sobre el sacrificio de mascotas

[Por qué deben los ambientalistas preocuparse por la eutanasia de mascotas. Tratamos a nuestros animales de compañía como si fueran productos desechables.]

[Laura Kiesel] Todas las mañanas cuando reviso mi cuenta en Facebook, me saludan los grandes y preciosos ojos de decenas de gatos. No son las divertidas caras estirajadas de LOLCats o de clips de YouTube que muestran a un menino gris atacando encantadoramente las manzanas que encontró en la cama de su dueño. Son las caras de los gatos en la lista de eutanasia en los centros de control animal en mi New York nativo, donde se sacrifican al año, según se calcula, cerca de doce mil animales.
Desgraciadamente, Ciudad de Nueva York no es la única en cuanto a este asombroso número de animales que son sacrificados cada año; ocurre en todo el país. Aquí en Estados Unidos sometemos a eutanasia a cerca de cinco millones de perros y gatos al año. La eutanasia en los centros de control animal es de lejos la principal causa de muerte de gatos y perros en este país. Muchos de estos animales están perfectamente sanos y son adoptables, o sufren sólo de ligeros resfriados u otras enfermedades que podrían ser tratadas con antibióticos o con cuidados veterinarios muy simples.
Esas cifras deberían escandalizarnos. Sin embargo, muchas veces cuando hablo con otros sobre este hecho, reaccionan encogiéndose de hombros o con algunas palabras de resignación. En algunos círculos de la comunidad conservacionista e incluso en organizaciones bienestaristas, esas tasas de muerte son no sólo aceptadas sino incluso defendidas enérgicamente. La organización People for Ethical Treatment of Animals (PETA), una de las organizaciones bienestaristas más agresivas del país, menciona a menudo la eutanasia como la opción más humanitaria para resolver el problema de la sobrepoblación de mascotas. Del mismo modo, muchas organizaciones de defensa de la fauna silvestre apoyan las matanzas selectivas de gatos callejeros para proteger a las aves cantoras y otras pequeñas especies de fauna silvestre que son atacadas por los gatos. En general, los problemas de la sobrepoblación de mascotas y de las altas tasas de sacrificio son considerados a menudo como completamente diferentes o incluso reñidos con el medio ambiente.
Sin embargo, este problema debería estar muy arriba entre las prioridades de los ambientalistas. Pocos otros problemas personifican el despilfarro ético de la cultura occidental que el modo en que usamos y disponemos de nuestros animales de compañía. Para muchos de nosotros, nuestros animales de compañía sirven como nuestra única conexión personal con el reino animal, y con ello con el mundo natural. Si no podemos encontrar una manera de extender la empatía hacia nuestras mascotas, ¿cómo podemos esperar que se extiendan el bienestar y las protecciones a la fauna silvestre y al ganado?
Los animales de compañía tienen la relación personal más estrecha con nosotros que cualquier otra especie no humana. A diferencia del ganado que hemos domesticado para alimentarnos, vestirnos y transportarnos, o la fauna silvestre que hemos llegado a considerar como competidora por los siempre decrecientes recursos del planeta, el principal propósito de perros y gatos –en realidad, para muchos de nosotros su único propósito- es jugar el papel de amigos y miembros de la familia.
Irónicamente, pese a que son sacrificadas tantas al año, hemos demostrado ser un país que está enamorado de las mascotas. Gastamos cerca de 38 mil millones de dólares al año en su comodidad y cuidado. La terapia de duelo para personas cuyas mascotas han muerto, se ha convertido en una próspera industria. Muchas persona sin hijos o cuyos hijos ya son adultos y se han marchado de casa, ven y tratan a sus mascotas como hijos substitutos, o al menos como una buena y leal compañía para paliar la soledad. Este vínculo emocional se traduce en reticencia a sacrificar las mascotas.
De acuerdo a una encuesta de AP-Petside realizada a principios de año, el 71 por ciento de los entrevistados acepta la eutanasia de gatos y perros sólo en aquellos casos en que el animal está “demasiado enfermo como para ser tratado o es demasiado agresivo como para ser adoptado”, y no con el fin de controlar la población.
