Set list.

A veces uno prepara todo:
El cesto de basura como cenicero
y un pedazo del pulmón para el cigarro,
se tapian las ventanas y se saca a patadas la luz,
le damos “play” al silencio
y fijamos un set list de perros hambrientos
y gatos en celo corriendo a lo pendejo en el balcón.
Retumba el dolor como tambores,
y escarban los dedos bajo la piel.

Pero a veces -muchas veces-
uno anda enfermo de palabras;
y uno es el verbo y el sujeto
pero no encuentra el predicado;
y no puede escribir entonces
que el cielo se parte gris como sangre en el asfalto,
que la tierra abre las piernas para que entre la depravación
y que un viejo par de brujas vienen con el sexo a jugar al domino;
y entonces uno termina escribiendo de la puta de su barrio
que florece con dos vientres peléandose un pecado,
que ya no juega a ser la niña con mucho frío y pocas manos
y que ya no vende besos y que ya no apuesta más los años;
Y esta enfermedad de letras se extiende hasta la médula
y cala en los huesos y en el tuétano, para un mal caldo,
se pudren las yemas por inanición de tinta
y el espacio en blanco es un tormento
en que se besan Dios y el Diablo.

Esta enfermedad de palabras y bailes inconclusos,
de un cuerpo tirado, echándose a perder sobre la cama;
esta enfermedad que no tiene más salida
que un vómito de piedras y pedazos de riñón,
de miradas que socavan el vacío
como si este fuera marihuana,
con un pedazo de incienso que se mezcla con un olor a pies.
Es estar enfermo y solo, o sólo estar enfermo,
de abecés que exigen un vaso de mezcal.

A veces uno tiene preparado todo,
y las pinches palabras,
nada más no quieren salir.
-Venga, vamos a dormir-.

C.L.J