Día 23: Pequeño homenaje

Gracias por traer esas pequeñas e incomprensibles alegrías a mi vida…

El rescate

Por: Sonia I. Short

Hubo momentos en los que pensé que todos íbamos a morir. Aunque mis tres hermanos y yo éramos muy pequeños para darnos cuenta de la verdadera dimensión de la cosas, cuando sientes hambre, frío, y debilidad, sabes que algo no muy bueno pasa. Sin embargo, sé que nuestra madre intentó, desde el primer momento, darnos lo mejor que pudo.

El barrio donde nacimos era territorio bien conocido por ella. No sé si era porque nació allí o porque vivió por esos lares desde que tuvo memoria. El asunto es que, cuando se supo preñada otra vez, usó sus astucias para darnos el mejor cobijo posible. Nosotros nacimos desvalidos, como todos los pobres, y sobrevivíamos apunta de leche materna cuestión que, por supuesto, debilitaba mucho a mamá.

Las nuevas construcciones casi habían eliminado cualquier sitio útil para pernoctar sin ser detectados. Pero, mamá era intrépida y valiente. Optó por atravesar una cerca durante la noche y meterse en uno de los pocos terrenos baldíos que quedaba, cubierto con hierba crecida. En el último rincón del terreno se alzaban dos robustos palos de mango y otro de almendras. Las regordetas ardillas se movían entre ellos, dependiendo de cuál diera fruto en ese momento. Recuerdo que a mamá le gustaba corretearlas.

Nos ocultamos allí por varias semanas, aunque la cosa se ponía fea cada tanto. Si llovía, nos mojábamos. Entonces, todos chillábamos al sentir esa horrible humedad penetrándonos los huesos. La comida escaseaba y, aunque mamá estaba consciente de la urgencia de la situación, también sabía que no debía dejarnos solos por mucho tiempo. Éramos pequeños y curiosos; presa fácil para los otros que también se refugiaban por allí.

Tratando de no ser vista, mamá rebuscaba comida en los basureros cercanos, regresando pronto a cuidarnos. También husmeaba, como buscando un nuevo lugar a donde llevarnos. Entonces, por fin, nos hizo abandonar el refugio. Luego, descubrí que el motivo de la movilización fue la bondad de una buena mujer que, sin pedir nada a cambio, ofreció darnos comida y un lugar seco donde tirarnos.  

Este lugar no estaba tan lejos del refugio original. Así que mamá nos permitía darnos una vuelta por allá, para que jugáramos. Nos revolcábamos por la hierba y trepábamos a los arbolitos más pequeños. Poco a poco quisimos explorar más. Y un día que mamá no estaba, una de mis hermanas y yo quedamos atrapados en un intrincado zaguán próximo al refugio.

Entramos por una abertura estrecha y después, simplemente, no sabíamos cómo salir de ese recoveco. Los otros dos miraban, desconcertados, desde el otro lado de la cerca, sin saber qué hacer. Entre el susto y la emoción, mi hermana y yo cavilábamos sobre una posible salida. Entonces, escuché unos ruidosos pasos que se aproximaban. Sentí temor. Intentamos escondernos detrás de unos cartones, pero era tarde. Una mujer nos espiaba entre los huecos de los bloques y secreteaba con alguien que yo no podía ver.  

La mujer trepó despacio por el muro, usando los huecos como peldaños de una escalera. Se acercó, despacio, con lata en la mano. Se puso en cuclillas, movió los cartones y extendió la lata hacia nosotros. Confieso que esta fue una jugada maestra de su parte, al menos para mí. No pude resistir el olor a ralladura de sardina…

A veces lamento no saber qué fue de mis hermanos felinos, ni de nuestra madre. Sin embargo, adoro tener la panza llena y un techo sobre mi cabeza, en especial, cuando escucho que afuera llueve.