pero ya no sé si se trata de ladridos o algo monstruosamente familiar

Ladran los perros de Tíndalos. Pero no puedo estar segura, porque sólo los escuché por un momento. Era de noche cuando comenzó aquello. Estaba sentada en la mesa, con mis hijos y mi madre y mirábamos televisión. Habíamos preparado la merienda. Estábamos cansados y nunca vimos las cosas desde otro ángulo. El tiempo se va, dijo de pronto mi madre, mientras me observaba fijamente. Debí darme cuenta desde entonces que algo sucedía, pero no se me ocurrió ver el reloj. Me encogí de hombros, mientras le devolvía la mirada.

– Son las cuatro de la noche –dijo ella.

En ese momento, en una de las esquinas de la sala, una imperceptible columna de humo comenzó a manifestarse. Escribo esto todavía cuando conservo el último recuerdo lúcido y Felipe, mi hijo, mueve en vano las manecillas del reloj que arrastré conmigo, cuando las paredes nos cayeron encima o, más bien, nos arrastraron dentro suyo.

Nuevamente escucho a los perros, pero ya no sé si se trata de ladridos o algo monstruosamente familiar, que me recuerda los días en que mi padre me llevaba al parque a pasear a las mascotas. Yo y ellas corríamos por los jardines mientras él se sentaba a leer pequeños libelos empastados en viejísimas pieles. “Es Einstein quien nos ha dado la clave”, me dijo un día, levantando la cara y observándome. “Yo creo que todo sucede ahora”, sentenció, mientras volvía a su lectura. Aquello me produjo un vuelco en el estómago, no sé por qué, pero pronto lo olvidé hasta hace pocos años, cuando encontré los viejos libros de mi padre. En ellos descubrí los secretos de un mundo que había destruido a mi pariente, desaparecido cuando yo apenas tenía 20 años.

Los ladridos se escuchan más cerca. Ellos vuelven de mi casa, luego de hundir sus hocicos en mi familia. Ahora regresan y yo estoy aquí, sin posibilidad de escape. De pronto, las sombras penetran nuestro escondite y alcanzo a percibir el rostro de mi padre. Observo sus ojos, cafés y tristes y estiro la mano, feliz, para tocarlo antes de que él mismo adelante su hocico, negro y alargado y destroce mi cuerpo aterido, congelado de amor.