sobre la muerte de las mascotas

[Sometió a eutanasia a su mascota porque, por su conducta aparente, sufría dolores intolerables y había perdido interés en las cosas normales de la vida, como la comida o la gente. Pero muchas veces la eutanasia se aplica en lugar de tratamientos paliativos que están ampliamente disponibles].

[Jessica Pierce] Ody murió plácidamente el año pasado, el 29 de noviembre. Tenía 14 años y medio. A decir verdad, Ody no murió exactamente. Yo lo maté. Le pagué a un veterinario para que viniera a mi casa y le inyectara una solución química en una vena de una pata trasera.
La gente me pregunta cómo supe que era hora. No hubo un momento decisivo, pero sino una lenta acumulación de sufrimientos. La salud de Ody se había deteriorado seriamente en los últimos seis meses. Una parálisis parcial de sus músculos laríngeos le dificultaba la respiración, y empezaba a jadear al más pequeño esfuerzo. Su ladrido de tenor se había transformado en un áspero graznido –como Darth Vader. A menudo las señales desde su aturullado cerebro no llegaban a su cuerpo, así que cuando lo sacaba a pasear dejaba detrás de sí todo un reguero de pis y caca –como en Hansel y Gretel. Sus músculos se atrofiaron, y caminaba como cangrejo y de manera insegura. Dejó de interesarse en la comida y en la gente, que eran sus dos grandes pasiones. Lo peor de todo, empezó a caerse cada vez más frecuentemente y era incapaz de incorporarse por sí mismo.
Hacia el final, sus gemidos me despertaban por la noche. Lo buscaba por la casa y lo encontraba atrapado debajo del piano o enredado en los equipos de gimnasia. Después de cuatro días de una noche semejante, mi marido me dijo: “Es hora. No podemos hacerle esto a Ody”.
La eutanasia está profundamente enraizada en la cultura de la tenencia de mascotas en Estados Unidos, y para la gran mayoría de los animales de compañía, la muerte será orquestada por un cuidador humano, la fecha y la hora escogidos de antemano y no decidida por la “naturaleza” o algún otro poder superior. Sin embargo, pese a su ubicuidad, rara vez cuestionamos su dimensión moral.
Normalmente se piensa en la eutanasia como una opción entre el sufrimiento y la muerte, y, en realidad, puede ofrecer alivio a un dolor implacable. Pero demasiado a menudo la muerte también es prescrita como un tratamiento de facto para el sufrimiento cuando existen posibilidades mucho menos agresivas. Podemos preparar a nuestros animales para su viaje al valle de la muerte, antes que empujarlos abruptamente desde el precipicio.
El dolor es el barómetro usado más comúnmente para evaluar si un animal debe ser sometido a eutanasia, y algunas de las mejoras más importantes que podemos hacer en el cuidado de nuestras mascotas es proveerles con un mejor cuidado paliativo. El dolor no tratado, o no tratado adecuadamente, es endémico entre los animales de compañía. Kevin Stafford, una autoridad en ética veterinaria, calcula que diez millones de perros en Estados Unidos sufren de osteoartritis, pero sólo una pequeña fracción recibe tratamiento. De los perros que sí son tratados, dice, muchos son tratados de manera inefectiva o reciben menos analgésicos de los que deberían y por muy poco tiempo. El único tratamiento que reciben muchos perros artríticos es la eutanasia.
Los tratamientos efectivos y asequibles contra el dolor en animales existen; muchos fármacos contra el dolor en humanos fueron elaborados utilizando a animales. También podemos aliviar el dolor de mascotas enfermas con reformas estructurales en nuestras casas, como rampas.
¿Por qué, entonces, hay tantos animales sufriendo? Las razones son en gran parte culturales. Algunos veterinarios, especialmente los más viejos, han aprendido que los animales no sienten dolor (el mismo y conveniente escepticismo con que trabajan los monstruos de los laboratorios de experimentación con animales). Pocos veterinarios se especializan en cuidados paliativos, y tratar el dolor de modo efectivo exige una tenacidad que veterinarios sobrecargados de trabajo y mal pagados encuentran difícil de reunir sobre una base diaria. Y los dueños de mascotas pueden ser distraídos, incluso perezosos.
Obviamente, el dolor animal puede ser difícil de reconocer y tratar. Gatos y conejos son conocidos por su pretendido estoicismo, pero también los perros pueden no mostrar el dolor de modos que podamos reconocer fácilmente. Como con humanos, las respuestas al dolor son variables. El control efectivo del dolor exige a menudo probar con varios tipos de medicamentos, así como el uso de terapias sin medicamentos, como el control de peso, ejercicios controlados, terapia física, masaje, acupuntura y complementos nutricionales.
El dolor debe ser entendido ampliamente, como en la medicina humana, de modo que incluya el dolor psicológico. Los achaques físicos de Ody eran causados en su mayor parte por su deterioro neurológico. El hecho de que no mostraba dolores evidentes hizo que la decisión de aplicarle eutanasia fuera difícil, porque tuve que hacer un diagnóstico imperfecto sobre su bienestar general.
[Jessica Pierce es una bioética y autora de ‘The Last Walk: Reflections on Our Pets at the End of Their Lives’.
22 de octubre de 2012
23 de septiembre de 2012
©new york times
cc traducción c. lísperguer