Rizo el intrépido

Rizo, si todavía viviera. / cracked.com*

Les parecerá raro, pero el domingo pasado, mientras contemplaba estupefacto el salto de Felix Baumgartner desde más de 39.000 metros de altura, lo primero que me vino a la cabeza fue el pobre Rizo, el perro de un amigo de la infancia. A Rizo le gustaban mucho las alturas y las emociones fuertes. Una vez salió corriendo por el Camino de las Peras a toda velocidad y brincó por encima del muro que flanqueaba el barranco, pensando quizá que podría volar hasta el otro lado, donde estaba su casa. Evidentemente no fue así y se precipitó al vacío, estampándose contra el lodazal infecto que era (y sigue siendo) la fallida Venecia lagunera. Por cierto, creo que ese es el agujero que debería tapar mi querido urbanista municipal y no la charca de los patos de la Plaza de la Catedral. Que se pase por el barrio un día cualquiera a ver qué huele peor.

Era un chucho de pelambre oscura y rizada, de apenas un metro de longitud, con los ojos tapados por el fleco y un colmillo revirado que se le salía de la boca. Tenía mala leche el jodido, algo habitual en ese tipo de cánidos de diente por fuera. Tras la primera caída, de unos seis o siete metros de altura, se fracturó tres patas y casi no se abre la cabeza, pero escapó. Al poco de recuperarse, cuando ya podía corretear y coger impulso de nuevo, subió a la azotea y volvió a lanzarse, esta vez sobre el patio. Dicen que cuando practicas por primera vez puenting o caída libre, aunque en su caso fuera de manera casual, la enorme descarga de hormonas que tiene lugar provoca una especie de adicción a estas prácticas deportivas extremas. Fue lo que le pasó a Rizo.

Esta vez acabó tres meses con el torso y las patas enyesadas. Pasó de ser una alegre mascota a convertirse en una especie de figura de Lladró blanca y con la cabeza peluda. En la casa lo llevaban a todas partes debajo del brazo, usándolo de reposapiés, colocándolo sobre la mesa con las servilletas encima a la hora de comer o incluso, aquellas Navidades, integrándolo en el portal de Belén. Pero casi todo el día mientras duró su convalecencia lo pasaba en la cómoda de la entrada, junto a un pato de cerámica y las fotos de la primera comunión de Ricardito y Tere. Una tortura para un valiente como él.

Cuando llegó el día de romper el yeso y ser libre otra vez, salió corriendo a tal velocidad que nada ni nadie pudo detenerlo. Saltó la puerta del patio y se lanzó veloz a la calle, con tan mala suerte que en ese momento pasaba un coche. No logró esquivarlo. Aunque también sobrevivió al atropello, se quedó tuerto y medio cojo, por lo que no pudo volver a correr nunca más. Rizo acabó sus días postrado en un sofá, pero arropado por su familia. Todavía hoy, muchos años después de su muerte, hay quien en las inmediaciones de la Plaza del Cristo lo recuerda como un héroe, como uno de los canes más intrépidos que ha habitado en la zona. Otros dicen que tenía unas peligrosas tendencias suicidas. Sea como sea, el domingo pasado, mientras seguíamos el salto épico del austríaco, no pude evitar pensar en él, el Baumgartner perruno de La Laguna. Cuánto hubiera disfrutado en la salita de estar, embutido en escayola y viendo por televisión la hazaña de Felix.

*Más héroes perrunos en este artículo de cracked.com, fuente de la fotografía que acompaña la entrada.