Sin embargo, millones de animales son entregados a los refugios y a los centros de control animal al año. De acuerdo al National Council of Pet Population Study & Policy, el “cambio de domicilio” es mencionado a menudo como la principal razón de que los dueños entreguen a sus animales, con “problemas con el casero” y el “coste de mantención” en segundo y tercer lugar. Además, una encuesta realizada por la Sociedad Protectora de Animales de Estados Unidos mostró que el 35 por ciento de los entrevistados sin mascota tendrían una si sus contratos de alquiler permitieran animales.
Esto sugiere que si se asignaran suficientes recursos para encontrar nuevos hogares para las mascotas, abogando por políticas municipales y estaduales que permitieran que la gente retuviera sus mascotas (mediante una mayor disponibilidad de viviendas que admitan mascotas y cuidados médico-veterinarios accesibles para dueños de mascotas de bajos recursos) y estimulando la adopción por encima de los criaderos, podríamos poner fin (o al menos reducir fuertemente) el ciclo de sufrimiento y muerte que toma lugar en miles de refugios en Estados Unidos todos los días.
Esta situación me recuerda el extraordinario corto de dibujos animados de Annie Leonard, ‘The Story of Stuff’. En la película, se lamenta de que el 99 por ciento de todos los recursos que los estadounidenses extraen y usan termina en el tacho de basura dentro de seis meses de su fabricación. Aunque los animales no son objetos comercializados por empresas, parece claro que gran parte de nuestro frenesí colectivo de comprar y luego deshacernos de cosas se ha extendido a nuestras mascotas. Entregamos a los refugios doce millones de animales al año, la mitad de los cuales son sacrificados. En mi trabajo voluntario para rescatar a gatos de la eutanasia, leo normalmente “Ya no quiero tenerla” o “no tengo tiempo” como las razones marcadas por los dueños de mascotas entregadas –razones que parecen más a propósito para deshacerse de los zapatos viejos o de los videojuegos antes que de un ser vivo.
He tratado de entender la contradicción en el tratamiento que damos a los animales de compañía. Sólo puedo suponer que hay o dos grupos de personas con sistemas de valores diferentes o que, muy parecido a nuestra obsesión con los objetos que atesoramos y luego arrojamos rápidamente a la basura, nos aburrimos fácilmente de nuestras mascotas y buscamos otra cosa.
Un argumento a favor de la continuación del ciclo de destrucción de los animales de compañía es que hay “demasiados animales y muy poco hogares”. Esto puede ser verdad. Sin embargo, menos del quince por ciento de los perros y gatos que llegan a nuevos hogares al año provienen de refugios o rescates, lo que quiere decir que la mayoría de los animales de compañía en familias estadounidenses fueron comprados a criadores o en tiendas de mascotas, pese a que millones de animales ya nacidos son destruidos en la cámara de gas o con una inyección letal. Esto pese al hecho de que entre un cuarto y un tercio de los perros sacrificados (y muchos gatos) fueron originalmente comprados en lugar de adoptados –lo que muestra que los animales provenientes de criaderos no son más apreciados que los de refugios o de la calle, y probablemente menos, ya que el marco de la compra convierte a los animales en objetos y refuerza su valor como mercancía desechable en lugar de su conceptualización como compañero de por vida. Somos un país obsesionado con lo “nuevo” y lo de “segunda mano” –sea un ser vivo o una cosa- carga con un estigma con el que no queremos ser asociados.
A diferencia de los temas en que se concentra el documental de Leonard, los animales de los que nos estamos deshaciendo son criaturas vivas, capaces de sentir dolor, temor, tristeza, alegría y –como saben muchos que los han tenido en sus vidas- amor. Después de ser sacrificados, los cadáveres de estos animales sintientes son enviados a vertederos cercanos, incinerados o vendidos a fabricantes de alimentos para mascotas. En 33 estados, los perros y gatos que no son sacrificados pueden ser legalmente vendidos a laboratorios de investigación, donde son sometidos a crueles experimentos. (Tres estados -Minnesota, Oklahoma y Utah – ordenan que los refugios entreguen animales a laboratorios cuando sean solicitados por estos.)
