Una mascota, un aliento para mi hija

A continuación podréis leer una carta muy interesante para entender la influencia de las intervenciones asistidas con animales en las persona. Este texto está escrito por la madre de una niña, llamada María, que padece una enfermedad de las consideradas “raras”, Síndrome de Sotos, consistente en un sobrecrecimiento de los músculos a una mayor velocidad que el de los huesos, provocando retrasos en el desarrollo motor, cognitivo y social.

La madre de esta usuaria explica los beneficios obtenidos por la presencia de un perro en el día a día de la niña, reclamando la importancia de facilitar acceso de las mascotas a las instalaciones médicas en este u otros tipos de enfermedad donde tiene mucha relevancia el factor emocional.

Carta de Mónica Rodríguez: “Una mascota, un aliento para mi hija”

En primer lugar me presentaré, mi nombre es Mónica Rodríguez y soy madre de María, afectada por el Síndrome de Sotos y con 7 años de edad.

El Síndrome de María es una de esas enfermedades raras poco frecuentes como las denominan ahora. Una enfermedad que te hace enfrentarte a situaciones muy difíciles, tienes que sacar a una persona adelante sin conocer y sin que muchos profesionales conozcan la trayectoria de la enfermedad.

El primer problema que te encuentras es un diagnóstico tardío, tratamientos no concretos dado el desconocimiento de la enfermedad, la educación…. María no es una niña de educación especial, pero tampoco de educación normal, así que apostamos por la integración (qué de trabajo queda por hacer en este ámbito).

María a sus 3 años de edad podríamos decir que tenía todas sus necesidades cubiertas, tenía diagnóstico, tratamientos de logopedia, estimulación y fisioterapia y asistía a un colegio de integración, pero algo se quedaba en el tintero. ¿Qué pasaba con su motivación, sus frustraciones, sus fobias y sus miedos? ¿Qué pasaba con su psicología?

Nosotros como padres, investigamos cómo podíamos ayudarla en este campo y profesionales médicos nos recomendaron tener una mascota y es cuando entonces llegó a nuestras vidas LUA.

LUA, es una perra Teckel miniatura y de pelo duro, es un antes y un después en la vida de María. Los avances de María ya no fueron a paso de tortuga, sino de elefante. María repudiaba el contacto físico, esta es una de las características de su Síndrome, con LUA conseguimos que María la abrazase, que se dejase chupar, que se durmiera con ella, y todo esto, acabó traspasándose a nosotros. María ya nos daba besos, nos abrazaba e incluso la podíamos achuchar.

María salía a la calle y no hablaba con nadie, se escondía y no miraba nunca a los ojos, paseando a LUA comenzó a hablar con los demás puesto que la gente la preguntaba por su perrita, y poco a poco, fue superando su temor a los demás, estando actualmente sus relaciones sociales muy normalizadas.

Allá donde va María, va LUA, porque el comportamiento de María es totalmente distinto si tiene a su mascota al lado, en la que se refugia y la que le motiva a seguir adelante por muy duro que sea el camino. ¿Por qué la tenemos que separar en los momentos más duros de su vida de lo que le da más fuerzas para seguir adelante?

¿Por qué, aunque la separemos de su mascota, LUA, no dejamos que otro perro preparado para ello, la acompañe en el hospital? Perros que estén enseñados, educados, que estén acompañados de profesionales y adiestradores que sepan en qué momento pueden dar más apoyo a María y a las personas que como mi hia, tienen asegurado el sufrimiento.

No olvidemos que para María, la presencia de un perro la proporciona un gran apoyo moral. El perro para María es un arma más para luchar contra el dolor.

Y aquí es el por qué de mi carta.

María, por desgracia, visita mucho los hospitales. No solo para consultas y pruebas, sino para operaciones. La columna de María está mal y llevamos en 8 meses dos operaciones y ya estamos pensando en la tercera.

María va a ser operada cada año como mínimo hasta que sea adolescente por lo que la queda mucha vida hospitalaria.

Desde el momento que mi hija entra en un hospital sus nervios se disparan, no atienda a razones y vive pendiente de quien entra por la puerta y que la van a hacer. Las operaciones a las que se somete son duras y el postoperatorio más. María o puede tener visitas de niños, tiene la movilidad reducida y está llena de dolores, grapas y batas blancas, no encuentra nada que le alivie. Son días de estrés y sufrimiento tanto físico como psicológico y estamos hablando de una niña de 7 años, con operaciones cada 8 ó 12 meses. Tanto es su estrés que tras la última operación, tras salir del hospital tuvo un herpes zoster (por el estrés y la bajada de defensas) por lo que estuvo otro mes muy delicada.

Yo como madre sé que lo físico está en manos de los médicos, pero en lo psicológico si que la podría ayudar mucho una mascota durante su estancia hospitalaria, porque María ya no estaría pendiente de la puerta sólo para ver qué médico entra sino para ver cuando llega el perro; porque si ella supiera que por ejemplo, después de una cura va a venir a verla el perro, estaría deseando que la curasen y con ganas de terminar. Actualmente las curas son un sin vivir, y los médicos nos dicen que le duelen más por lo nerviosa que se pone, quizás con un perro al lado esos nervios se disiparían algo. En sus paseos obligados por la habitación, María haría menos caso al dolor si tiene que pasear al perro o levantarse para acariciarle, o ir al baño acompañada del animal.

Sé y estoy segura de que María no habría tenido tanto sufrimiento psicológico si durante estos períodos de ingreso hospitalario hubiese estado acompañada, sino siempre, en algunos momentos por un perro.

¿Por qué no puedo hacerle la vida un poquito más agradable dentro de la dureza que le ha tocado vivir?

Con estas líneas les pido, por favor, que consideren muy en serio el que estas personas puedan estar acompañadas de perros adiestrados en los hospitales. Creo que el beneficio terapéutico que un animal le puede dar redundará, sin lugar a dudas, en una mejoría física.

Fdo: Mónica Rodríguez García