia, yo nunca se lo agradecí suficiente. Aquí las caricias están rotas y cortan. En la noche de mis recuerdos los perros siguen ladrando. Me gustaba hacer rabiar a mi hermana, para que aprendiera que hasta el agua, clara y limpia por el día, se zambulle en la oscuridad de la noche. Luego la empujaba en el viejo columpio del pequeño jardín, su chirrido me resulta ahora familiar. El eje de estas cadenas chillan igual. Los perros ladran. Con fuerza.

Quizá me alejé demasiado rápido de mis recuerdos, estaba hastiado de una vida llena de polvo y caminos. Me sedujo el brillo de Occidente. Y quise escuchar su canto. ¿Qué sabían ellos verdad? La dura vida solo se entiende con cicatrices en la piel, cicatrices que marcan como se cuenta tu tiempo. El trato con mi tiempo era justo, acabar con sus vidas para hacer brotar cientos en la arena. Ahora lo comprendo todo, ahora cuando los perros ladran y las cadenas chirrían. Hablaban de castigos en otras vidas. Pero yo sé lo que es el infierno, lo siento en mi carne cuando la rasgan sus colmillos. Perros que ladran en la oscuridad.