Desgraciadamente, muchos centros de control animal no sólo condonan el trato público de los animales como mercaderías desechables, sino que a menudo establecen las pautas o están obligados a acatar las políticas municipales que permiten la disposición perpetua en masa de nuestras mascotas. Por ejemplo, el Centro de Control de Animal de Ciudad de Nueva York distribuye su listado de sacrificios a las organizaciones locales de rescate con sólo doce horas de antelación ante de la eutanasia, dejando poco tiempo para que los animales pueden ser salvados. (Las limitaciones de presupuesto son también un problema. Cuando tantos animales son hacinados en espacios mal ventilados, las enfermedades vuelan y, sin recursos, los animales son sacrificados antes que tratados. Mejores condiciones de salubridad y cuidados médicos de los animales ayudaría a prevenir la propagación de la gripe felina y de la tos de las perreras que conducen a la eutanasia prematura de animales que son sanos.)
Muchos refugios (así como muchas de las grandes organizaciones de bienestar animal que los apoyan) predican la importancia de los programas de esterilización y castración, la adopción en lugar de la compra de mascotas, y la responsabilidad y obligaciones de los dueños. Sin embargo, muchas de las que profesan respecto por la vida no-humana tratan a los animales de modos que delatan simplemente falta de respeto, como la tasa de sacrificio del 95 por ciento que PETA reportó el año pasado de los perros y gatos ingresados en sus recintos.
Mientras tengamos centros de control animal que continúen sirviendo principalmente como bodegas y centros de sacrificio de nuestros animales desechados, tendremos personas que continuarán tratando a sus mascotas como objetos de los que uno se puede deshacer. Y un país que continúa considerando a sus aliados animales más cercanos como desechables no será capaz de extender su compasión hacia la fauna silvestre, el ganado, ni incluso hacia miembros de nuestra propia especie. Esto es especialmente verdad para los que crecen en un mundo cada vez más urbanizado y ecológicamente desconectado.
Yo crecí en una deprimente e inhóspita sección de Brooklyn donde los sonidos de balaceras no eran inhabituales y la única fauna silvestre que se podía ver eran las palomas y las ratas. Los árboles eran escasos y la hierba más rara aun. Pero mi familia siempre tuvo una pequeña colección de mascotas, usualmente un perro y un par de gatos. Mis abuelos, que me criaron, eran dedicados amantes de los animales. Mi abuela se aseguró de adoptar en la perrera local a todos, excepto uno, de la docena de perros que tuvo durante el curso de su vida. Por su parte, mi abuelo nunca se encontró a un perro en la calle al que no rescatara. Alimentaba a los escuálidos perros que lo seguían a casa y los llevaba al veterinario para curarlos y vacunarlos con sus propios ahorros (y éramos una familia pobre). Luego les buscaba un nuevo hogar o el suyo propio si no lo lograba y esperaba hasta que hubiera un cupo para ellos en la North Shore Animal League (el refugio animal Sacrificio Cero más grande del país, al este de Long Island) y hacía el trayecto de dos horas en su coche para llevarlos allá. Nuestras propias mascotas eran consideradas valiosos miembros de la familia: dormían en nuestras camas y se comían nuestras sobras.
Las mascotas de mi infancia sirvieron como los animales que me ayudaron a desarrollar mis preocupaciones ambientales más grandes y me retaron a considerar de manera crítica mi influencia (y la de la humanidad) sobre las otras especies y los paisajes en los que cohabitamos con ellos. Ser una chica del centro de la ciudad que respiraba smog y cuyos pies no tocaron casi nunca la hierba durante la infancia, dudo que hubiese seguido otro camino sin mis mascotas y la apreciación que tenía mi familia de ellas para orientarme.
Mucha gente argumenta que hay muchos problemas peores o más urgentes que la sobrepoblación de mascotas y la crisis de la eutanasia. Pero si no podemos cuidar adecuadamente de los animales con los que vivimos y amamos, dudo que haya alguna esperanza de que hagamos algún esfuerzo serio para solucionar nuestras preocupaciones ecológicas más distantes.
El sacrificio de mascotas es el último símbolo de nuestro egoísmo, despilfarro y falta de previsión y compasión que está contribuyendo a tantos de nuestros males medioambientales. Nuestra capacidad de ser dueños de mascotas empáticos y responsables es una de las pruebas más importantes de si somos capaces de administrar este planeta.
De momento, estamos fracasando en esa prueba.
[Laura Kiesel es una escritora ambientalista autónoma que vive en el área de Boston. Sus ensayos y artículos han aparecido en Earth Island Journal, E Magazine, Mother Jones, y Z Magazine].
24 de octubre de 2012
23 de septiembre de 2012
©earth island
cc traducción c. lísperguer